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El fracasado destete

por 21 mayo, 2017

El fracasado destete
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Después de parir a mi segundo hijo y tras los primeros controles para verificar que todo estaba en su sitio, el ginecólogo me dijo: “Vuelve cuando hayas dejado de amamantar”. A su consulta privada llegan muchas mujeres que, por preferencia o necesidad laboral, destetan a sus guaguas a los tres meses. Algunas, inmediatamente. Otras, a los seis meses mínimos recomendados. Pero la campana de Gauss entre sus pacientes, especulo, no se extiende mucho más allá de los ocho meses. Por eso, supongo, él esperaba verme pronto.

Pero no sucedió. Pasó un año y me tuvieron que llamar de la consulta para recordarme que debía hacerme el papanicolau. Para adelantarme a la pregunta, que me resultaba bochornoso responder, le dije en aquella cita: “¿Me podrías dar instrucciones para el destete?”. Él, bien concreto, me dio unos tips pragmáticos:

1.-Dejar de amamantar de una.

2.-Si hay mucha congestión, sacarse la leche a mano, en la ducha, pero NO dar precho.

3.-Usar peto o sostenes apretados.

4.-Tomar poco líquido.

5.-Si duele, tomar 1 gr de paracetamol cada 8 horas.

Y 6.-, tomarse una dosis de la pastillita mágica. Dostinex.

La verdad es que yo pensé que siguiendo esas instrucciones podría acometer la misión que ya se veía tardía para una mujer como yo, profesional, sociable, con libros por escribir. Ya algunas de mis amigas me humillaban con epítetos como: “Campesina”, por continuar amamantando a mi guagua.

La pastillita mágica hizo su efecto y llegué a Santiago con los pechos lacios y desinflamados. Por teléfono había recibido la buena noticia de que mi hijo se había resignado finalmente a aceptar la leche de tarro. La promesa de la liberación de una de las cargas más pesadas de la maternidad me esperaba a la vuelta de la esquina.

Hice un plan que casi funciona. Me fui a la playa con mi hijo mayor y un grupo de mis amigas por tres días. La guagua se quedó con el padre, que tuvo la difícil misión de lograr que aceptara la mamadera que, hasta entonces, rechazaba. Los primeros días seguí los consejos del doctor para superar el dolor de las mamas inflamadas, dedicándome largas horas bajo la ducha caliente para liberar el exceso de leche. Después, la pastillita mágica hizo su efecto y llegué a Santiago con los pechos lacios y desinflamados. Por teléfono había recibido la buena noticia de que mi hijo se había resignado finalmente a aceptar la leche de tarro. La promesa de la liberación de una de las cargas más pesadas de la maternidad me esperaba a la vuelta de la esquina. Podría, al fin, calzar con el ideal de la mujer moderna y urbana a la que creía pertenecer.

Y sin embargo, al llegar a la casa, mi hijo se abalanzó sobre mis pechos con un llanto desgarrador que me fue imposible ignorar. Total, dije, no podrá más que jugar, porque ya no hay leche. Pero tanto succionó que ésta volvió a brotar y, con no poca vergüenza, confieso que aún amamanto a mi hijo en las noches.

Sucede que he sido contaminada por otras corrientes de pensamiento, como las de un grupo de mujeres que casi en secreto promueven las ventajas de amamantar sin plazo fijo y que se comparten videos de la Liga de la leche. Y están los cuentos de mi madre, que amamantó a mi hermano menor hasta los cuatro años y los de otras parientes y amigas que guardan casi en secreto la larga relación de sus hijos o de ellas mismas con la teta.

Es difícil escucharse entre tanto ruido. Dar una respuesta coherente a preguntas simples: ¿Qué es lo mejor para la guagua? ¿Qué es lo mejor para mí?

En el pasado muchas mujeres “bien” delegaban la función de amamantar en mujeres pobres, las nodrizas, cuyo trabajo era darle teta a esos hijos ajenos, porque había algo de impudicia y salvajismo en el acto de amamantar, que no se consideraba apropiado en ciertos salones. ¿Hay algo de resistencia en mí a ese marcador de clase? ¿O soy una débil de carácter, con problemas sicológicos, que no puede sobreponerse a unos cuantos chillidos de su hijo para superar esta etapa y pasar a la próxima?

No lo sé. Sólo sé que estoy el día entero en el mundo, mientras mi hijo crece al cuidado de una moderna sala cuna. Cuando me ve, lo primero que hace es meter la mano por debajo de mi ropa y demandar: “¡Tetita!” Y a mí me cuesta renunciar a ese momento de comunión con él, esos minutos en que todavía somos un solo cuerpo y nos quedamos dormidos un rato, abrazados en silencio.

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