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Educar golpeando

por 4 mayo, 2020

Educar golpeando
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Las cifras de la violencia intrafamiliar han aumentado en forma alarmante, más de quinientas llamadas diarias clamando por ayuda. Una forma de pedir auxilio a escondidas, buscando el momento donde el agresor duerma o esté en el baño, temblando de ser descubierta, de recibir otro golpe por escandalosa, por andar contando cosas privadas, que se dan dentro de la familia, en ese núcleo que debiera ser protector pero que se ha convertido en un lugar aterrador, en el peor sitio para estar.

Chile es un país donde la violencia se manifiesta desde ese espacio, y no siempre por hacinamiento, que no cabe duda cuanto la favorece. También está en hogares con una apariencia de buena constitución, de padres informados, de confort y buenos colegios.

Es el puñete en la cara a la mujer de aquel que fue enseñado que cuando ya no da más, puede recurrir al golpe como la mejor manera de parar lo que no quiere escuchar o lo que resultó mal hecho.

Está arraigada, como una práctica nefasta en lo más profundo de nuestra historia.

Se les llamó correctivo, tate quieto, mano dura, poner límites, infundir respeto, al pellizco, al tirón de pelo, al insulto que desprecia y descalifica, a la cachetada en la cara, al palmazo en las piernas, al zamarreo, al empujón y a un sinfín de gestos de rabia, cuando la situación se escapa de las manos y entonces son las mismas manos, las que agreden, que infunden miedo, que paralizan.

No hay alarma frente a esto porque los hijos y la mujer, viven en una estructura social, donde los límites son blandos, mientras se mantenga en parámetros aceptables. Un derecho (y para algunos hasta un deber) por ser marido, por ser padres, por llegar agotados de un trabajo extenuante, mal pagado, a una casa estrecha, demasiado fría o demasiado calurosa, a no poder descansar, a tener que seguir con el doble trabajo doméstico.

Es entonces cuando el más débil recibe la descarga. La violencia siempre es una forma de ejercer poder sobre otro, de aligerarnos las frustraciones y sobre todo, la incapacidad de educar y comunicarnos a través de la palabra, del entendimiento y sobre todo de la confianza.

Desde siempre practicamos o permitimos que esos gestos aparentemente mínimos, que caben dentro de la categoría de una autoridad mal entendida, han sido parte de nuestra idiosincrasia, los hemos legitimado y lo más grave, se han perpetuado como una forma silenciosa y amenazante que se resuelve entre cuatro paredes.

No son graves porque ese hombre no es mala persona, es buen proveedor o se preocupa si un hijo se enferma, no tiene vicios. Esa madre trabaja sin parar y quiere lo mejor para su familia.

Aparece el consuelo de la comparación con lo peor, con la vecina asesinada, con la mujer mutilada.

Pero esos gestos son una violencia compartimentada, esa que va dando día a día, en pequeñas cuotas de temor. Las que hacen que el menor levante el brazo al golpe seguro, que se trague el llanto porque puede ser peor y venir otra cachetada, que siente la humillación cuando lo tironean frente a otros, que por suerte el rojo de las piernas se va pronto, porque los correazos no fueron tan fuertes.

Es el puñete en la cara a la mujer de aquel que fue enseñado que cuando ya no da más, puede recurrir al golpe como la mejor manera de parar lo que no quiere escuchar o lo que resultó mal hecho, la lección de matemáticas que no entendiste muchos años atrás y que ahora tu hijo te hace perder la poca paciencia que te queda en este encierro amenazante, y al igual que hicieron antes contigo, ahora recurres al grito, al insulto, porque creciste con la idea que el respeto y el miedo se mezclan, se confunden en una masa informe.

No es el femicidio de un loco desatado, que cortó el cuerpo en pedazos y lo asó a la parrilla. No es el juicio mediático y morboso de la mujer ciega por las manos del marido desquiciado, ni la niñita que en el hospital le descubrieron su vagina desgarrada y viejas heridas cicatrizadas a medias. Seamos claros, dirán algunos, existen los buenos y los malos. El problema tal vez radica, en los intermedios. Aquellos que reciben hasta el permiso de la iglesia cuando el papa dice que una palmada bien dada, sin rabia, es necesaria para educar. Es aquí donde está el peligro, porque no existe el golpe inocuo, desprovisto de ira, la violencia disfrazada de preocupación, la esquizofrenia de que te quiero tanto que por eso te pego.

Si continuamos permitiendo que la anormalidad se vista de una cotidianidad enferma, si de tanto verla terminamos normalizándola y miramos para el lado o la dejamos pasar porque no es para tanto, entonces las llamadas de una mujer malherida se convertirán en estadísticas y es probable que la impotencia de un niño humillado derive en un futuro agresor, y el mutismo de una niñita agredida en una mujer que buscará ser castigada.

No debemos seguir perpetuando lo que una pandemia dejó al descubierto. Es nuestra vergüenza y en la medida que la reconozcamos como tal, dejaremos de mirar la violencia como un recurso, como esa historia oscura que con el tiempo desplazamos al olvido o la transformamos en anécdotas, en chistes que a los únicos que no hacen reír es a sus víctimas.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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