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La nueva Cenicienta: ¿Un favor al feminismo?

por 16 septiembre, 2021

La nueva Cenicienta: ¿Un favor al feminismo?

Créditos Imagen: Freepik

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Aunque todos sepamos de memoria de qué se tratan, los cuentos de hadas nunca pasan de moda. No nos cansamos de ellos, aunque nos sigan llegando nuevas versiones y giros a los cuentos clásicos. Una explicación plantea que ello es así porque son historias integradas en nuestra sociedad e imaginario popular, de tal manera que las tenemos asumidas con una normalidad total y que han sido formativas para generaciones de público y creadores.

Me gustaría referirme en particular a uno de esos cuentos y que precisamente fue recientemente estrenado en la pantalla grande con nueva versión: el clásico cuento de Cenicienta que, esta vez, es presentado como un musical y que no viene de la mano de Disney. Las críticas han sido divididas. En su contra se ha dicho que se habría alejado demasiado de la versión original, que los personajes no tenían ningún parecido físico con las animaciones de 1950 y que la historia debió ser calcada tal cual fue concebida en un principio. Para las voces a favor, son otros los tiempos los que estamos viviendo y mientras una historia tenga un mensaje o valor que aportar sin que se pierda la calidad narrativa de por medio, entonces se debería de dar la apertura al cambio.

Pero fuera de la puesta en escena, quisiera centrarme en la figura central. La película nos muestra una versión actualizada de la protagonista. Una Cenicienta que, para algunos, correspondería a los tiempos que corren. La desdichada muchacha con una triste vida y cuyo destino cambia en manos de un príncipe azul  (hada madrina, vestido de en sueño y fiesta mediante) ahora es presentada como una mujer más independiente, con sueños y metas propias, ninguno de los cuales es llegar altar. Se trata de una chica activa, intrépida e ingeniosa, que tiene sueños y anhela la independencia, y su principal prioridad es su carrera (tener una tienda de vestidos diseñados por ella misma) en una época en la que las mujeres no podían tener una. En una primera aproximación se trataría de una forma impecable de acercar a nuestro tiempo esta historia, y que también serviría de inspiración para muchas espectadoras, ¿cierto?

¿Qué será del feminismo cuando el exceso de entusiasmo cinematográfico termine por estrujar todo el beneficio económico que le pueda reportar y provoque el efecto contrario?: que llegue un día que nadie soporte ver otra película más donde el mensaje principal sea una serie de clichés inconexos donde la protagonista sea la chica autosuficiente.

Entonces, en principio, podría decirse que no habría resultado una mala decisión modernizar este cuento clásico y empoderar a un personaje tan castigado como Cenicienta. Sin embargo, y según avanza la trama, la apuesta rupturista se va desinflando hasta llegar a conformar una sucesión de clichés excesivos que poco favor le hacen a la causa. Sin temor a exagerar, podría atreverme a asegurar que la película resulta ser la explosión más atómica de estrógenos que se ha mostrado en la pantalla grande al punto que la propia Beauvoir se sonrojaría. La película reúne en poco más de hora y media todos los estereotipos feministas políticamente aspirables y a los que un hábil productor de películas haría uso si cree interpretar lo que la gente actualmente quiere ver en compañía de sus hijos. O al menos los padres… Porque existiría cierto consenso que, hoy en día, ningún progenitor desea que su pequeños reciban la “políticamente incorrecta idea” de que sus prometedores futuros terminan al aguardar o al salvar a alguien y terminar casados happily ever after. ¿Eso hoy? ¡Jamás! Hoy se enarbola la bandera de la auto-solvencia, donde la princesa no espera a nadie, mata solita al dragón y se baja de la torre a hacer lo que más le guste. No me malinterpreten, a mí sí me gustan los cuentos de hadas e, incluso, con 40 años, formo parte de las “viudas Disney” que esperó, esperó y esperó al príncipe azul que el ratón (no precisamente el de los dientes) prometió y que nunca llegó. Al menos a mí me tocó vivir la transición de comprender que, efectivamente, era una promesa imposible de cumplir, ya que para la primera generación Disney (que sí creyeron que se habían casado con ese príncipe azul materializado en carne y hueso en sus maridos) seguro que el choque a la realidad debió haber sido más que doloroso.

Pero una cosa es que el ratón aceptara su derrota y pusiera fin al paradigma –princesa desvalida, príncipe salvador– y otra muy diferente es hacer uso (y abuso) del discurso feminista exponiendo sin desparpajo un montaje de conceptos sobrecargados e irreflexivos sobre lo que sería el feminismo o lo que debiera ser. En otras palabras, la película resulta ser tan evidente, en su intención de ser un discurso políticamente correcto (perfecto), que no deja nada a la imaginación ni al análisis y, junto con las chispas de la varita mágica del hada madrina que saltaron de la pantalla y que ahora inundan tu casa, te queda un sentimiento de saturación del ideario libertario femenino casi hostigoso. Y ahí está lo preocupante: de qué forma un habilidoso productor de cine entendió que el clamor popular del feminismo podía resultar una ecuación poderosa y muy lucrativa: enarbolar la bandera de un discurso que hoy todos esperamos ver y recibir por ello altas gratificaciones. Pero, ¿hasta cuándo? En lo personal, la película me dejó con la  inquietud de que en un futuro no muy lejano el movimiento feminista se transforme (con esta nueva generación de películas “hiper feministas”) en una útil herramienta no para el movimiento en sí sino para los bolsillos del mercado cinematográfico que poco le importa para ello trastocar idearios o principios. En otras palabras: ¿Qué será del feminismo cuando el exceso de entusiasmo cinematográfico termine por estrujar todo el beneficio económico que le pueda reportar y provoque el efecto contrario?: que llegue un día que nadie soporte ver otra película más donde el mensaje principal sea una serie de clichés inconexos donde la protagonista sea la chica autosuficiente.

Porque digamos algo más: lo que vemos (y seguramente seguiremos viendo) es una mera fachada políticamente correcta que le gusta a todo el mundo. Y en ello el problema no lo encontramos en todo el mensaje de la Cenicienta subversiva, sino que el mensaje se desdibuja, tornándose artificioso y poco efectivo. Aunque la historia pudiera partir de un buen planteamiento, la sensación final es que sus creadores podrían haber sido mucho más valientes en relación con el discurso que supone que exponen: la lucha por la igualdad entre hombre y mujeres. A cambio de eso, optan por mostrar una historia de luchas (supuestamente) feministas porque es lo que toca o lo que está en la agenda y porque hoy (lo que la lleva) es ser correctos y modernos, pero no mucho, porque entonces resultaría demasiado y podemos asustar a un público más conservador, con lo que se termina quedando en lo seguro y sin innovar demasiado.

Creo que lo expuesto es un gran tema de discusión que sirve, en especial cuando existe la amenaza de que idearios tan relevantes como el feminismo se vean trastocados por agentes exógenos que intentar mutar su intención original en beneficio personal. Siempre he dicho que, como mujeres debemos tener en consideración que los derechos que hemos ido pacientemente ganando no son adquiridos y que, en razón de ello, debemos estar muy alertas a los caminos que puedan ir tomando las nuevas interpretaciones del movimiento desde los diferentes actores de la sociedad y la responsabilidad que a nosotras nos toca en ello. Porque ya son muchos años que hemos peleado por esto y no nos haría ningún favor que, en beneficio de unos pocos, el movimiento feminista se trastoque, o dicho en simple, se caricaturice… Porque la realidad que aún nos toca vivir a las mujeres no es precisamente un cuento de hadas.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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