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Opinión

Camila Vallejo y la degradación del debate público

por 30 marzo 2016

Camila Vallejo y la degradación del debate público
Me refiero a la Camila Vallejo transformada en materia de discusión, en fetiche nostálgico por todo lo que algunos auguraron a partir del movimiento estudiantil pero que nunca ocurrió, en ese fantasma que todavía martiriza peor que deseo reprimido a lo poco que va quedando de la UDI. En suma, la Camila-Vallejo-objeto. O mejor: la Camila-Vallejo-símbolo, ese que se ha instalado en el imaginario colectivo chilensis como síntesis de valores, conceptos e ideas-fuerza a defender o a destruir.

Las patologías que afectan hoy al debate público chileno son muchas y, la mayor parte de ellas, de extrema gravedad: cartuchismo, fetichismo del eufemismo y mucha, pero muchísima pedantería mediocre y sin sustento, como, por ejemplo, en la que se cae al pretender enseñar los planteamientos de Marx (o de cualquier otro) sin tener ni la más remota idea de lo que dicen.

En los últimos años, sin embargo, se ha enquistado y está creciendo como cáncer una patología que destaca menos por su notoriedad –cada vez más significativa, hay que decirlo– que por el daño que le hace a eso que Kant denominó “el uso público de la razón”. A falta de mejor nombre, permítaseme llamarle el “camilavallejismo”.

El camilavallejismo es la grave patología de degradar hasta niveles vergonzosos el debate público cada vez que aparece en él Camila Vallejo. No Camila Vallejo la persona de carne y hueso, quien, dicho sea de paso, no ha tenido un papel agonal relevante en la esfera pública desde que perdió las elecciones de la FECH a fines del 2011. Al contrario. Me refiero a la Camila Vallejo transformada en materia de discusión, en fetiche nostálgico por todo lo que algunos auguraron a partir del movimiento estudiantil pero que nunca ocurrió, en ese fantasma que todavía martiriza peor que deseo reprimido a lo poco que va quedando de la UDI. En suma, la Camila-Vallejo-objeto. O mejor: la Camila-Vallejo-símbolo, ese que se ha instalado en el imaginario colectivo chilensis como síntesis de valores, conceptos e ideas-fuerza a defender o a destruir.

Como decía, cada vez que la Camila-Vallejo-símbolo aparece en el debate público, este, el debate público, queda, como por automatismo retórico, inmediatamente degradado hasta niveles ignominiosos. Tómese el ejemplo de la última estupidez colectiva camilavallejista: el famoso Audi de 49 millones de pesos. Como ya se sabe, una fan page de Facebook llamada “Ciudadanos por un Chile Mejor” (así, solo machotes; las ciudadanas no están incluidas en la convocatoria a mejorar esta sociedad) publicó una imagen con un montaje de dos fotos lado a lado: a la izquierda una de Camila Vallejo y a la derecha otra de un Audi blanco. Arriba aparece la siguiente leyenda: “Firme con los proletarios… Camila Vallejo nos presenta su nuevo Audi de $49.000.000… Así da gusto ser comunista”.

El “meme” fue tan eficaz que en pocas horas se “viralizó” hasta tal punto que la propia Camila Vallejo, la de carne y hueso, tuvo que desentenderse momentáneamente de cualquiera hubiese sido la cosa importante que estaba realizando para desmentir la información, primero en su cuenta de Facebook y, algunos días después, a través de un comunicado de prensa más elaborado y profusamente reproducido en todos los medios digitales.

Nótese cómo se desarrolla la dinámica de degradación del debate público cuando es invocada Camila Vallejo.

Primero, un grupo de personas que llama a construir un “Chile mejor” hace todo lo contrario a su convocatoria al publicar información falsa, difamatoria y descalificadora sobre la diputada PC. No se ha visto que hagan lo mismo con otras personas de elevado perfil público, como autoridades distintas o líderes de opinión. Solo, hasta ahora, la Camila-Vallejo-símbolo ha inspirado semejante acto (auto)degradante.

Pero, luego, la agenda de las redes sociales, primero, y la de los medios de comunicación, después, termina copada por el tema. Y la Camila Vallejo de carne y hueso, en lugar de entrar en dicha agenda de forma protagónica, por ser la líder de masas que fue el 2011, termina atrapada en ella por reacción y gracias a maniobras defensivas. ¿El resultado? Simple: la diputada Vallejo presidía la Comisión de Educación de la Cámara, pero, al entrar ella en la agenda, el debate público se desentiende de cualquier discusión sobre las importantísimas problemáticas educativas; se focaliza, en cambio, en falsedades de poca monta sobre el símbolo. Victoria para quien quiere desagendar la discusión sobre educación, derrota para el uso público de la razón. En suma, un debate completamente degradado.

Por si fuera poco, cuando la maquinaria comunicacional del PC o la de sus filiales intenta incidir en la agenda a propósito de Camila Vallejo, el resultado es el mismo o incluso peor: nada de debate sobre asuntos de interés público con altura de miras, sino, en su lugar, mucho de grotescas descalificaciones, insultos y, por supuesto, sofismas. Recuérdese la tragicómica reacción tuitera de la secretaria general de la JJCC ante el chiste de Edo Caroe en Viña del Mar: “Machista, sexista, ordinario y facho…”. De culto: el engranaje de una maquinaria comunicacional actuando como una fábrica de histeria coprolálica. ¡Flor de aporte!

La situación, entonces, es así de penosa: cuando los/as detractores de Camila Vallejo la invocan y terminan jaloneándola hacia la agenda, el debate público se degrada; y cuando sus compañeros/as de militancia también enredan a Camila Vallejo en la agenda, el debate público se degrada. Aparezca como aparezca Camila Vallejo en agenda, el debate público termina, por regla general, degradado. Ella en la agenda es sinónimo de mentiras de poca monta, insultos a granel y falacia tras falacia.

Y, lo que es más triste, también es sinónimo de personas degradándose a sí mismas al cometer actos que degradan al debate público. Así ocurrió con Gabriel Salazar cuando ninguneó a Vallejo de forma descalificadora al decir que le faltan lecturas por ser ella “geógrafa no más”, con lo que además minimiza o directamente anula el tremendo aporte de muchos geógrafos –David Harvey, Henri Lefebvre y otros– a nuestra comprensión del capitalismo actual. Un Premio Nacional de Historia que además es un referente de los movimientos sociales cometiendo semejante ad hominem (o, en estricto rigor, semejante ad mulierem) es un espectáculo realmente penoso y degradante.

Curiosamente, la misma falacia ad mulierem –la falta de lecturas– y, por ende, la misma autodegradación fue cometida por Ricardo Lagos la semana pasada al referirse a Camila Vallejo. Al parecer, hay más coincidencias entre el reverenciado historiador y el megalómano ex Presidente que en la campaña electoral de 1999, en la que el primero hizo llamados a votar por el segundo. En este caso, coinciden en la afición a cometer exactamente la misma falacia en relación con la misma persona y haciendo referencia al mismo motivo falacioso: la “falta de lecturas”.

Pero, como se mencionaba, la degradación del debate público no se produce únicamente por el metralleteo de las descalificaciones, las mentiras de poca monta y las groseras falacias que inspira la Camila-Vallejo-símbolo. Se genera también porque atacarla o defenderla termina siendo una excusa para desagendar, para sacar de la discusión pública problemáticas fundamentales para el sistema político y para los procesos históricos que vive Chile.

Obsérvese, por ejemplo, el caso de Claudio Fuentes, director de la Escuela de Ciencia Política de la Universidad Diego Portales. Tras la mencionada rutina de Edo Caroe en Viña del Mar, Fuentes dedicó no una, sino dos columnas enteras a plantear, en apariencia, que el chiste sobre la diputada de marras era sexista y prácticamente atentatorio contra los derechos de las mujeres, aunque, en el fondo, su mensaje era que la diputada es en realidad intocable. En efecto, aunque habló de todo lo demás, sus planteamientos intentaron meter de contrabando la idea de que Vallejo reúne tal cantidad y calidad de atributos que no puede ser objeto de un chiste como el de Caroe; pero solo el dechado de virtudes que es ella, porque ninguna otra mujer sale a colación en las columnas. En sus propias palabras:

Camila Vallejo cuestiona un tradicional esquema patriarcal en que convivimos. Ella es mujer, inteligente, físicamente hermosa para estándares occidentales, consecuente, comunista, y ocupa un lugar de poder en nuestra sociedad. En su chiste, Edo Caroe la devuelve en una frase lapidaria a un lugar de subordinación y abuso (“El pecado de ser Camila Vallejo”, El Mostrador, 26 de febrero de 2016).

Y así, como si nada, bajo la excusa de abogar por los derechos de las mujeres, Fuentes se da el lujo de meter de contrabando degradaciones del debate público al por mayor. Para empezar, trae a colación un juicio livianito y profundamente banal (el de “mujer físicamente hermosa para estándares occidentales”) que no tiene relevancia alguna para lo que pretende argumentar. Al contrario. Dicho juicio es idóneo para medios y contenidos de farándula; si no lo formulaba en su columna y, en su lugar, lo emitía en SQP y a propósito de cualquier otra cosa, su argumentación quedaba exactamente igual.

En segundo lugar, Fuentes degrada el debate público al lanzar otros juicios sobre Vallejo que, al igual que la mentirilla de poca monta del Audi, son probadamente falsos. Dos en particular llaman la atención: el de mujer consecuente y el de mujer inteligente.

Consecuente, lo que se dice “consecuente”, “CONSECUENTE”, Camila Vallejo precisamente no es. Recuérdese que el 15 de enero de 2012 concedió una entrevista al diario El País de España en la que afirmaba:

Jamás estaría dispuesta a hacer campaña por Bachelet ni a llamar a los jóvenes a votar por ella… Y yo no recibo órdenes del partido. Todo pasa, finalmente, por una decisión personal. A mí nadie me va a obligar”. (Rocío Montes, “Camila Vallejo: ‘Me gustan Evo Morales y Correa’” en El País, 15 de enero de 2012).

Y bueno, parece que Claudio Fuentes no se enteró, pero durante prácticamente todo el año 2013 Camila Vallejo, la de carne y hueso, se paseó día y noche con Bachelet para hacerle, precisamente, esa campaña electoral que dijo que jamás le iba a hacer

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Que una persona anuncie en el principal medio escrito de habla castellana que jamás hará una cosa y que luego haga exactamente eso que juró que no haría bajo ningún concepto, ni aunque la obligase su partido, eso es precisamente lo opuesto exacto a la consecuencia. Parece que a Fuentes le faltó una fe de erratas y en realidad quiso decir que Camila Vallejo es una mujer INCONSECUENTE, que es el diagnóstico que, como prueba esta evidencia, se corresponde con la realidad. De hecho, es tal y tan grave la inconsecuencia cometida por Vallejo en aquella ocasión que, a partir de ese antecedente, solo cabe esperar verla en las elecciones de 2017 como jefa del comando de Ricardo Lagos tras sus recientes dichos sobre este último.

Por su parte, las pruebas en contra de la supuesta inteligencia de Camila Vallejo también abundan al por mayor. Una en particular es de una elocuencia irrefutable. Corresponde a un capítulo especial del programa “Más vale tarde”, de Mega. En un diálogo sobre las violaciones a los derechos humanos en Chile y Cuba, se produjo el siguiente intercambio entre Vallejo y Hernán Larraín Matte:

  • Larraín: … el Partido Comunista chileno, y particularmente sus nuevos líderes, deben tener al menos el rigor intelectual mínimo, el estándar moral básico, de tener el mismo criterio para medir las cosas y tú no lo haces…

  • Vallejo: … está bien… Pero te recomendaría tomar un café, sí, para bajar el nivel de alcohol en tu sangre…

Así como se lee. El emplazamiento de Larraín Matte, bastante básico y fácil de refutar para una persona con la suficiente información y de capacidades cognitivas en forma, es respondido por Camila Vallejo con lo único que una persona inteligente no puede responder: una feísima descalificación personal. Una persona inteligente, para empezar, tiene argumentos para responder; pero si no llegara a tenerlos, no descalifica de esa forma.

Por si fuera poco, antes de caer en semejante acto carente de inteligencia, los planteamientos de Vallejo sobre el mismo tema habían sido, peor aún, completamente falaciosos. Le respondió a Larraín Matte esta joyita sofística:

  • Vallejo: Los torturados que hoy existen en Cuba están en la base de Guantánamo. Me gustaría que ustedes también, como derecha que están muy aliados con Estados Unidos, recriminaran cómo Estados Unidos perpetran (sic) a nivel mundial violaciones a los Derechos Humanos…

Toda persona inteligente sabe que plantear o insinuar que el/la interlocutor/a incurre en lo mismo que acusa, o que no hace lo que exige, no constituye refutación a su acusación. Al contrario. Si además se ha informado un poquito, sabe que eso, lejos de refutar, constituye una falacia que se conoce con el nombre de argumentum tu quoque, la falacia del “tú también”. Y una persona inteligente, si no por formación, al menos por intuición, no incurre en falacias, y menos si son tan básicas como esta.

Pero más allá de todo lo anterior, que ya es mucho, Claudio Fuentes degrada el debate público más con lo que calla respecto a todo lo demás que con lo afirma explícitamente acerca de Camila Vallejo. Ejemplo: el 28 de enero de este año, el pinochetismo-concertacionismo, la madre de todas las colusiones, despachó en último trámite constitucional una modificación a la Ley de Partidos que revoca casi todas las reformas para la conformación de partidos políticos que se habían aprobado en la ley de modificación del sistema electoral, promulgada en abril del 2015.

En esta última se había establecido que una organización política ingresaba al registro nacional de partidos (es decir, quedaba conformado como un partido político legal) si lograba reunir las firmas suficientes para legalizar al menos una región, es decir, al menos un número igual o superior al 0,25% de quienes habían participado en la última elección de diputados/as en la región.

Pero en la ley despachada el 28 de enero último se revierte eso y se establece que un partido se constituirá, si es legalizado, en 8 regiones discontinuas o en 3 continuas, como lo exigía la Ley de Partidos de Pinochet. Pero con una pequeña diferencia: ahora deben reunir el equivalente al 0,25% o al menos 500 firmas en las regiones en que dicho porcentaje sea menor a ese número. En otras palabras, al mejor estilo de las farmacias, las productoras de los pollos o de papel confort, el pinochetismo-concertacionismo se coludió para levantar las barreras de entrada al sistema de partidos y poner más obstáculos a la emergencia de posibles alternativas políticas.

Cualquiera diría que el llamado a analizar e ilustrar a la opinión pública sobre las características y consecuencias de semejante acto de colusión, a enriquecer el debate público sobre el sistema político chileno que están intentando construir las elites, es precisamente el director de una Escuela de Ciencia Política que, como Claudio Fuentes, además se declara estudioso de los procesos políticos de Chile. Pero no él.

En lugar de eso, prefiere instalar en la agenda una discusión respecto a un chiste sobre Camila Vallejo. A lo sumo se toma la molestia de hacer un par de comentarios ligeros y errados –plantea, por ejemplo, que nadie dudaría en llamar “democracia” a una monarquía como la inglesa, y no es chiste– sobre un aspecto menor (la elección de directivas a través de voto directo) que se discutió a propósito de la misma ley que consumó la colusión del pinochetismo-concertacionismo. Pero sobre esto último, que condicionará profundamente, limitándolas, las posibles alternativas políticas por las que podrá optar la sociedad chilena en las elecciones, ni una sola palabra.

Esto, me parece, desnuda y muestra en todo su esplendor la verdadera función que desempeña Camila Vallejo –el símbolo, no la de carne y hueso– en el debate público chileno: cuando se la trae a colación con mentirillas de poca monta, descalificaciones y falacias, se desagenda la discusión sobre cualquier tema sustantivo y determinante para la realidad sociopolítica chilena.

¿Que la UDI está embarrada hasta las orejas en excremento? Tranquilein: inventemos que Camila Vallejo se compró un Audi de 49 palos y con eso tapamos los escándalos. ¿Que el movimiento de trabajadores y trabajadoras se resiste cada vez más a la cooptación de la CUT por parte del pinochetismo-concertacionismo y ya no le aguanta a Bárbara Figueroa su parodia de oposición a la reforma laboral pro empresarial aprobada por su partido y los respectivos socios de coalición? No importa: podemos tapizar a insultos al humorista que hizo un chiste sobre Camila Vallejo y así no se nota. ¿Que los movimientos sociopolíticos emergentes van a patalear y hacer mucho ruido porque les vamos a subir las exigencias y, por lo tanto, también los costos para convertirse en partidos políticos? ¡Relax!: podemos encargar a nuestros cientistas políticos que disparen un voladero de luces sobre lo físicamente hermosa para estándares occidentales que es Camila Vallejo y los pataleos van a pasar piola, sin pena ni gloria…

La apelación a Camila Vallejo, en conclusión, degrada el debate público hasta niveles vergonzosos también y fundamentalmente porque se ha convertido en un instrumento para distraer el foco y evitar la discusión crítica de los problemas estructurales más profundos que aquejan hoy a la sociedad chilena. Y esto, solo esto, explica una obsesión por ella de parte de sus detractores/as y defensores/as que, de otra manera, sería completamente incomprensible.

En efecto, cualquier campaña sistemática de asesinato de la imagen de Camila Vallejo o cualquier defensa corporativa incondicional tenía sentido en el 2011 o el 2012, cuando emergía como el principal liderazgo de un movimiento de masas que, para entonces, mostraba un potencial disruptivo e incluso, según los más cándidos, hasta un poquito revolucionario.

La campaña de asesinato de imagen o de desabrida defensa corporativa de Camila Vallejo ha sido profundamente eficaz en su propósito de desagendar. Pero ya lo dice el viejo adagio de Abraham Lincoln: "Puedes engañar a todo el mundo algún tiempo; puedes engañar a algunos todo el tiempo; pero no puedes engañar a todo el mundo todo el tiempo". Un debate público degradado hasta los niveles a los que cae cada vez que se lo toma cualquier tontera sobre Camila Vallejo, real o inventada, liviana o profunda, razonada o falaciosa, con o sin insultos, ya ha tocado fondo.

Pero desde entonces a la fecha ha corrido mucha agua bajo el puente. En este tiempo, Camila Vallejo no solo cambió de lado de la mesa y dejó de militar en los movimientos sociales; además, en su travesía hacia el Parlamento, se transformó –de forma profundamente inconsecuente, ya se ha mencionado– en una máquina de propaganda por Bachelet y, una vez instalada allí, usó su curul no para continuar las luchas sociales y representar la voz de las fuerzas marginadas por el binominal, como sí lo ha hecho Gabriel Boric. Al contrario. Como diputada terminó transformada en una parlamentaria burócrata.

Hasta hace poco presidía una comisión de la Cámara –algo que, según parece, hizo cumpliendo a cabalidad todas las formalidades del cargo–, asiste con regularidad a sesiones plenarias, vota, interviene de acuerdo a la línea fijada por el comité central de su partido y listo. Esito nomás sería. Ya no lidera o conduce movilizaciones de masas, ya no expresa la energía transformadora de una sociedad volcada a las calles en demanda de otro sistema educativo y, por su intermedio, de otro modelo económico. El Parlamento la ha domesticado hasta tal punto que todo su potencial disruptor ha quedado completamente inoculado.

De ser una amenaza para el sistema neoliberal chileno, se ha convertido en la actualidad en un emblema de la profunda derrota de las movilizaciones de 2011 y 2012 por parte de ese mismo sistema neoliberal al que, supuestamente, combatía entonces. ¿Qué sentido tiene, en este marco, que los/as detractores/as de Vallejo sigan obsesionados/as con ella si hoy en lugar de representar el peligro de los movimientos para la institucionalidad representa exactamente lo opuesto: la capacidad de la institucionalidad para domesticar a líderes sociales y desmovilizar y derrotar a la sociedad? Y esto aplica también a Giorgio Jackson e Iván Fuentes.

Camila Vallejo, lo mismo que Karol Cariola y Camilo Ballestero, se encuentra atravesando un proceso particular que ya han vivido otros rostros de su partido, como Claudia Pascual o Marcos Barraza: poco a poco deja de ser la apparatchnik que fue hasta principios de 2011 y empieza a abrirse camino hacia la nomenklatura del PC. En estas circunstancias, malamente puede representar una amenaza para algo. Y menos aún ahora que el PC (¿Partido Capitalista? ¿Partido Concertacionista?) ha terminado de abrazar abiertamente la ideología neoliberal y tiene a Bárbara Figueroa como panelista del soporífero programa de debate de los domingos por la mañana, defendiendo a la neoliberal focalización de las políticas sociales.

Hasta el momento, la campaña de asesinato de imagen o de desabrida defensa corporativa de Camila Vallejo ha sido profundamente eficaz en su propósito de desagendar. Pero ya lo dice el viejo adagio de Abraham Lincoln: "Puedes engañar a todo el mundo algún tiempo; puedes engañar a algunos todo el tiempo; pero no puedes engañar a todo el mundo todo el tiempo". Un debate público degradado hasta los niveles a los que cae cada vez que se lo toma cualquier tontera sobre Camila Vallejo, real o inventada, liviana o profunda, razonada o falaciosa, con o sin insultos, ya ha tocado fondo. Solo le queda levantarse. A menos, claro, que la diputada y militante de las JJCC termine ofendida por esta humilde contribución y decida demostrar que todo siempre puede ser peor…

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