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Un nuevo ministerio multiconceptual: ciencia, tecnología, conocimiento e innovación

por 18 diciembre, 2018

Un nuevo ministerio multiconceptual: ciencia, tecnología, conocimiento e innovación
Confieso que admiro la carrera académica, científica y de difusión de la ciencia de las dos nuevas autoridades. Es una oportunidad para Chile que dos brillantes científicos se sacrifiquen en esta tarea heráclea. Mi respeto a ambos, aunque, temo por ellos. Pienso en la presión que se debe vivir, en el desafío que asumen y siento vértigo ante la nimiedad de las querellas que ocupan el día a día de la política nacional.
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Hacía calor, no es difícil que así sea, es diciembre en Santiago. Pacientemente, los invitados hacen fila por la calle Morandé y también por Teatinos. El ingreso es por la parte posterior de La Moneda. El personal de seguridad revisa someramente la invitación que algunos de los convidados, por un apego a la herencia de Gutenberg, imprimimos desde el correo electrónico. No falta el que muestra su teléfono celular proclamando cómo la realidad luminosa de la pantalla definitivamente reemplazó los tarjetones, los membretes dorados, el cuño seco y los sobres.

Mientras espero, me pregunto si en los discursos se referirán, aunque sea sucintamente, al tema del presupuesto. Si acaso sabremos si las universidades pasarán a este ministerio, dejando, a su manera, de pertenecer al Ministerio de Educación, que ya perdió una parte –la DIBAM– cuando se creó, en 2017, el Ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio. Y aunque tampoco el nacimiento del Ministerio de Ciencia, Tecnología, Conocimiento e Innovación –¡vaya título! todo un enjambre conceptual – sea el momento de nostalgias de aroma a tinta fresca, grecas y frisos de imprenta, creo que de la noción de presupuesto no es posible prescindir aún.

No hemos llegado a esa categoría de lo virtual. Y si bien Chile es un país que ha sabido cruzar el umbral del siglo XXI y “marcha” –como se dice por estos días– hacia el desarrollo, tampoco creo que sea oportuno preguntar por cuál acepción de desarrollo se está considerando cuando se piensa en un ministerio de ciencia. Mi temor es que al igual como en otros ámbitos, las universidades y los fondos concursables de la cultura y las artes, por ejemplo, todo se reduzca a personas que llenan formularios y personas que revisan formularios (la frase no es mía).

Presento la invitación en hoja tamaño carta. Ya pocos seguramente lo recuerdan, pero en ese lugar se estacionaban los autos y hace menos de tres décadas se podía disfrutar de la sombra de los brachychiton, esos árboles a los que les cuesta tanto crecer en este clima. ¿A quién se le habrá ocurrido plantar esos “árboles de fuego”, como también se les llama en su originaria Oceanía, en el secano de la precordillera de Los Andes?

Una vez que todos los convidados de este lunes, día número 351 del año 2018, pasan por los arcos de seguridad; por fortuna, me encuentro al menos con que se mantiene la tradición de la guardarropía, donde, en verano, más que abrigos, se dejan bolsos, mochilas y maletines a cambio de una ficha plástica con un número. Aunque –seamos claros– nadie que de verdad tenga un cargo de autoridad acarrea ese tipo de pesadez a cuesta.

La autoridad, hoy, hombre o mujer, se presenta más bien desprovisto de esos bártulos, como si se tratara de parte de la inmaterialidad propia del poder, con las manos libres para maniobrar. En el patio de Los Naranjos, el cielo poligonal está cubierto de una malla Raschell blanca que reduce la ferocidad del cénit que alcanza a la ceremonia. Ese tejido es una herencia que debemos agradecer a las máquinas de punto patentadas a mediados del siglo XIX (nota científica que hago para mis adentros).

Mientras, pantallas LED enormes hacen de arco triunfal con imágenes vivas que repiten, al estilo de Time Square, el nombre del nuevo ministerio, venciendo a la luz diurna. Punto para la tecnología y la ciencia. En el discurso, el locutor trata de organizar a la concurrencia que insiste en acomodarse fuera de la trama de sillas blancas –bastante cómodas– donde al menos unas trescientas personas hacen como que el calor no los aturde. No puedo dejar de pensar en los sanguchitos que están en las mesas de atrás asoleándose y si tendrán o no mayonesa (algún científico ya habrá pensado en eso, espero).

Hay cierta agitación en el público. Una querida amiga se sienta a mi lado y me dice a media voz: “¿Irán a decir algo del presupuesto?”. La miro con inocencia, levanto los hombros. Hablamos de otras cosas. Rápidamente el patio se repleta. Una pena que esto no sea en un auditorio de verdad, en un teatro. Todo es plano, las tarimas no son lo suficientemente altas. Se ve poco si te quedas sentado, si te paras, los de atrás no ven.

El lugar con mejor perspectiva lo tiene la prensa que hace de muro en el centro de la escena, justo delante del brocal de la fuente de piedra. Pieza central que ya no tiene agua, quién sabe por qué vacía razón. Saludos por aquí por allá, cambios de asiento de última hora, movimientos apresurados para allegarse a unos ventiladores gigantes que hacen más soportable el atuendo semiformal, donde corbatas, trajes y zapatos cerrados aún se mantienen, al menos, algo que sea. Poca gente con sombrero, uno que otro acertado abanico, vestigios de otros tiempos más adecuados a la plaza cerrada, al cortile, a la corte.

Comienza la ceremonia, hacen su entrada desde el otro patio el flamante nuevo ministro del nuevo ministerio, Andrés Couve, el presidente de la República don Sebastián Piñera y la nueva subsecretaria, Carolina Torrealba. Luego viene el juramento, la firma, y el único discurso ofrecido lo hace el presidente de la República y en él no se mencionó el tema del presupuesto del nuevo ministerio directamente. Sí se hizo referencia a lo que destinan otras naciones y lo lejos que está Chile de esos porcentajes. Vuelvo a pensar, sin nostalgia, cuántas veces este tema ha ocupado los titulares de la prensa local. Hace un rato ya que supimos de la renuncia del anterior director de CONICYT por esa pequeña diferencia de cantidades. El presidente afirma que la primera sede del nuevo ministerio será en La Moneda misma. Sin querer, todo remite al tema que no se toca.

Confieso que admiro la carrera académica, científica y de difusión de la ciencia de las dos nuevas autoridades. Es una oportunidad para Chile que dos brillantes científicos se sacrifiquen en esta tarea heráclea. Mi respeto a ambos, aunque, temo por ellos. Pienso en la presión que se debe vivir, en el desafío que asumen y siento vértigo ante la nimiedad de las querellas que ocupan el día a día de la política nacional.

La verdad, no veo mucho espacio para la ciencia, la tecnología, el conocimiento y la innovación en el reino más austral de la ramplonería del desinterés y de los intereses creados, del orgullo de la ignorancia y del derecho a la idiotez como si se tratara de una forma de identidad. Pero, en fin, si queremos ser desarrollados parece que se necesitan instituciones a la manera de la OCDE.

No sé, me desdigo para mis adentros ¿Y si resulta que después no hay dinero suficiente más que para mantener la propia institucionalidad? Basta ver lo que ha pasado con el Ministerio de las Culturas y la batahola con la reducción de presupuestos. Mientras, el presidente Sebastián Piñera en su discurso menciona una sola vez a “las Humanidades” mis esperanzas bracean. Afortunadamente, al momento del cóctel me encuentro con Carolina Gainza, que ha hecho tanto para que las Humanidades y las Artes no sean excluidas de este ministerio y algo me consuelo.

Vuelve el tema del presupuesto. Esperemos que esta nueva institución tenga la suerte inversamente proporcional a la escasez en que se funda. Se sabía de mucho antes y aunque a esta altura de la ceremonia ya es tarde, la escena no es más que el reflejo de una costumbre local: mijito... es mala educación hablar de plata. Dan las doce y mantengo la esperanza en que esta dupla virtuosa de científicos pueda demostrar cuán importantes son las distintas áreas del saber para las aspiraciones de desarrollo para el Chile por venir, siempre más acá de lo estrictamente económico.

Aunque, por cierto, esto es sin llorar, no puedo dejar de pensar en cómo el sistema universitario se ha repletado de procesos, de puntajes, de competencias, de lineamientos forzados por las instituciones y de especialistas que luchan por un presupuesto para mantener el puesto.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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