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Crisis de la Democracia Cristiana: una oportunidad

por 26 mayo, 2018

Crisis de la Democracia Cristiana: una oportunidad
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La Democracia Cristiana vive la crisis de credibilidad que están viviendo todos los partidos políticos chilenos. Los partidos, cual más cual menos, están desprestigiados, pues la gente no confía en ellos, no los visualiza como instrumentos válidos para representar ni menos mediar entre la sociedad y el Estado, y en razón de ello, la gente ha optado por dos caminos: irse del sistema - 51% de los chilenos en edad de votar no lo hicieron en segunda vuelta presidencial -, o bien, fundar movimientos o partidos alternativos, bajo la relativa seguridad de que todo lo que tenga un aroma a nuevo, se va a salvar del descrédito de los partidos tradicionales.

En este cuadro, algunos sectores de la DC han soslayado, o en el mejor de los casos, minimizado este fenómeno, errando el diagnóstico, e intentando explicar el declive electoral de la Democracia Cristiana con dos argumentos equivocados: i) La izquierdización del partido, y ii) la pérdida de fraternidad.

Analicémoslos.

Cuando se arguye la izquierdización, se recurre al argumento que más estimula a la derecha, pues golpea a su enemigo histórico, la izquierda y en particular a los comunistas, esos demonios que los aterra desde que Marx escribiera el Capital. Pero, por otro lado, y no menos importante, la derecha obtiene algo que en muy pocos países del mundo occidental se ha dado, que es, dejar a colaboradores directos de una dictadura que desapareció, mató, torturó y exilió a sus propios compatriotas, en igualdad de condiciones respecto de lo que ocurre en Venezuela, Cuba o Corea del Norte, con todo lo criticable de estos regímenes.

Quienes sostienen que la DC ha declinado electoralmente por estar aliada con los comunistas, primero que nada, se equivocan, pues el 2013 la DC subió su votación y elegibilidad de escaños con respecto a la elección del 2009, y, por otro lado, utilizan este argumento sofistamente, como un ardid argumental, a sabiendas de que la realidad es precisamente lo contrario. Un gobierno reformista como el realizado por la Nueva Mayoría, es moderado, casi inocente al lado del que realizara Eduardo Frei Montalva el 64. ¿Alguien cree que una reforma educacional que estableció gratuidad para el 60% de los estudiantes más pobres, en un país de 24 mil dólares per cápita, es comparable a la reforma agraria que significó el cambio económico, social y cultural más relevante del siglo XX? Claramente no. El problema es otro, pues desde hace un buen tiempo, muchos dirigentes de primera línea de la Democracia Cristiana se fueron alejando de los valores del humanismo cristiano, siendo en definitiva, colonizados por el neoliberalismo. Cayeron en la trampa de creer que lo más importante era el crecimiento y los equilibrios macroeconómicos, que evidentemente son importantes en toda economía moderna, pero dejando completamente abandonada la esencia del pensamiento social cristiano, cual es que ningún materialismo, ni estatal ni liberal, puede superponerse a la dignidad de la persona humana. Como lúcidamente lo señalara hace algún tiempo atrás Agustín Squella, cayeron en el síndrome de Casa Piedra. En definitiva, terminaron pensando como vivían y no viviendo como pensaban.

Un ejemplo de esto, es cuando se esgrime que las bases y los parlamentarios democratacristianos dejaron abandonados a sus candidatos presidenciales, y que por eso, éstos perdieron. Dicho argumento se suele señalar para explicar las derrotas sufridas tano en las primarias del 2013 como en la primera vuelta del 2017. Si bien puede ser cierto que más de algún militante o parlamentario no se las haya jugado con la intensidad que se hubiera esperado de un militante disciplinado, el hecho es que, cuando en ambas elecciones irrumpen figuras independientes, como Andrés Velasco y José Antonio Kast, que sin parlamentarios, sin alcaldes, sin concejales y sin partidos, única y exclusivamente en razón de sus carismas y mensajes, logran obtener en sus respectivas elecciones más votación que la de los candidatos de la Democracia Cristiana, la invocación a la falta de lealtad como principal argumento para explicar las derrotas, cae por su propio peso.

Yo soy un gran defensor de la obra de la Concertación, y cada vez que escucho el delirante argumento de que hay una suerte de pugna entre dicha colisión y la Nueva Mayoría, entiendo que además de aburguesarse y perder el sentido de misión que siempre caracterizó a los demócratas cristianos, muchos amigos se pusieron viejos, pero no viejos de cuerpo, sino que viejos de espíritu. Es decir, no entendieron los cambios sociales experimentados por los chilenos durante estos últimos 25 años, y cual caballo manco ve pasar un auto a toda velocidad, se quedaron en un país que ya no existe, nostálgicos de lo que hicieron e idealizando fenómenos que, más que una opción, fueron una imposición, como la noventera política de los acuerdos.

A continuación viene el argumento de la fraternidad. ¿Es menos fraterno el partido hoy que hace algunos años atrás? No sabría decirlo, dependiendo de con quien uno hable se encuentra con distintas respuestas. Algunos viejos camaradas dicen que los conflictos entre líderes de tonelaje como Frei y Tomic eran de gran intensidad. Puede ser. Pero era otra época, sin los medios de comunicación de ahora ni menos el fenómeno de las redes sociales, y evidentemente las disputas quedaban en un plano más íntimo y probablemente sin la tergiversación que generan Facebook o twitter.

Por otro lado, es cierto que la Democracia Cristiana fue capaz de sobreponerse a heridas muy profundas, como las dejadas entre quienes explicaron el golpe militar y quienes lo condenaron enérgicamente desde un principio. Ahí, es digno de destacar el reconocimiento que años después hiciera Patricio Aylwin a la segunda posición como las más acertada dado los acontecimientos que se sucedieron.

Pero más allá de las distintas visiones relativas al grado de conflictividad interno vivido durante el último tiempo, el argumento de la falta de fraternidad me parece irrelevante, y lo entiendo más bien como una exhortación majadera e interesada de quienes no han querido evidenciar con honestidad sus verdaderas razones para irse del partido.

Un ejemplo de esto, es cuando se esgrime que las bases y los parlamentarios democratacristianos dejaron abandonados a sus candidatos presidenciales, y que por eso, éstos perdieron. Dicho argumento se suele señalar para explicar las derrotas sufridas tano en las primarias del 2013 como en la primera vuelta del 2017. Si bien puede ser cierto que más de algún militante o parlamentario no se las haya jugado con la intensidad que se hubiera esperado de un militante disciplinado, el hecho es que, cuando en ambas elecciones irrumpen figuras independientes, como Andrés Velasco y José Antonio Kast, que sin parlamentarios, sin alcaldes, sin concejales y sin partidos, única y exclusivamente en razón de sus carismas y mensajes, logran obtener en sus respectivas elecciones más votación que la de los candidatos de la Democracia Cristiana, la invocación a la falta de lealtad como principal argumento para explicar las derrotas, cae por su propio peso.

De este modo, es cierto, la DC vive un momento difícil, pero sin lugar a duda necesario. Adentro del partido coexistían visiones que desde hace muchos años entendían al partido como una cosa distinta, invocando un espacio de centro equidistante, vacuo de contenido, sin respuestas ni propuestas de futuro, conservador, diluido y desdibujado en el rol de bisagra, apelando algo tan poco consistente y atractivo como es el discurso de la moderación y el gradualismo.

Más allá de la tristeza que da el que se vayan amigos con los que uno compartió por años, la Democracia Cristiana, para volver a ser creíble, requiere avanzar en coherencia - es insostenible un partido en permanente pugna interna -, y para ello, requiere retornar a sus orígenes, pues la DC chilena nació a la política como un instrumento de transformación social, no de statu quo, ni menos de privilegios para los poderosos. La riqueza de nuestra doctrina está precisamente en volcarse hacia los más pobres y necesitados, y evidentemente esa máxima que permanece perenne, debe adecuarse a la realidad de hoy, con una sociedad secularizada, de clase media, en un mundo globalizado, en que estamos obligados a buscar nuevas respuestas, que nada tienen que ver con los fantasmas que todavía generan en algunos la guerra fría.

De esta forma, quienes nos quedamos, esperamos que de esta crisis surja una oportunidad, y que más allá de la nueva directiva que encabece este proceso, entre todos seamos capaces de aunar nuestras voluntades para reconstruir el partido. Estoy convencido de que la Democracia Cristiana es necesaria para Chile, más aún en estos tiempos de incertidumbre, en los que las personas necesitan certezas, y donde el humanismo cristiano puede jugar un rol fundamental para brindárselas.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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