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La otra mujer

por 8 marzo, 2017

La otra mujer
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Hace unos años me encontré con dos intelectuales -hombres queridos, respetados y admirados por mí- en un almuerzo al que nos invitó el embajador británico para conocer sobre Chile y sus costumbres más allá de las versiones oficiales. Uno era historiador, el otro director de un medio. Fue una conversación distendida y alegre en que hablamos sin agenda de un tema y de otro. En algún momento, recuerdo haber comentado con el historiador mi extrañeza por el apego a Chile que tienen los integrantes de las clases más altas. Con todo ese dinero, pensaba yo, podrían vivir donde quisieran, países con mayores bienestar social, cultural y económico. “¿Por qué se quedan”?, le pregunté. “Por el servicio”, me respondió sin titubear y nunca he podido olvidarlo. Esa revelación abrió mi mente a una realidad que, por evidente, se escondía a mi entendimiento.

A propósito de ese u otro comentario, mis contertulios comenzaron a recordar su infancia y a esa mujer de nombre sin apellido, la nana, a la que quisieron tanto como a su madre y a quien consideraban -ambos lo confesaron por separado- “casi como” parte de la familia. Ellas habían asistido a sus madres “puertas adentro” y ninguno recordaba si tenían sus propios hijos, casa o si habían anhelado tenerlos.

No doy sus nombres porque no me parece que ninguno de los dos haya sido particularmente vil. Apenas hijos de la sociedad en que vivimos y que poco o nada ha modificado sus prácticas en lo que al trabajo doméstico se refiere.

Muchas -me atrevería a apostar que la mayoría- de las mujeres que saldremos hoy a celebrar el Día Internacional de la Mujer, tendremos a esa otra mujer en la casa, mediodía, el día entero o puertas adentro, lavando, planchando, limpiando y cuidando a nuestros hijos. De qué otra manera podríamos hacerlo. La paradoja es que mientras más educadas, activas políticamente y comprometidas con el debate público, con mayor ahínco necesitamos de ella. Y si tenemos hijos y nuestros horarios laborales son más extendidos, más horas necesitamos de su presencia en nuestras casas.

 La paradoja es que mientras más educadas, activas políticamente y comprometidas con el debate público, con mayor ahínco necesitamos de ella. Y si tenemos hijos y nuestros horarios laborales son más extendidos, más horas necesitamos de su presencia en nuestras casas.

No hay para este dilema excusas presentables. Sabemos que ella no está haciendo ese trabajo porque lo haya elegido como un camino hacia su realización personal. Es probablemente su única opción laboral. Si tiene hijos y trabaja para alimentarlos, mientras más larga su jornada laboral, menos podrá cuidar de ellos como cuida de los nuestros.
Y en Chile, como ha expuesto la historiadora del Barnard College afiliado a la Universidad de Columbia, Nara Milanich, el servicio doméstico no es una parada, como en sociedades europeas en que es ejercido por jóvenes o mujeres jóvenes de diferentes estatus como su primer trabajo o, en el caso de miembros de la elite, como una manera de experimentar la relatividad de las posiciones sociales. En Chile, el trabajo doméstico es el destino final. La mujer que nos ayuda en la casa no está haciendo un trabajo para luego aspirar a otro mejor en su vida. Ella “es” nana y esa categoría constituye una identidad, en muchos casos incluso se identifica con un uniforme.

“Desde el siglo dieciséis”, dice la historiadora norteamericana que ha investigado sobre nuestras conductas privadas, “el trabajo doméstico ha estado íntimamente ligado a las jerarquías raciales, étnicas y sociales, constituyendo más que una etapa en la vida, una estación”.

“Mujeres y niños pobres”, agrega, “estaban asociados (en el pasado) al trabajo doméstico en virtud de su bajo status y su bajo estatus era definido en parte por su desempeño en el trabajo doméstico”. Es algo que no ha cambiado, si recordamos los gritos que recibió hace no mucho Anita TiJoux en un concierto de Lollapalooza. “Tení’ cara de nana”, le enrostraron.

No es fácil tener conciencia feminista y afrontar este tema. Tal vez por eso nos hacemos las locas. Nos vamos a la marcha del 8 de marzo confiando en la complicidad y sumisión de esa otra mujer. La agenda feminista no supone necesariamente el fin de las desigualdades e inequidades. ¿Qué debiéramos hacer? No lo sé. Dedicarles este día a ellas es poco y cínico. Quizás comenzar a hablar del tema. Mencionar a las personas por su nombre y no por su oficio. Darles la opción de dejar el uniforme. Distribuir mejor las labores domésticas y el cuidado de los niños entre los integrantes de nuestra sociedad. Tratar de convertir este servicio en algo que cualquiera puede hacer en su vida. Que sea una parada y no una estación.

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