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“La única iglesia que ilumina es la que arde”

por 16 agosto, 2013

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Conocido es este adagio popular, que se extendió en la Guerra Civil Española por boca del revolucionario anarquista Buenaventura Durruti, aunque algunos estudiosos comentan que la frase es de Piotr Kropotkin. Caminando por la Alameda y otras calles céntricas, he observado rayados con esta frase en los muros de varias iglesias, y se me vienen a la mente distintas fechas en que han querido “prender fuego” a la Iglesia. El 25 de agosto del 2011 (en el marco de la doble jornada de paro nacional) un grupo de personas prendió fuego a las puertas de la Iglesia de la Gratitud Nacional, ubicada en Alameda con Ricardo Cumming. El 25 de Octubre de 2011, el 16 de diciembre de 2011, el 11 de Septiembre de 2012 y el 07 de mayo de 2013, evacuaron la Catedral de Santiago por aviso de bombas, algunas caseras y otras falsas alarmas. La pregunta que me surge con respecto a estos actos (repudiables en todo caso) es ¿qué iglesia se quería quemar?, ¿qué significan estos signos?

Por un lado, considerar que la quema de las puertas de la Gratitud Nacional y la instalación de artefactos explosivos en la Catedral de Santiago, se enmarcan dentro del descontento (indignación) generalizado contra toda institución, entre ellas el Estado, el Congreso, el Poder Judicial, las FF.AA y de “orden”, las iglesias, entre otras. Por otro lado, sabemos que la presencia de la Iglesia “molesta”, y el violento intento de incendio de este templo y las alertas de bombas es un mensaje clarísimo de incomodidad para un grupo de personas. Trataré de ir más allá: creo que la Iglesia que intentaron quemar fue nuestra Iglesia, porque dejó de ser creíble para vastos sectores de nuestro país.

Es necesario alertar respecto de los peligros de una iglesia que se hace arbitraria, intimista y menos solidaria. Se requiere dar cuenta del porqué necesitamos una institución: necesitamos una Iglesia que ilumine y que nos haga arder; estoy seguro que así nacerá una Iglesia más sencilla, más cercana a la gente, los pobres y excluidos con un lenguaje entendible, como lo soñara hace cincuenta años el Vaticano II.

Duele ver una Iglesia que no tiene nada que decir, o si tiene algo que decir en el caso de nuestros pastores, es para responder en qué van las causas de los sacerdotes acusados de abuso sexual. Duele ver una Iglesia que trata de arreglar “sus asuntos” o “sus problemas” en silencio y no transparenta el mensaje de Jesús (se han dado pasos enormes). Creo que necesitamos con urgencia de una espiritualidad sana, que no controle ni pretenda homogeneizar todo, que no segregue lo profano de lo sagrado: la vida es trigo y cizaña, está mezclada.

Recuerdo que un jesuita (Jorge Costadoat SJ) escribía que el amor “… mucho más tiene que ver con la observancia de los Derechos Humanos, con la superación de la pobreza extrema, que con la proliferación de las estampitas…”. La espiritualidad de Jesucristo acaba con la disociación entre lo pagano y lo sagrado: cuando Jesús sintetice todas las cosas, la hostia no será más venerable que el pan común y corriente. La Eucaristía está incompleta —decía Pedro Arrupe SJ—, mientras haya hambre en el mundo.

La entrevista que le hicieron a Felipe Berríos SJ en el programa de TVN, “El Informante”, también es un intento de “quemar” la Iglesia. El problema de él, es que con el ejemplo de sus obras, mostró cuán absurdo es reducir la doctrina a un código de conducta relativo a la vida sexual de las personas y la fe a un puñado de creencias prodigiosas. Felipe insiste en lo obvio: que la moral no consiste en aplicar un vademécum a los desafíos que nos presenta la vida, sino en discernir lo que, en cada caso, debe estimarse correcto.

Un cura opinante que, en vez de creer que acumula un conjunto de verdades en todas las esferas de la vida, cree que su fe no lo absuelve ni de vacilar ni de decidir. Es absurdo pensar que tener fe es lo mismo que adherir, a pie juntillas, a una ortodoxia, y pensar que cuidar la verdad teológica, es lo más importante de la vida.

No es raro, entonces, que el puñado de católicos que se indignan con el ejemplo de Felipe, guardaran ruin silencio, frente al delincuente de Marcial Maciel.

Es necesario alertar respecto de los peligros de una iglesia que se hace arbitraria, intimista y menos solidaria. Se requiere dar cuenta del porqué necesitamos una institución: necesitamos una Iglesia que ilumine y que nos haga arder; estoy seguro que así nacerá una Iglesia más sencilla, más cercana a la gente, los pobres y excluidos con un lenguaje entendible, como lo soñara hace cincuenta años el Vaticano II.

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