miércoles, 17 de octubre de 2018 Actualizado a las 20:48

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Del modelo y la desafección ciudadana

Sólo el provincialismo de algunos y los intereses y mala fe de otros permite no ver los déficits de nuestro sistema político y qué tan lejos estamos del panorama de democracias estables y consolidadas, no sólo de la OCDE sino también de América Latina. A nuestro juicio, es claro que el voto voluntario es un desincentivo a la participación que afecta a los sectores populares, con menor nivel de escolaridad y, por lo tanto, menos politizados.
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De seguro una parte importante de la elite y de los ciudadanos se estarán preguntando, en los días que vienen, cómo es posible que el principal ganador de estas elecciones sea la abstención. Ya se vio esto en la primera vuelta. Y en verdad, no es sólo de ahora. Se arrastraba hacía años, incluso con votación obligatoria, expresada en los que no se inscribían a pesar de poder hacerlo

Bastante tiempo se toman las elites para reflexionar sobre este tema y abrir el debate público. Por cierto, en esto no caben las unicausalidades ni tampoco los esfuerzos de traducción puramente formal. Es un terreno propicio para reflexionar sobre nuestra política y sus formas de expresión. No como un fenómeno aislado del resto de los sistemas, sino como articulable –esa política realmente existente– a la economía y a la cultura.

No deja de resultar paradójico que recién ahora cobre importancia percatarse del tipo de régimen político que tenemos hasta hoy. Sin embargo, desde distintos actores por años se ha advertido de la desafección creciente con la política y la democracia realmente existente, que va generando, paulatinamente, el predominio de una sociedad de mercado extendida y la ideología del pensamiento único. Cuidado. No se trata, con todo, de una desafección con cualquier tipo de acción colectiva o coordinada en pos de ciertos objetivos. Hay que verlo más bien como una desafección con el actual tipo de política e institucionalidad vigente en diversos sectores (trabajo, salud, educación, pensiones).

Sólo el provincialismo de algunos y los intereses y mala fe de otros permite no ver los déficits de nuestro sistema político y qué tan lejos estamos del panorama de democracias estables y consolidadas, no sólo de la OCDE sino también de América Latina. A nuestro juicio, es claro que el voto voluntario es un desincentivo a la participación que afecta a los sectores populares, con menor nivel de escolaridad y, por lo tanto, menos politizados.

Una política e institucionalidad pensadas a comienzos de los 80, que trasuntan autoritarismo y elitismo decisional. Después del 90 recuperamos la posibilidad de votar, pero no necesariamente nuestra condición de ciudadanía plena y cabal. Se habla mucho de las reglas, pero éstas están al servicio de la legitimidad y no al revés. Las reglas mediante las cuales una sociedad y sus miembros se ordenan a sí mismos y sus instituciones, no son un producto de la evolución espontánea del mercado, ni tampoco caen del cielo. Las reglas son un producto histórico. Esas reglas son elaboradas por alguien; favorecen a algunos y perjudican a otros.

La abstención de estas elecciones preocupa, pero no debe sorprendernos. Años de machacar con la importancia unilateral de las libertades, apostando a la privatización de la vida pública (mucho más relevante que aquella que modifica el rol del Estado) bajo el eslogan de que “cada uno se rasca con las uñas que tiene” y privilegiando una política de baja intensidad ocupada de resolver los problemas que “le interesan a la gente” y de la “cosas”. Que no nos sorprenda entonces escuchar a ciudadanos diciendo que no van a votar “porque igual tienen que seguir trabajando”.

Hace años que la acción ideológica del neoliberalismo, la sociedad de mercado instalada, y el desprestigio y elitizacion de la política, desde la época de don Augusto, vienen haciendo su trabajo. Después del 90 se cupulariza la recuperación de la política y la democracia. Y, además, se binominaliza. La Concertación podría haber gobernado de manera tal de reconstituir la democracia; una más acorde con la tradición de los partidos que la integraban y de las bases ciudadanas que la respaldaban. Por el contrario, con el paso del tiempo, las elites se fueron acomodando al esquema; más rápidamente lo hicieron aquellos a los que el modelo menos les incomodaba; los mas díscolos se fueron disciplinando o terminaron embarcándose en otros proyectos de dispar suerte. El resultado: una democracia protegida, arrinconada por el diseño institucional, con una derecha sobrerrepresentada por el sistema binominal y el control de los medios de comunicación y la economía y sin la posibilidad de recurrir a la movilización de una ciudadanía ahora ya desencantada por años de esperar cambios sustantivos que nunca llegaban.

Poco importaba. El sistema gozaba de estabilidad, el país se jactaba orgulloso de su pacífica transición y de haber desalojado del poder a los militares sin violencia y la economía crecía de manera constante. Décadas de crecimiento sólo amenazado por el vendaval de la crisis asiática nos permitían más que duplicar nuestro ingreso per cápita y presentarnos como los “jaguares” de América Latina.

Mientras la economía y el mercado lo invadían todo, transformándonos en una “sociedad de mercado”, la política quedaba en un segundo plano. Nuestra democracia quedó congelada, banalizada por la propia clase política que reniega de su condición; la política como guardián del sistema económico y el privilegio de unos pocos.

Una democracia de escasa calidad que convoca a la ciudadanía a votar cada cuatro años para elegir a la elite que se encargará de conducir al país en el siguiente periodo; luego, a privatizarse nuevamente; a ocuparse del trabajo, de estudiar, de pagar las cuentas y las deudas. Pero la nuestra ni siquiera se trata de una democracia elitista de calidad. En ellas, las reglas que regulan la elección de esas elites garantizan, al menos, que la elite seleccionada sea representativa de la voluntad popular. En Chile, el sistema binominal se encarga de “cuadrar el círculo”, logrando que los que tienen menos votos sean elegidos como representantes de la ciudadanía.

 Sólo el provincialismo de algunos y los intereses y mala fe de otros permite no ver los déficits de nuestro sistema político y qué tan lejos estamos del panorama de democracias estables y consolidadas, no sólo de la OCDE sino también de América Latina. A nuestro juicio, es claro que el voto voluntario es un desincentivo a la participación que afecta a los sectores populares, con menor nivel de escolaridad y, por lo tanto, menos politizados.

Pero ese es un elemento que, si bien no se debe minimizar, no es el único a considerar. Todos los sistemas políticos han ampliado los derechos ciudadanos por la vía de asegurar la participación ciudadana en diversos procesos. Dicho de otra manera: voluntario u obligatorio, la mayoría de sistemas políticos reconoce muchísimas más alternativas de participación política que las que tenemos en Chile.

Sólo a modo de ejemplo:

a)    Elección de los candidatos y candidatas en elecciones primarias obligatorias.

b)   Elección de autoridades regionales y/o departamentales.

c)   Distintos mecanismos de democracia directa como plebiscitos, referéndum, consultas vinculantes, cabildos.

d)   Mecanismos de control ciudadano.

e)    Voto programático.

f)    Revocatoria de mandato.

g)   Iniciativa ciudadana de ley.

h)   Reconocimiento de derechos políticos a los pueblos originarios.

Nuestra democracia requiere cambios profundos en el ámbito político. Esos cambios debieran apuntar a tres ámbitos: perfeccionar los mecanismos de la democracia representativa, reconocer y facilitar mecanismos de democracia directa tanto a nivel nacional, como regional y municipal, y expandir mecanismos democráticos hacia otros ámbitos.

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