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Libro "Magnolios": el árbol genealógico en la obra de Victoria Ramírez

por 10 agosto, 2019

Libro
Pero así como la familia es uno de los temas centrales en este libro, el agua es uno de los elementos que se alzan en esta espiral de símbolos adquiriendo múltiples significados entrelazada a otros elementos, como el agua y la misma familia.
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Una catástrofe en la naturaleza y en la familia. Metáforas profundas y de alta elaboración. Cuando las cosas se encuentran en el suelo “el jarrón de bronce de mi madre/ combinaba con la tierra”, para seguidamente notar que “ella reparaba una fisura” de la casa, símbolo de la familia. De esta manera se abre este primer libro de Victoria Ramírez, una autora que ahonda en el árbol genealógico desde sus abuelos, padres, tías con pueblos sureños como telón de fondo entrelazados a la transitoriedad y el misterio, donde el agua es el elemento que fluye a través de gran parte de los poemas. 

Podemos decir que estamos frente a una voz poética de variaciones atravesadas por temas y elementos que funcionan como ejes, como son: las catástrofes y calamidades, la memoria íntima y colectiva, el movimiento, el agua, los sueños, el misterio y el hermetismo, el larismo y fundamentalmente la genealogía.

La madre adquiere uno de los roles protagónicos, encargada de reparar la casa. Mujer que también se muestra irascible  en relación a los ejercicios de memoria: “mi madre se ofusca/ divide a las personas entre las que desean/ y no desean recordar”; pero la memoria que expone la autora es predominantemente personal, íntima, donde los objetos y el mobiliario también son conductores de esa memoria, pero también de emociones y sentimientos: “la consistencia no debería medirse por las cosas/ pero ahí están los jarrones manteles maceteros/ el ciervo de madera emergiendo de la pared/ el búho de piedra roja que alguna vez/ arrojaron a la cabeza de mi padre”. En este mismo sentido vemos un viaje, un tránsito, movimiento, una visita a un lugar de memoria personal como en el poema “jaivas”: “recorro la playa con la lentitud de las vacaciones/ mis tías visitan la tumba del primogénito (…)/ se persignan ante san Sebastián”. Más adelante se intensifica esta idea de movimiento al decir la voz poética que “aprendí a pensar en movimiento/ trenes automóviles buses bicicletas (…)/ misión de copiloto esporádica/ pueblos solos y pueblos llenos/ alojar un par de días y continuar (…)/ ubico cualquier líquido que se mueva/ y me recuerde el traslado/ la urgencia de llegar a una conclusión”.

Un texto lleno de catástrofes y calamidades: “tengo el alud bien adentro/ cuando mi padre fue a trabajar/ en el camino vio en el barro/ un brazo una pierna”, o “había estallado el volcán chaitén/ del cráter salió pluma que cubrió el río negro”, o “las torres gemelas quemándose/ las monjas con la mano en la boca/ el árbol desangrado en nuestras rodillas”. 

El texto centrado en la familia en distintas dimensiones como el deseo de nombrar y la transferencia de taras psicológicas e históricas a través de las generaciones como insumos para un psicoanálisis literario: “el nombre que hubiese querido llevar mi abuelo/ quedó para el niño de hueyusca/ el nombre que hubiese querido llevar el niño/ quedó para mi madre de hueyusca/ el nombre que hubiese querido llevar mi madre/ quedó para mí”; la familia en disolución: “la última foto de mis padres juntos”, o “esta historia se borra en almuerzos familiares”. También vemos negación de la familia en cortes violentos, como en el desinterés de la maternidad o el aborto latente: “a esta edad me preguntan/ si deseo tener hijos/ temo pensar que nadie sabe/ cómo ser un buen pariente”, o “al principio es posible soportar/ las puntadas del vientre bajo/ el guante que calza la mano/ la mano que se resiste a ser cubierta”. 

Pero así como la familia es uno de los temas centrales en este libro, el agua es uno de los elementos que se alzan en esta espiral de símbolos adquiriendo múltiples significados entrelazada a otros elementos, como el agua y la misma familia: “al atardecer mi madre es líquida/ se entrega al veredicto del río”, o los sueños: “este regalo me quita peso/ sostengo el colgante y se extravía/ mis tobillos se hunden en salmuera”, o la imagen de los recuerdos: “se ha filtrado la foto satelital de una laguna/ que antes fue un charco de agua limpia/ adolescentes se bañaban en verano”, o el agua y el amor perdido: “puedo ver tu rostro en la piscina (…)/ mi amor como un dedal cubierto de agujeros/ una balsa que comienza a hacer agua”. 

Así todo lo anterior se vuelve más seductor envuelto en el misterio y el hermetismo en versos como: “mi padrino afirma que todas las aves/ que alcanza a ver son suyas (…)/ mientras conduce y planta sombras/ como caminos a nuestra casa”, o “científicos crean una sustancia negra/ que absorbe la luz visible”. 

Pero si bien es cierto que hay variados tópicos en los que detenerse, hay dos especialmente interesantes que nos dejan ver las influencias poéticas de esta autora: uno es el larismo cultivado principalmente por Jorge Teillier, como deja ver en el verso “tramos largos de la capital a la ciudad pequeña” y su antecedente relacionado a la poesía norteamericana en el poema “direcciones”: “la validez de este dilema se cierne/ en los cruces de los ríos pilmaiquén y chirre/ como dos lados de un destino plano/ la unión inédita en el trafún”, como una continuación del maravilloso poema de Raymond Carver “donde el agua se une a otras aguas”: “los sitios donde las aguas se unen/ a otras aguas ¡esos lugares permanecen/ en mi mente como lugares sagrados!”. 

En conclusión, podemos decir que estamos frente a una voz poética de variaciones atravesadas por temas y elementos que funcionan como ejes, como son: las catástrofes y calamidades, la memoria íntima y colectiva, el movimiento, el agua, los sueños, el misterio y el hermetismo, el larismo y fundamentalmente la genealogía, como se deja ver de la mejor manera en el último de los poemas, y que le da nombre a este libro hermosamente traído a la realidad material por la descollante Editorial Overol: “mirar por la ventana y ver a los magnolios/ saber que ya es época de magnolios/ que hay justicia en que una flor salga de un árbol/ que los árboles de flores y semillas al mismo tiempo/ todo eso pensando en la sala de los quemados”, versos fuertes, potentes que nos sugieren metáforas sobre el ser, la literatura y el ser poeta. 

Magnolios, Victoria Ramírez Mansilla, Editorial Overol, marzo de 2019, 48 páginas. 

Ramiro Villarroel Cifuentes. Escritor.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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