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Teledemocracia

por Javier Jara Leyton 7 agosto, 2018

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Señor Director:

Mucho se ha escrito sobre las posibilidades que nos podrían ofrecer los avances tecnológicos en el campo de la política y la democracia. No obstante, generalmente se opta por plantear temas técnicos, desarrollos particulares de alguna organización o país, experiencias prometedoras en algún lugar del mundo; mientras se desatienden o postergan las discusiones valóricas al respecto. Esta omisión puede resultar liviana o incluso demasiado optimista. Algunos intuyen este vacío, pero se limitan a rematar la columna con un “es algo que hay que discutir”.

Bueno, aunque la institucionalidad democrática parezca lejos de experimentar transformaciones tan radicales, la práctica comienza ya a revelar cambios paradigmáticos. Este y otros medios han puesto particular atención en las dinámicas con que el poder se relaciona con las encuestas y las redes sociales. Pero esto no asoma como un buen presagio. Al contrario, el quehacer de las autoridades deambula en la superficialidad y el efectismo, huérfano de proyectos y visiones de sociedad. Las encuestas, como instrumento de marketing, configuran la plaza pública para que los ciudadanos pasen a ser espectadores de circo, consumidores de eslóganes y de personajes mediáticos. Sospechoso parecido con el espectáculo del futbol.

Puede que sea un problema de imaginación. Quizá, algunos simplemente no somos capaces de imaginar los alcances de los desarrollos técnicos en la configuración de las sociedades. Sin embargo, no está demás plantearnos ciertas interrogantes que, de cierta forma, trascienden las circunstancias materiales de la humanidad. Sobre todo cuando la tecnología, más que remover los fundamentos de la práctica democrática actual, parece más bien agudizar sus aspectos más perversos.

Un primer cuestionamiento a las visiones futuristas de democracia directa mediante asistencia informática tiene que ver con la posibilidad o imposibilidad de hacer política genuina en estos términos. Solo puedo presumir que las decisiones, de las que todos queremos participar, tendrán un marcado carácter plebiscitario. Quizá esto pueda tener sentido –y mucho– a nivel local y respecto a un conjunto acotado de asuntos. Pero la democracia plebiscitaria tiene flancos débiles demasiado importantes para ser plausible y suficiente por sí misma. Dado un individualismo que ha penetrado en lo más profundo de la ciudadanía, ¿es posible que la política se reduzca a la agregación computarizada de meros intereses individuales? ¿Es concebible un proyecto político en estos términos, una visión de sociedad a partir de opiniones binarias? Uno de los principios de la democracia incita a poner especial atención en el respeto hacia las minorías, ¿sería posible aquello si todo se decidiera a punta de manos alzadas, reconociendo así solamente a los grupos de interés más masivos? Y yendo un poco más a fondo, si concordamos en que el diálogo es la base de cualquier sistema político decente, sería razonable cuestionarnos si las nuevas herramientas digitales permiten un diálogo profundo, sostenible, fructífero, sensato, en contraposición con una burda dinámica de trincheras. A juzgar por las redes sociales, claramente no.

Desde otro ángulo, si la sociedad sigue funcionando en base a normas –si la tecnología no logra desarrollar una nueva forma de relacionarnos–, los productos tangibles del poder legislativo debieran seguir siendo normas escritas o, más concretamente, leyes. Y seamos realistas, los “me gusta”/”no me gusta” no forman un código binario que pueda traducirse a una ley robusta y orientada al bien común. Por ende, es “alguien” quién tendrá la labor de decodificar los deseos mayoritarios –que, como olas, llegarán una y otra vez, muchas veces incoherentemente– en los respectivos textos normativos. ¿Cuánto tardará este quehacer institucional en reducirse a una práctica meramente administrativa, en concebirse como un complejo asunto solo para abogados altamente especializados, desconectados de la realidad de la población? ¿Cuánto se parece esta situación imaginada a la concepción tecnocrática que domina la política hoy en día y que con justa razón recibe más de alguna crítica?

Finalmente, ¿cuán desmesurado puede llegar a ser el poder de los medios de comunicación masivos? ¿Cómo operará y cuán descarnada será la disputa de intereses sobre la manipulación de masas en esta pretendida democracia directa? ¿Qué transformación profunda podría darse si en definitiva las élites –decidiendo los contenidos y las formas de los medios masivos– siguieran controlando los temas relevantes y el devenir de la historia? En el fondo, si el poder –sea cual sea su forma dominante– sigue concentrado, nada de lo que hablemos tiene mucho sentido. Para mí, es difícil imaginar que una desconcentración del poder pase por desarrollos tecnológicos. Los pasos de bebé que hemos dado hasta ahora en ese sentido, no son muy alentadores tampoco desde mi punto de vista, aunque es discutible.

¿Vale la pena remar contra las transformaciones culturales? Cómo saberlo. Lo que definitivamente sí vale –y debieran enseñarlo en las escuelas– es estar despiertos, escépticos, desengañados de las panaceas, cultivar la duda, la sospecha y la reflexión crítica. Hace unos días, escuché en la radio –y suscribo– que la democracia es una ilusión en un país sin educación cívica como este. Más nos vale no cambiar una ilusión por otra.

 

Javier Jara Leyton

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