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Opinión

Ricardo Lagos al diván

por 29 julio, 2016

Ricardo Lagos al diván
¿Podrán los actores políticos tradicionales aventurar promesas de cambio que vayan en contra del edificio que ellos mismos han levantado?
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La entrevista a Ricardo Lagos publicada el día de ayer en La Tercera es, a todas luces, una intervención política altamente significativa. No tanto por el hecho de que el liderazgo político más apreciado por el establishment criollo haya alcanzado la portada de dicho medio en su edición aniversario, dedicada a analizar el “Chile que somos”. Más bien, lo decisivo en la intervención de Ricardo Lagos se juega, por un lado, en el diagnóstico que el ex Presidente ofrece respecto al actual escenario sociopolítico y, por el otro, en las estrategias que –a su juicio– permitirían superar la peor crisis política e institucional que Chile ha tenido durante las últimas décadas.

Respecto al diagnóstico, Lagos establece que nos encontramos ante una severa crisis de legitimidad de la política y sus instituciones, debido a que la ciudadanía ya no confía, ni en las instituciones ni en los actores políticos, sobre todo, después de que quedaran al descubierto diversos casos de corrupción, cohecho y colusión, entre otros.

Por su parte, la forma de superar la crisis de legitimidad, pasaría –según Lagos– por llamar a un gran acuerdo nacional, “de todos”. A renglón seguido, menciona que quienes deben llevar a cabo la recuperación de la confianza ciudadana son los poderes del Estado, específicamente, el Ejecutivo, el Legislativo y los jueces. Cabe destacar que la salida a la crisis política evidenciada por el ex Mandatario es propia de una democracia restringida, ya que las soluciones propuestas pasan irremediablemente por los mismos canales y actores que en la actualidad se encuentran desprestigiados, especialmente el Ejecutivo y el Legislativo.

A fin de ofrecer algunos contrapuntos a la lectura efectuada por Ricardo Lagos, es posible sostener que su diagnóstico es incompleto e impreciso.

Es incompleto, porque la explicación de la crisis es reducida a un problema eminentemente político sustentado en la desconfianza ciudadana; cuestión que de plano lo lleva a excluir un fenómeno preponderante al momento de explicar la crisis del Chile contemporáneo, vale decir: los síntomas de agotamiento de un modelo de acumulación maduro que tiene a su haber más de cuatro décadas de funcionamiento y cuyas grietas se dejan observar en casos tan diversos como la emergencia del malestar expresado en el endeudamiento generalizado de las familias en el acceso a bienes y servicios básicos; en la precarización, flexibilidad y bajos salarios que ofrece el mundo del trabajo; en la lógica extractivista de un modelo primario exportador que tiende a devastar la vida cotidiana de las comunidades locales o –para mencionar el tema que está en boga durante estas últimas semanas– los síntomas de este agotamiento se pueden observar en las indignas pensiones que reciben nuestros adultos mayores bajo el régimen de las AFP.

Por todo ello, no es casual que los actores emergentes más relevantes de esta última década se constituyan sobre la base de estos conflictos sociales: el movimiento estudiantil, las nuevas formas asociativas del mundo sindical, la proliferación de demandas regionalistas y medioambientalistas, además del disruptivo movimiento que exige el fin del sistema de las AFP, son la prueba clara de cómo se está procesando el malestar en clave política; fenómeno que –por cierto– ni siquiera aparece en el diagnóstico del ex Mandatario.

Una de las tendencias más representativas que vienen mostrando los encuestas de opinión, establece que actualmente estamos transitando desde una desconfianza ciudadana que critica fuertemente los privilegios y prebendas obtenidos por las dirigencias políticas tradicionales a una crítica ciudadana que centra su indignación en la defraudación de expectativas ante compromisos electorales que se vuelven letra muerta; percepción sintetizada idóneamente en la idea de que “los políticos no cumplen lo que prometen”.

Complementariamente, la caracterización que efectúa Lagos es también imprecisa, ya que, para que se desencadene una crisis de legitimidad, no solo se requiere de la desconfianza generalizada de la ciudadanía respecto a la labor ejecutada por sus representantes políticos caídos en el descrédito, sino que también y más importante que esta desafección, se necesita de la emergencia de un actor político que esté capacitado para transformar –en un proyecto de mediano y largo plazo– los elementos institucionales que permiten la plena reproducción del modelo de acumulación neoliberal que rige en el Chile actual; propósito en el que, por lo demás, la Nueva Mayoría ha fracasado inapelablemente.

Dentro de esta arista, cabe destacar que una de las tendencias más representativas que vienen mostrando los encuestas de opinión, establece que actualmente estamos transitando desde una desconfianza ciudadana que critica fuertemente los privilegios y prebendas obtenidas por las dirigencias políticas tradicionales a una crítica ciudadana que centra su indignación en la defraudación de expectativas ante compromisos electorales que se vuelven letra muerta; percepción sintetizada idóneamente en la idea de que “los políticos no cumplen lo que prometen”. No es casual que en la encuesta Cadem, publicada a inicios de esta semana, el atributo más depreciado de Michelle Bachelet sea este: la Mandataria “no cumple lo que promete”.

¿Podrán los actores políticos tradicionales aventurar promesas de cambio que vayan en contra del edificio que ellos mismos han levantado?

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