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El día que en Mejillones los nacionalismos entraron al mar

por 4 agosto, 2019

El día que en Mejillones los nacionalismos entraron al mar
En un acto tan efímero como simbólico, el artista visual venezolano Miguel Braceli y 18 estudiantes mejilloninos participaron de un proceso formativo y performativo que los llevó a generar la exposición “Enterrar las banderas en el mar” una de las más visitadas de la octava versión del Festival de Arte Contemporáneo en Antofagasta.
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Como si se tratase de una procesión mística y atemporal, dieciocho jóvenes caminaron por las blancas arenas de Punta Cuartel, bajo el omnipotente sol del Desierto de Atacama, en dirección al Océano Pacífico, armados solo con flameantes pendones blancos. Se trata de los últimos minutos del largo proceso que el artista visual y arquitecto venezolano Miguel Braceli, llevó a cabo con estudiantes del Complejo Educacional Juan José Latorre Benavente de Mejillones.

Pero el acto final todavía no se concretaba. Era una sorpresa, un movimiento casi catártico que desplazaría con ondas sísmicas los prejuicios que llenan nuestra historia y nuestra geografía, el clímax de un proceso que Braceli realizó durante mayo, que comenzó con el conversatorio El territorio como destino, reuniendo a más de 50 personas en el auditorio de Fundación Minera Escondida y que prosiguió 65 kilómetros al norte de Antofagasta, en la localidad de Mejillones, junto a estos dieciocho jóvenes.

El proceso

Actualmente, Braceli es considerado uno de los más destacados exponentes en el área de las intervenciones efímeras a gran escala, razón suficiente para que fuera uno de los invitados de la octava versión del Festival de Arte Contemporáneo SACO que este año, tiene por tema curatorial el Destino.

Así, Braceli trabajó junto a estos jóvenes que nacieron y viven en un territorio históricamente marcado por los vaivenes más violentos de la historia de norte de Chile, por lo que la elección de la curaduría de SACO no fue al azar: se trató de un punto estratégico en la Guerra del Pacífico no solo por su posición en la bahí, sino ue también por la riqueza de su guano, testigo de varios combates navales durante el conflicto de tres bandos sumergidos en una disputa que poco y nada tenía que ver con la patria, sino más bien con subliminales intereses económicos. El poblado tuvo una época dorada en los tiempos del transporte masivo de minerales, pero fue la misma debacle del transporte ferroviario la que lo tuvo en la agonía hasta la llegada paulatina de las ocho termoeléctricas que han sido duramente cuestionadas por la contaminación que estarían provocando en la bahía.

Esos procesos históricos son los que han hecho de Mejillones un territorio frágil, convertido en frontera movediza, tácita y a la vez ilusoria de intereses muchas veces ajenos a las aspiraciones y sueños de sus habitantes, la mayor parte de ellos relacionados en algún momento a las faenas pesqueras artesanales, hoy casi extintas producto de la arremetida imparable de las grandes empresas instaladas en la zona, convertida en parte, en una ciudad-dormitorio, y es en este terreno que parece tan estéril para una acción de arte, que Braceli lideró el taller que llevaría a generar un proceso performativo con la participación de estos jóvenes que crecen en medio de una realidad dura, invadida por los procesos productivos y sin demasiadas opciones de desarrollo artístico.

Por ello, había que elegir lugares para el desarrollo de esta performance que fueran ejemplo de este choque entre historia, presente y futuro, entre formas de ver el desarrollo y abarcar la geografía. Las locaciones de la acción fueron Punta Angamos, escenario del enfrentamiento naval contra Perú en la Guerra del Pacífico (1879 y 1883) y Punta Cuartel, territorio en el que Chile instaló un fortín, buscando consolidar su posesión del Desierto de Atacama (1857 a 1866). En este contexto, los  estudiantes poco a poco fueron entendiendo y asumiendo que eran el centro de una acción utópica y política, y que la marcha con estas banderas blancas por la costa mejillonina, tenía más siginificado para ellos y para el territorio que el de una simple fotografía, pues la acción de arte, se convertía automáticamente en un potente discurso con profunda raigambre en sus orígenes, su territorio y su visión de futuro.

Sumergir las banderas

Por eso la marcha resultó tan simbólica; un esfuerzo coreográfico que se desplegó entre ráfagas de viento tibio que ondeaban los pabellones ausentes de color e identificación, de todo rastro nacionalista, de todo prejucicio, pero que a la vez cargaban con todo el peso de la historia. De ahí, el acto final, el movimiento arqueado de brazos y astas que de la arena, llevó las banderas a hundirse en el mar, quizás a modo de extremaunción o purificación: el concepto explícito de borrar símbolos fantasmales de un pasado agrietado, lleno de eufemismos patrioteros que se hunden de cara a un “destino” signado por nuevos conceptos y perspectivas de la sociedad y el territorio.

Pero la acción efímera no podía qudar solo en eso. Braceli y el equipo de SACO registraron todo el proceso performativo, el que se refleja en una exposición que ha sobrecogido a sus visitantes: Enterrar las banderas en el mar, exposición compuesta por fotografías, videoinstalación y esculturas de los materiales utilizados en la intervención en Punta Cuartle, que operan como testimonio material de las sensibilidades concebidas en la interacción entre el artista, sus alumnos, el paisaje y la historia del Norte Grande, muestra que estará abierta hasta el 23 de agosto en la Sala de Arte de Fundación Minera Escondida.

 

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