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Más allá del perdón y el olvido

por 22 noviembre 2011

Hoy existe mundialmente un “turismo de la indignación moral” -del cual diversos ex centros de tortura chilenos forman parte junto a los campos de concentración nazi y los montones de huesos humanos dejados por Pol Pot en Camboya- que nos pone frente al resultado final del odio, a su producto. Sin embargo, en la medida en que el tiempo pasa, esa indignación disminuye. No sentimos ya a las víctimas lejanas. La distancia muele el horror de esas experiencias y las convierte en datos de otra era, dejándonos expuestos a no aprender.

“La preocupación por las víctimas se ha convertido en una competencia paradójica de rivales miméticos, de oponentes que constantemente intentan derrotarse (…) las víctimas que más nos interesan son siempre aquellas que nos permiten condenar a nuestros prójimos. Y nuestros prójimos hacen lo mismo. Siempre piensan primero en las víctimas por las cuales nos responsabilizan”

René Girard, en Veo a Satán caer como el relámpago

Chile se acerca a un peligroso consenso definitivo respecto a lo ocurrido en nuestro país entre 1973 y 1990. Ese consenso es la condena “a las horrendas e injustificables violaciones a los derechos humanos cometidas por organismos del Estado”, hoy repetida de punta a cabo del territorio nacional por la derecha y por la izquierda.

El peligro está en que dicho consenso no es más que un conjuro, una fórmula mágica, para constatar lo obvio (violar derechos humanos es algo malo y debe ser condenado), reconocer que en Chile ocurrieron violaciones a los derechos humanos, y marginarse a uno mismo de toda sospecha de pretender que tienen alguna justificación.

El origen del conjuro tiene su propia historia: la lucha de familias, Iglesia y algunos políticos por que se dieran a conocer públicamente muchos sucesos que nos enfrentaron directamente a lo indecible y a lo impensable; hechos negados y varias veces ignorados por buena parte de la población nacional. En tal contexto, el reconocimiento de lo sucedido efectivamente era el primer paso para poder aclarar preguntas tan simples y urgentes como ¿dónde están?, o ¿quién es responsable de esto ante la ley?

Tal movimiento de denuncia y de fijación en la realidad de hechos ocurridos, plenamente justificado, fue luego explotado como una forma de obtener legitimidad política a partir de la representación de la posición de las víctimas por parte de la Concertación, que montó una enorme industria cultural centrada en el tema cuyo último capítulo son Los archivos del cardenal. La legitimidad ganada a partir de tales acciones permitía que la condena a la derecha -de la cual eran y son parte muchos admiradores y colaboradores del gobierno militar- fuera no sólo de carácter ideológico, sino que moral. La derecha, se repetía, es el victimario. Nosotros, la Concertación, la víctima redentora.

Hoy existe mundialmente un “turismo de la indignación moral” -del cual diversos ex centros de tortura chilenos forman parte junto a los campos de concentración nazi y los montones de huesos humanos dejados por Pol Pot en Camboya- que nos pone frente al resultado final del odio, a su producto. Sin embargo, en la medida en que el tiempo pasa, esa indignación disminuye. No sentimos ya a las víctimas lejanas. La distancia muele el horror de esas experiencias y las convierte en datos de otra era, dejándonos expuestos a no aprender.

La versión de la derecha, por su parte, centrada en los hechos ocurridos antes del golpe de Estado de 1973 y en los numerosos actos terroristas que grupos armados desarrollaron en el territorio nacional, varía entonces hacia una condena “total” a las violaciones de los derechos humanos, sin negar la necesidad del golpe y las virtudes del gobierno militar, pero evitando opinar demasiado al respecto. “Hay que dejar el pasado en el pasado”, dijeron.

Sin embargo, el constatar lo ocurrido y repudiarlo no tiene capacidad explicativa. Podemos volver una y otra vez a un caso de violencia política, secuestro, violación, tortura, asesinato y/o desaparición, y sentir una indignación moral infinita. Mil veces podemos decir: “esto no puede ser”, y constatar que fue. Y concluir que eso no debe ser. Pero el paso que no nos hemos atrevido a dar seriamente es el de preguntarnos lo siguiente: si no debe ser, ¿cómo es que pudo ser?

Y la respuesta a esa pregunta es la que permanece bloqueada. El temor a justificar la violencia y el odio han hecho que tampoco quiera darse mayores pasos en el intentar entender cómo es que funcionan en los seres humanos.  Se pretende mantener la imagen de una violencia simplemente gratuita, sin sentido y, por toda explicación, ofrecer culpables.

Ante tal situación, resulta enormemente necesario que las nuevas generaciones nos hagamos cargo de lo ocurrido en dos sentidos distintos: uno, casi completado por la generación anterior, es el de la fijación de responsabilidad directa por los hechos y la persecución a los culpables (justicia) y otra, la nueva dimensión, es el estudio preventivo de los mecanismos del odio y la violencia que, al operar, fueron creando condiciones para que algo así fuera posible.

La segunda tarea nos empuja directamente a los años 60 y 70 del siglo XX. Al lenguaje utilizado, las consignas, la forma de las ideologías, el proceso justificatorio de la violencia, las amenazas, la construcción del antagonismo irreconciliable. Y luego, bajo esa luz, penetrar en la segunda mitad de los 70 y en los 80 para comprender cómo es que el odio toma diversos cauces.

Orientar en ese sentido las instituciones y políticas creadas por la Concertación con afán de construir “memoria” y extender su industria cultural, debería ser una política de gobierno. Y ojalá éste contara también con el apoyo de la propia Concertación para lograrlo, ya que es el interés de la nación el que parece comprometido en ello. Asimismo, la investigación académica sobre la violencia y el odio debería ser estimulada: es sólo a partir de la comprensión cabal y reflexiva de aquello que queremos negar cuando decimos “nunca más” cuando esa consigna adquiere real sentido. El verdadero “nunca más” no se dirige exclusivamente al acto violento, sino a las raíces de su propia posibilidad.

Así, lo que podríamos lograr sería una reconciliación nacional verdadera sobre la base de entender cómo es que la violencia y el odio operan en los seres humanos, cómo fue que nuestra sociedad fue arrastrada por sus mecanismos, y cómo podemos prevenir que ello ocurra de nuevo.

Hoy existe mundialmente un “turismo de la indignación moral” -del cual diversos ex centros de tortura chilenos forman parte junto a los campos de concentración nazi y los montones de huesos humanos dejados por Pol Pot en Camboya- que nos pone frente al resultado final del odio, a su producto. Sin embargo, en la medida en que el tiempo pasa, esa indignación disminuye. No sentimos ya a las víctimas lejanas. La distancia muele el horror de esas experiencias y las convierte en datos de otra era, dejándonos expuestos a no aprender. Recordemos simplemente que entre 1891 y 1973 hay menos de 100 años y harta barbarie intermedia. Si no somos capaces de reflexionar universalmente respecto al odio y la violencia que estos eventos tienen en común, y extraer de esa reflexión criterios y normas generales que nos ayuden a prevenir estos fenómenos, a conocer sus signos, estamos condenados a que algún día, próximo o lejano, nosotros, nuestros hijos o nuestros nietos, atrapados ya en el espiral mimético de la violencia, despertemos o despierten sólo para engrosar las filas de la legión de la miseria humana.

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