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La retroexcavadora y el modelo

por 11 abril, 2017

La retroexcavadora y el modelo
Buena parte de la élite política decidió esconder la retroexcavadora. Pero no por mucho tiempo, pues la gente la volvió a sacar a la calle. Los mismos estudiantes que marcharon el 2006, siendo pingüinos, y luego el 2011, siendo universitarios, el 2016 salieron a la calle acompañados de sus padres y de sus abuelos para decir, fuerte y claro, “no más AFP”. Es la ciudadanía la que exige cerrar, por higiene ambiental, las puertas de la pequeña cocina de los acuerdos cupulares y, en una cocina popular, construir el futuro del país en el que queremos vivir.

Con solo un día de diferencia, dos precandidatas a la Presidencia de la República se han referido a la “retroexcavadora”: Beatriz Sánchez del Frente Amplio para reivindicarla, y Carolina Goic de mi coalición para declararla superada.

A estas alturas, ya no me sorprende que sean personeros de la Nueva Mayoría quienes critiquen esta metáfora, que usé hace tres años para referirme a la reforma educacional, tras el anuncio del Gobierno de suspender la tramitación legislativa de tres proyectos heredados de la administración Piñera. Por esos días, recibí las críticas del entonces presidente de la Democracia Cristiana, Ignacio Walker, del ex ministro Andrés Velasco, del presidente de la Cámara de Diputados e, incluso, de algunos parlamentarios de mi partido.

Pese a las críticas, nunca me he desdicho de esa frase, fundamentalmente porque cambiar los cimientos del modelo neoliberal de la dictadura ha sido uno de mis objetivos en política desde siempre, desde que participé del movimiento universitario en los 80, luego formando parte de la Concertación y representando a mi región en el Congreso.

Siempre supe que en esa antigua coalición convivíamos fuerzas políticas que teníamos evaluaciones diversas sobre los méritos del modelo de economía y sociedad que heredamos de la dictadura. Unos que veían, en el modelo, la expresión moderna del régimen de libertades económicas que generaba riqueza y prosperidad para un grupo de chilenos; y otros que apuntábamos a que el solo crecimiento del tamaño de la economía y la democratización del acceso al consumo no estaba produciendo verdadero desarrollo, entendido como la combinación entre la mejora de las condiciones materiales de todos los ciudadanos y la sustentabilidad del medioambiente que habitamos.

Más allá de las caricaturas, debemos ser capaces de hacer, de los procesos electorales, una oportunidad para la discusión de los proyectos nacionales de desarrollo. En ese sentido, lo que pasa hoy en día, que para algunos es crispación, no es otra cosa que la repolitización del proceso político chileno, que había sido vaciado de deliberación plural, por una compleja red de intereses que nos quiso hacer creer que las diferencias ideológicas se habían acabado y que la técnica podría reemplazar a la política.

Ese esquema, de colusión de intereses políticos y económicos, ha llegado a su fin. Las reformas de la Presidenta Bachelet, en lo grueso bien inspiradas, son reformas que apuntan a un mínimo civilizatorio que Chile, inserto en el mundo global, no puede dejar atrás. A algunos nos habría gustado llegar más lejos, pues los cambios en el país más desigual de la OCDE no pueden seguir esperando.

Pero quienes se oponen a las transformaciones estructurales se han esmerado en apretar fuerte el freno de mano. Al igual que José Piñera, creador de las AFP, quieren “luchar contra las retroexcavadoras” para reemplazarlas, como ha dicho Sebastián Piñera, por grúas expertas en lucro y especulación, que vuelvan a levantar los trozos de neoliberalismo que logramos desarmar.

Ahora debemos ser capaces, y esa es la responsabilidad principal de quienes pretenden liderar al mundo progresista en la próxima contienda presidencial, de ofrecer un programa que avance en la generación de un mínimo ético para Chile. En donde, a mi juicio, lo central es la reforma profunda del sistema de pensiones, asegurar un sistema sanitario de calidad con acceso y cobertura universal. El país debe enfrentar estos cambios para seguir en la dirección de crear condiciones para la paz social con respeto a nuestra diversidad cultural desde Arica a Magallanes.

Me sorprende que la precandidata de la Democracia Cristiana, otrora seguidora de Adolfo Zaldívar, tenga esa visión sobre la necesidad de hacer cambios profundos en Chile. Fue precisamente este ex senador, aunque al final de sus días terminó abrazando el piñerismo, quien, siendo presidente de la DC, acuñó la frase “cambiar el modelo”, o quien se opuso lo que le valió su expulsión a apoyar un sistema de financiamiento del transporte público de Santiago, que ha sido una sangría para las arcas fiscales y un escandaloso traspaso de recursos desde el sector público a un puñado de empresas privadas, que prestan un servicio de mala calidad. Adolfo Zaldívar, que era un hombre con amplia experiencia política y conocimiento internacional, sabía que en cualquier ciudad de los países desarrollados el transporte público, entendido como un derecho, está en manos de empresas del Estado.

La política chilena vive momentos cruciales, y quienes estamos por un modelo distinto debemos ser capaces de encontrarnos, aunque hoy nos miremos desde veredas diferentes. Si las transformaciones estructurales siguen siendo defendidas nítidamente por el naciente Frente Amplio, y con ambigüedad por parte de la Nueva Mayoría, no tendremos derecho a reclamo cuando muchos de nuestros históricos votantes opten por un proyecto alternativo, con el cual, más temprano que tarde, debemos dialogar y confluir.

Existe un deber político y ético de generar un nuevo consenso democrático entre las fuerzas de la Nueva Mayoría, pues, de lo contrario, arriesgamos a dejar el país en manos nuevamente de la derecha, una de las más radicales y extremistas del mundo occidental. Una derecha pinochetista y depredadora, que quiere perpetuar un modelo anormal de vida para la mayor parte de la población, en donde los trabajadores financian, vía AFP, a las empresas a las que luego les piden dinero con altas tasas de interés: una especie de pulpería moderna. Los sectores conservadores siguen creyendo que la educación y la salud, dos derechos sociales según las convenciones de Naciones Unidas, son espacios para pingües negocios.

La pregunta que debemos hacernos, y que debemos responder con sinceridad, es: ¿qué tan cerca o qué tan lejos del modelo neoliberal queremos situarnos?

El deber de la centroizquierda es representar los anhelos de cambio, pensando en un modelo de sociedad que responda a los desafíos que nos impone el siglo XXI, en contraposición al modelo neoliberal que ha producido crecimiento a costa del aumento de las desigualdades y la exclusión. Es sano para nuestra democracia saber quiénes están de qué lado de la moneda.

La política chilena vive momentos cruciales, y quienes estamos por un modelo distinto debemos ser capaces de encontrarnos, aunque hoy nos miremos desde veredas diferentes. Si las transformaciones estructurales siguen siendo defendidas nítidamente por el naciente Frente Amplio, y con ambigüedad por parte de la Nueva Mayoría, no tendremos derecho a reclamo cuando muchos de nuestros históricos votantes opten por un proyecto alternativo, con el cual, más temprano que tarde, debemos dialogar y confluir.

Mientras ello ocurre, las grúas de Piñera, que buscan volver a levantar el lucro y la segregación en las escuelas, se seguirán enfrentando a las retroexcavadoras ciudadanas.

Buena parte de la élite política decidió esconder la retroexcavadora. Pero no por mucho tiempo, pues la gente la volvió a sacar a la calle. Los mismos estudiantes que marcharon el 2006, siendo pingüinos, y luego el 2011, siendo universitarios, el 2016 salieron a la calle acompañados de sus padres y de sus abuelos para decir, fuerte y claro, “no más AFP”. Es la ciudadanía la que exige cerrar por higiene ambiental las puertas de la pequeña cocina de los acuerdos cupulares y, en una cocina popular, construir el futuro del país en el que queremos vivir.

Mientras no nos hagamos cargo de esos cambios de fondo, la retroexcavadora siempre estará en alguna esquina, dispuesta a romper tanta vergonzosa desigualdad.

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