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Yo Opino

Cómo aprendí a ser feminista con una mamá dueña de casa

por 28 abril, 2020

Cómo aprendí a ser feminista con una mamá dueña de casa

Crédito: Amy Franklin

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Siempre crecí en un círculo de mujeres, mi mamá, mi abuela, mis 6 hermanas. Y todas ellas feministas. Del 60, del 30 y del 80 hasta los 2000. Unas más que otras, más radicalizadas, otras podríamos llamar “feministas pecadoras” en qué piensan de una forma pero actúan de otra.

Y yo, bueno yo estoy instruyéndome, aprendiendo a serlo, aunque ¿puede haber una mujer feminista no pecadora? Me gustaría conocer a alguien así, porque aún no he tenido ese privilegio. Además, que en nuestra intimidad se esconden cosas, y no una intimidad sexual, sino el espacio personal, ese momento en que estamos solas con el superyo, en donde reflexionamos y llegamos a hacer cosas por hombre, cuando realmente no queremos o simplemente por complacer a otra persona.

Ser feminista con una mamá que es dueña de casa, ha sido una contradicción toda mi vida, no por cómo es mi mamá o su ocupación, sino por mis propios pensamientos.

El querer romper con la imagen histórica de una mujer en la casa y posicionar a la mujer al igual que el hombre, te lleva a disyuntivas como pensar que ser dueña de casa no es digno de mis capacidades, aunque después pienso, yo no hubiese sido capaz de estar con 4 hijas en pañales y otra adolescente, sola, con la compañía de nanas que solo estaban para la limpieza del hogar, nunca para la crianza. Y bueno, con un apoyo paterno de la diversión, del sustento, del descanso maternal por ciertas horas algunas veces al mes o los fines de semana.

Y me siento una “feminista pecadora” con solamente haber pensado así. Que estar en la casa no es digno, cuando es el trabajo más humano, dedicado y desgastador que cualquier otro, incluso con profesión.

Aunque mi mamá y mi abuela no tengan un título profesional son mujeres que puedo hablar de cualquier cosa y puedan responderme. Hablar sobre los complejos de Electra y de Edipo, la sexualidad de Foucault o las ideas psicoanalistas de Freud. Sentarnos con un tecito y un tabaco a conversar sobre la guerra del petróleo, sobre la guerra en Medio Oriente o simplemente de mi estado sentimental.

 

Ser feminista con una mamá que es dueña de casa, ha sido una contradicción toda mi vida, no por cómo es mi mamá o su ocupación, sino por mis propios pensamientos. 

Ir a la casa de mi abuelita, salir al patio, tomar sol y disfrutar de la compañía en lecturas. Con mis hermanas le llevamos los libros que ya leímos y siempre hace un esfuerzo visual para lograr terminarlos, cómo sea.

Llegar donde mi abuela y sentir un relajo corporal y mental que no hay en ningún otro lugar, ¿será que es ahí mi lugar seguro? ¿Es en compañía de mi Pechita que me siento libre?

Con mi mamá tengo la libertad de llevar a un hombre a mi casa y que duerma conmigo, tal vez al día siguiente conversemos y nos sinceremos. A diferencia con mi papá, que debo tener una pareja estable para que recién se quede conmigo, en su casa, porque afuera da igual, ¿por que necesitará esa aprobación personal? Al final, sabe que igual me quedaré afuera, inclusive con quien, aunque en esa circunstancia da igual, me genera dudas esa imposición o protección, no sé cómo llamarla, porque sabe que igual lo haré.

Mi mamá es quien me deja tener esa libertad sexual a mi parecer, mi papá solo cuando “no lo vea” o no quiera que así sea. Y no, no es que sea su “niñita chica” porque hace tiempo que no lo soy, porque me dice que me vaya a vivir sola desde que tengo memoria, que él me paga un arriendo. Pero no, ese arriendo lo quiero pagar yo.

Quiero llegar a ser una mujer libre como lo ha sido mi mamá y mi abuela, libre espiritualmente, libre de expresión. Poder tener esa misma libertad de rebelión que tuvo mi mamá cuando se fue de la casa en plena dictadura con una niña de casi un año, considerando que su papá, mi abuelo, era militar y estricto, mi mamá salió a luchar por lo que creía. Luego, un par de años conoció a mi papá y a quien escogió para que fuese el padre de mi hermana, no biológico sino el verdadero padre. De esos para toda la vida.

Me llena de orgullo pensar que, aunque, mi mamá se dedica a las labores de la casa es una mujer independiente, y no hablo solo económicamente, sino que también en su forma de actuar y formar a 5 mujeres así, independientes y libres.

Porque nunca me ha juzgado por hacer algo solo por ser mujer. Bueno, tal vez sí. Antes no le gustaba que jugara a la pelota. Esa también es una contradicción. Cuando era chica, iba en cuarto básico y siempre me decía que no jugara fútbol, que me iban a pegar por ser mujer y ahí estaba yo, escondiendo mis moretones de las pinchangas que tenía en los recreos con mis compañeros. Y ahí estaba mi gemela, jugando conmigo, atajando los goles.

Si bien, ahora me permite libremente jugar  a la pelota, nunca será mi hinchada, pero bueno, nada puede ser perfecto. Me conformo con que lo acepte y me apoye, a su forma.

Hoy soy estudiante de periodismo, al igual como lo fue mi mamá en algún momento, aunque nunca termino la carrera. Y también, al igual que mi papá. A veces, me pregunto si estudio esto porque mi papá siempre me dijo que sería buena escritora y me incentivo a estudiar periodismo, cómo el, llevándome de pequeña a las conferencias de prensa y a entrevistas, donde debía hacer una pregunta. Sin embargo, no sé aún si es mi pasión, pero lo disfruto y tengo sus frutos también.

Siempre he sido Regalona de mi papá, es mi mentor, me inspira. No obstante, creo que nunca hubiese podido ser feminista solamente con él, necesitaba a mi mamá, a mi abuela, mis hermanas.

Ser feminista no basta con querer serlo, significa un giro 360º en la vida, que es llegar al mismo punto y mirar de otra forma, comenzar a caminar distinto y forjar lazos que te impulsen a serlo. Dejar de lado a esos machitos que siempre estuvieron a tu lado y normalizabas sus conductas. Es cambiar tu actuar, cuestionarte hasta las cosas más simples como el lenguaje que es machista, porque los conceptos en masculino siempre incluirán a los femeninos y no así viceversa.

Mi mamá me enseñó a ser feminista pero no desde la casa, sino desde la calle, desde la Alameda hasta el Mercado Central, saliendo a luchar, porque mi mamá me enseñó a luchar por mí, por mis hermanas y por las que vendrán.

Y mi abuela, me hizo saber que sin importar la edad y por más que cristiana sea, puedes estar a favor del aborto y no creer todo lo que dice la iglesia, apoyar el matrimonio igualitario y por sobre todo, me enseñó que no hay tiempo que perder para pedir lo nuestro, nuestros derechos. Salir con la cacerola no es un concepto jovial, al contrario es de lo más antiguo, pobres haciendo sonar sus ollas vacías. Porque ser feminista se aprende, no se nace.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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