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La crisis en Crimea y el fantasma de una nueva Guerra Fría

por 5 marzo 2014

El punto es que la geopolítica tiene sus normas. Rusia ha resurgido de la decadencia por la que pasó en los 90 bajo Boris Yeltsin y sigue siendo el país con más territorio del planeta, con nueve husos horarios, y es una potencia petrolera y nuclear. Pretender que puede ser tratada como un paisito es tratar de tapar el cielo con la mano.

La caída de los mercados bursátiles en Rusia el lunes 3 de marzo significó pérdidas por U$ 58 mil millones, más que los US$ 51 mil millones que costaron los Juegos Olímpicos de Invierno en Sochi. Ello se debió a lo que muchos consideran es una inminente ocupación rusa de Crimea. La pregunta que surge es: por qué después del éxito deportivo y organizacional de Sochi, con que le dijeron al mundo que había una nueva Rusia, moderna y sofisticada, esta crisis en las orillas de Mar Negro. ¿Por qué el Presidente Putin, cuyo Congreso, la Duma, ya ha autorizado una eventual invasión de Crimea, pone aparentemente en peligro gran parte del prestigio ganado en las pistas de esquí y las de patinaje sobre hielo por algo tan dudoso como esto?

La anunciada acción militar, ya en curso, responde a la caída del gobierno pro-ruso del Presidente Viktor Yanukovich en Ucrania hace algunos días, en un cuestionable voto de la Rada, el parlamento ucraniano, y su reemplazo por un gobierno pro-Estados Unidos y pro-Unión Europea (UE), encabezado por el Presidente Alexander Turnichov y el Primer Ministro Arseny Yatsenkuk. Ucrania, un país de 45 millones de habitantes, antigua república soviética, ha estado siempre dividida entre dos almas—una pro-europea, en la parte occidental, y otra pro-rusa, en la parte oriental y del Sur, donde está Crimea, una península insertada en el Mar Negro, y transferida por Nikita Khruschev a Ucrania en 1954, en una época en que la última era aún parte de la URSS–.

Para muchos, la incapacidad del gobierno ruso de aceptar sin más este cambio de gobierno en Ucrania reflejaría los instintos antidemocráticos imperantes en Moscú, y los resabios autoritarios aún remanentes en la nueva Rusia. Los Estados Unidos han respondido enérgicamente, diciendo que esto tendrá consecuencias. Una primera víctima sería la próxima reunión del G8 en el propio Sochi en junio, a la que el Presidente Obama no asistiría, ni tampoco los líderes de Francia y el Reino Unido. Se habla tambiėn de sanciones económicas, de cancelación de visas y de otro tipo de medidas. Se menciona incluso el expulsar a Rusia del G8, o al menos suspenderla por un tiempo.

El punto es que la geopolítica tiene sus normas. Rusia ha resurgido de la decadencia por la que pasó en los 90 bajo Boris Yeltsin y sigue siendo el país con más territorio del planeta, con nueve husos horarios, y es una potencia petrolera y nuclear. Pretender que puede ser tratada como un paisito es tratar de tapar el cielo con la mano.

Para algunos, se trata de la mayor crisis internacional desde los ataques a las Torres Gemelas el 11 de septiembre de 2001. Para todos, es el principal desafío internacional del Presidente Barack Obama en toda su presidencia.

¿Qué ha llevado a Rusia a algo de tan alto costo?

Lo que pocos mencionan es que, lejos de representar viejos resabios autoritarios o meros caprichos de un autócrata, la respuesta rusa a lo ocurrido en Ucrania se ajusta a principios de larga data en las relaciones internacionales. Grandes potencias como Rusia tienen una memoria histórica y una cierta manera de relacionarse con su entorno y con el mundo. La mantención de una cierta esfera de influencia en su vecindario cercano ( lo “extranjero inmediato’’) es parte de ello. Esto no ha sido respetado ni por los Estados Unidos ni por la UE, que se han embarcado en una política de expansión hacia Europa Central y Oriental con muy poca consideración para los intereses de Moscú. La incorporación de muchos países de Europa Oriental a la UE, primero, y a la OTAN, después, son expresión de esto.

La OTAN es una alianza militar que se estableció en contra de la Unión Soviética. Lo lógico es que hubiese llegado a su fin al dejar de existir esta última. Sin embargo, ello no sólo no ha ocurrido, sino que la alianza se ha continuado expandiendo, acercándose cada vez más a la Federación Rusa, y desconociendo acuerdos entre Washington y Moscú a comienzos de los 90 en cuanto a que ello se evitaría. La noción de que Rusia debería aceptar mansamente un verdadero cerco de países hostiles que se van haciendo miembros de una alianza establecida en contra de su Estado antecesor, es difícil de aceptar. El cambio de gobierno instigado en Kiev llevó al poder precisamente a la facción más comprometida con incorporar a Ucrania a la UE y eventualmente a la OTAN. De ahí la reacción rusa, diciendo que por este camino no se puede seguir.

De todos los países europeos, el más consciente de la necesidad de evitar un retorno a la Guerra Fría y a escalar el conflicto, es Alemania. Su Canciller, Frank-Walter Steinmeier, ha indicado que se opone a boicotear la próxima reunión del G8 en Sochi, no digamos ya a expulsar a Rusia del grupo. Para él, es fundamental darle una oportunidad a la diplomacia y a una solución negociada a la crisis.

Ello es perfectamente posible. Pero  implica aceptar el hecho político de fondo. Rusia ya no es una superpotencia, pero lo fue alguna vez, y sigue teniendo considerable poderío e intereses geopolíticos que no pueden ser ignorados. El continuar ninguneándola, como a ratos pareciera que hacen las potencias occidentales, alentando a partidos y coaliciones antirrusas en países como Georgia y Ucrania, no hace sino provocar este tipo de situaciones.

Después de la Segunda Guerra Mundial, una solución de compromiso para respetar los intereses estratégicos de la Unión Soviėtica, que perdió 20 millones de personas en esa guerra, fue establecer estatutos de neutralidad para países como Austria y Finlandia. Ucrania, cuya historia está íntimamente entrelazada con la de Rusia, podría someterse a un estatuto similar. Esta es una solución. Hay otras. El punto es que la geopolítica tiene sus normas. Rusia ha resurgido de la decadencia por la que pasó en los 90 bajo Boris Yeltsin y sigue siendo el país con más territorio del planeta, con nueve husos horarios, y es una potencia petrolera y nuclear. Pretender que puede ser tratada como un paisito es tratar de tapar el cielo con la mano.

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