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Pandemia: la crisis del sentido y el porvenir

por 3 mayo, 2020

Pandemia: la crisis del sentido y el porvenir
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Karl Jaspers, el famoso psiquiatra y filósofo alemán, acuñó el término “situaciones límite” para referirse a aquellos momentos en los cuales la finitud de la propia existencia se anuncia a la conciencia con inusitada claridad. Se trata de esas situaciones en que nos vemos confrontados por los límites de nuestra voluntad, cuando no nos queda más remedio que reconocer el carácter efímero y contingente de las certidumbres que sostienen nuestra vida. En definitiva, se trata del quiebre de lo cotidiano, del colapso de toda certeza, del abandono forzoso de aquel amparo que, hasta ese instante, nos ofrecía todo aquello que sin más dábamos por sentado.

La repentina muerte de un ser querido, el fracaso inesperado de un emprendimiento personal, sufrir un grave accidente resultante en discapacidad, el estallido de una guerra, el azote de un tsunami con la implacable destrucción que lo acompaña; todos estos casos constituyen ejemplos de lo anterior. Se trata de situaciones en las que aquello que dábamos por hecho tiende a desvanecerse, dejando tras de sí una estela de angustiosa incertidumbre.

En circunstancias como éstas, la incertidumbre que así arremete se revela como el fondo mismo sobre el cual se sostiene nuestra condición humana, con toda la precariedad e indigencia que supone el saberse arrojado a un estado de permanente deriva, en el cual nada puede ser tenido por definitivo o permanente.

Lo que hoy estamos viviendo a propósito de la pandemia ocasionada por el brote del Covid-19 puede ser interpretado como una situación límite que irrumpe de golpe en las conciencias de millones de personas alrededor del mundo. En tan sólo un par de meses, todos nosotros nos hemos visto enfrentados a la difícil tarea de volvernos plenamente conscientes de cuán frágil y efímera es nuestra existencia.

Y lo anterior vale no sólo para lo que respecta a nuestra salud física o a la de nuestros seres más cercanos (diariamente, el número de muertes ocasionadas por el virus sorprenden e inquietan hasta al más indiferente de los nihilistas), sino también en lo relativo a los modos de vida que hemos abrazado tanto individual como colectivamente.

En la dimensión individual, esta crisis nos obliga a replantearnos asuntos tan nucleares como nuestro modo habitual de vincularnos con nuestro entorno natural y social. La situación de aislamiento que hoy se nos impone como una medida necesaria para frenar el avance del virus nos lleva a tomar conciencia de la importancia del encuentro y la intimidad física y emocional con otros seres humanos. En otras palabras, el estado de cuarentena nos fuerza a tomar nota de nuestro individualismo y a reparar en la importancia de la comunidad. Asimismo, este estado de excepción nos conduce a mirar con otros ojos tanto el rol como el valor que le asignamos al trabajo en nuestras vidas; lo mismo con la vida familiar.

Por último, muchos nos hallamos hoy en la necesidad de replantearnos el sentido que tienen para nosotros (y para la humanidad en su conjunto) el dinero y la propiedad privada, de cara a las consecuencias económicas de la pandemia.

En lo que respecta a la dimensión colectiva, no podemos sino enfrentarnos a la obligación de poner en duda la viabilidad de nuestras formas de organización política, del modelo económico imperante, de las instituciones que dan vida a las sociedades modernas, de nuestros modos de legitimar el poder y la manera en que entendemos la soberanía, de la estructura transnacional que sostiene éste, nuestro mundo globalizado, de nuestro estado de dependencia respecto de una cadena de valores y transacciones que, sujeta al embate de las crisis ocasionadas por la pandemia, hace gala de su nula capacidad de autorregulación, adaptación y respuesta humanitaria.

En otras palabras, esta pandemia ha traído consigo el derrumbe de nuestras más hondas certidumbres, y con ello la fuga de todo lo que hasta ahora nos resultaba previsible, obligándonos a encarar el vacío de un porvenir inaprehensible. Cabe señalar que en un contexto como este, la ansiedad y la angustia se presentan como la respuesta natural: cuando no nos es dado predecir lo que vendrá, cuando lo que antes nos resultaba obvio y familiar amenaza con diluirse en la añoranza, lo único que nos queda entonces es experimentar el vacío, el sinsentido, acaso el terror de lo desconocido insondable. Más aún si consideramos la inédita proporción de las crisis gatilladas por el avance del virus.

Así pues, si en esta coyuntura nos hallamos enfrentados a un futuro opaco, no pudiendo encontrar en parte alguna un referente o certidumbre que aplaque en algún grado nuestra inquietud ante la nada, ¿hacia dónde habremos de dirigir nuestra mirada, con la esperanza de encontrar una respuesta para nuestra situación actual, trastornada tan de golpe por la irrupción de la pandemia?

Si hoy el futuro calla y no responde como antes, permaneciendo inconmovible frente a nuestra desorientación: ¿en qué plano podremos hallar una dirección para nuestra existencia? En definitiva, ¿dónde buscar una señal que nos permita comprender nuestra situación, tanto actual como venidera, de cara a un eventual futuro post-cuarentena?

Jaspers y los demás filósofos de la existencia han coincidido en señalar que la cancelación del futuro que adviene con la destrucción de nuestras certezas (destrucción ocasionada por el rotundo impacto de la situación límite) nos fuerza a detenernos y a meditar sobre el presente, así como sobre el derrotero que nos ha conducido hasta este punto; para recuperar nuestro horizonte, hemos de desandar nuestros pasos para someter a examen crítico nuestros supuestos, incluyendo el conjunto de actitudes implícitas que hasta hace poco orientaban nuestra existencia. ¿Cómo hemos vivido? ¿Qué cosas dimos por hecho, gratuitamente?

¿Cuáles fueron las certidumbres que, habiéndonos acunado en el pasado inmediato, hoy se nos revelan como meras ilusiones? O para recurrir a una pregunta que hoy a muchos nos parece impresentable: ¿Cómo es que “no lo vimos venir”?

En este sentido, si nos resolvemos a abordar conscientemente esta crisis, debemos tomar conciencia de nuestra historia, tanto personal como colectivamente. Esta conciencia histórica, tan necesaria como ausente en una cultura como la nuestra, podría iluminar nuestro pasado de tal modo que éste arroje una nueva luz sobre la situación presente, la cual, a su vez, proyectaría su sombra sobre el futuro que ya se anuncia sin mostrarse. Una sombra, al fin y al cabo, que si bien no puede alumbrar el porvenir (en la sombra no hay luz ni claridad), sí nos señala en una cierta dirección (un camino), cuyo sentido se origina en la conciencia del camino recorrido.

Por cierto, responder a las preguntas planteadas más arriba no es tarea fácil; semejante reflexión exige de nosotros estar dispuestos a aceptar nuestra ignorancia, así como reconocer y hacernos cargo de la ceguera de nuestras propias costumbres. No obstante lo anterior, una manera de acercarnos a la meditación aquí propuesta es partir por preguntarnos sobre aquellos asuntos en torno a los cuales se constelan nuestros mayores miedos, aquellas cosas cuya ausencia más tememos cuando nos atrevemos a pensar en cómo podría ser el mundo una vez que pase esta tormenta. ¿A qué ideas, supuestos, hábitos o costumbres continuamos aferrados? Por cierto, la respuesta a esta interrogante sólo la podremos encontrar si nos decidimos a mirar en dirección a la penumbra que arroja nuestro presente, precario e indigente, sobre aquel futuro indescifrable que tanto nos asusta.

Retomando nuestro argumento, hemos de reconocer que siempre hubo quienes “sí lo vieron venir”: durante décadas, numerosos líderes políticos, economistas, cientistas sociales, biólogos, filósofos y representantes del mundo indígena, entre muchos otros, han llamado la atención sobre una serie de asuntos que, de haber sido tomados en cuenta en su debido tiempo, nos habrían alertado del carácter inviable de nuestros modos de vida. Todas estas personas tienen en común el haber reconocido (algunos desde muy temprano) que el itinerario de las sociedades modernas se encontraba encaminado hacia la catástrofe, debido a las coordenadas sobre las cuales éste había sido trazado. Dichas coordenadas incluyen aspectos medulares del proyecto moderno como, por ejemplo, la entronización del individuo humano como soberano del mundo, el divorcio definitivo de hombre y naturaleza, la hegemonía del materialismo cientificista como única vía de acceso a la verdad y el consiguiente desprecio por los saberes tradicionales, la imposición del progreso y el crecimiento económico como ejes valóricos fundamentales, etc.

En medio de estas voces lúcidas pero desoídas, Martin Heidegger –destacado filósofo y contemporáneo de Jaspers- advirtió tempranamente (año 1936) lo que habríamos de enfrentar en nuestra época. El pronóstico del pensador fue: “Cuando el más apartado rincón del globo haya sido técnicamente conquistado y económicamente explotado; cuando un suceso cualquiera sea rápidamente accesible en un lugar cualquiera y en un tiempo cualquiera; cuando se puedan ‘experimentar’, simultáneamente, el atentado a un rey de Francia, y un concierto sinfónico en Tokio; cuando el tiempo solo sea rapidez, instantaneidad y simultaneidad, mientras que lo temporal, entendido como acontecer histórico, haya desaparecido de la existencia de todos los pueblos; cuando el boxeador rija como el gran hombre de una nación; cuando en número de millones triunfen las masas reunidas en asambleas populares, entonces, justamente entonces, volverán a atravesar todo este aquelarre, como fantasmas, las preguntas: ¿para qué?, ¿hacia dónde?, ¿y después qué?”. Se trata del autor que 30 años más tarde, siendo ya viejo, pronunció durante una entrevista su conocida sentencia: “Solo un Dios puede salvarnos”.

Heidegger supo vaticinar con sorprendente exactitud lo que se haría realidad en nuestro propio tiempo histórico, adelantándose a la crisis de sentido que hoy nos aqueja y que se extiende a la par con la propagación del virus y de las consecuencias que éste ha traído para el alma humana. Sin embargo, lo que me interesa destacar aquí no tiene que ver simplemente con la capacidad de predicción del pensador de Friburgo, sino con el modo en que el autor demuestra en su discurso una aguda percepción de los principios y supuestos (las certidumbres) que, finalmente, nos condujeron a este destino.

En ellos está la confianza ciega en el poder de la técnica moderna y su afán de explotación del mundo como único vehículo para el desarrollo y el bienestar; nuestra fe en la razón y en la imposición de criterios de eficiencia y costo-efectividad en nuestro trato cotidiano con las cosas y las personas como clave para la prosperidad; el hecho de representarnos al planeta como una gran reserva de recursos disponibles para el consumo humano; nuestra entrega incondicional al avance de la tecnología, sin detenernos a reparar en las consecuencias insospechadas que la hiperconectividad, la inmediatez y el avance de la virtualización de la vida podrían acarrear para nuestra condición humana; la idea de que la vana popularidad puede ser una buena vara para elegir y evaluar a nuestros gobernantes... Son éstos los principios a los que nos entregamos ciegamente en el pasado; y son precisamente éstas las ideas que hoy caen por su propio peso, revelando su carácter impropio de cara a la urgencia.

Visto bajo este prisma, nuestro pasado reciente (que se extiende hasta solamente un par de meses atrás) arroja una luz esclarecedora sobre este presente que si bien se revela preñado de inquietud, extrañeza y agobio, también se nos muestra
como una oportunidad (¿acaso la última?) para replantearnos como humanidad nuestro compromiso implícito con los principios rectores de la modernidad y de la sociedad del consumo globalizado y del rendimiento incondicionado. En una columna publicada en febrero de este año, Slavoj Zizek afirmó que la pandemia del Coronavirus es “una señal de que no podemos seguir el camino en que hemos venido transitando hasta ahora, que un cambio radical es necesario”.

No puedo sino estar de acuerdo: este cambio radical que estamos necesitando, estaría siendo propiciado por la que podría ser la caída definitiva de los grandes metarrelatos (Lyotard), los que esta vez acaban por precipitarse sobre las conciencias de la humanidad en su conjunto, sin discriminar entre ricos y pobres, mujeres y hombres, blancos y negros, eruditos y legos... todos y todas sin excepción nos vemos sujetos a la emergencia que supone el fracaso de nuestros modos de vida basados en la distribución desigual del poder, en la ilusión del progreso y el crecimiento ilimitados, en la depredación de la naturaleza y otros principios afines. Nada de lo anterior nos puede ayudar a enfrentar esta catástrofe... es más, algunos han planteado que son precisamente estos principios los que habría que juzgar como responsables del asolador avance del COVID-19.

Y es que junto con cobrar numerosas vidas humanas, el virus arrastra consigo los resabios de una promesa que jamás llegó a cumplirse y a la que ahora estamos todos y todas llamados a renunciar. Tal como ocurre con cualquier situación límite (y, recordemos, ésta es probablemente la mayor que hemos vivido en los últimos siglos), la pandemia y las diferentes crisis que ésta ha catalizado nos obligan a frenar en seco, justo llegando a una encrucijada, y disponernos a optar entre dos caminos posibles: despertar o desesperar. Despertar significa, entre otras cosas, sopesar el verdadero calibre de la crisis que estamos atravesando y, junto con lo anterior, apreciar la oportunidad que se anuncia en la angustia de enfrentar un futuro sin horizonte.

Desesperar, en cambio, quiere decir abandonar toda esperanza, soltar las riendas del propio destino, entregarnos a un presente sin historia, y anestesiar la angustia con el frío de la indiferencia o con el calor de la cólera, cediendo bajo el peso de un “ya nada será como era antes”.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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