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SACO8 o cómo el arte contemporáneo se convierte en brújula para apropiarnos de un destino incierto

por 23 agosto, 2019

SACO8 o cómo el arte contemporáneo se convierte en brújula para apropiarnos de un destino incierto

Estudiantes en obra "Devenir" de Stephanie Williams

Más allá de las positivas cifras que deja la octava versión del Festival de Internacional de Arte Contemporáneo en Antofagasta, los efectos muchas veces inesperados en los visitantes a estas exposiciones son los que dan valor a este despliegue. Una relación amorosa que no cabe en ninguna medida ni supuesto y que se da solo cuando el público se enfrenta a las obras y reacciona ante ellas, en una particular simbiosis. 
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Un grupo de estudiantes se alinea frente a la veintena de réplicas tamaño natural de sí mismo que el artista japonés Yuga Hatta instaló en el Muelle Histórico de Antofagasta. Graban videos y se toman fotografías, ríen pero también ponen mucha atención cuando el mediador Ángelo Álvarez les comenta los detalles que explican de qué se trata Self Monument/Contrail y la técnica que permitió su creación.

Metros hacia el oeste, un grupo de niños juega sobre Sinfín, la imitación de un océano plateado que se une con el horizonte delineado por el mar, creación de la polaca Anna Uścińska de Rojas que ha invitado a que parte del público ingresara a meditar y descansar, mientras en el borde de la centenaria estructura, grupos de amigos y familias se fotografían en la obra de la costarricense Stephanie Williams. Es una serie de cianómetros, instrumentos utilizados para determinar el azul del cielo, que la artista ocupa para reinventar las geografías.

Eso fue apenas la punta del iceberg de lo que se vivió en uno de los puntos neurálgicos de la capital de la región de Antofagasta entre el 1 de agosto y el 5 de septiembre, una exposición internacional que concitó la atención de más de 15 mil personas. Algunos llegan porque sienten curiosidad al ver las coloridas carpas que dan forma a la obra Any Where del venezolano Marcos Temoche, mismas que fueron parte de la intervención que se realizó a fines de julio frente a la Oficina de Extranjería y que provocó revuelo a nivel nacional. Otros, se han enterado por los medios y redes sociales y no temen entregar sus propias interpretaciones de, por ejemplo, la sillas de arbitraje enfrentadas que nos obligan a mirarnos a los ojos en el Círculo Compuesto del mexicano Juan Carlos Guerrerosantos.

Algunos reaccionan con sorpresa, emoción o una sonrisa al seguir la extensa línea de tiempo formada por textos y fotografías que nos muestran el viaje de 66 horas que la brasileña Patricia Teles registró desde el Atlántico al Pacífico para dar forma y contenido a Al otro Lado del Continente, mientras que en medio del muelle, a varios metros sobre el suelo, pende el detallista entramado de piezas azules y brillantes con que el argentino Guillermo Anselmo Vezzosi nos muestra dónde llegará el nivel del mar si los deshielos continúan, obligándonos a levantar la cabeza con temeroso asombro.

Intervencion Anna Uczinska Chiu Chiu

La ciudad convertida en museo

SACO8 este año tomó el Destino como la línea que une los siete site especific del Muelle Histórico y otros puntos de la ciudad. La falta de espacios para exponer, acompañados de la debida infraestructura, obligó a sus organizadores a generar hace algunas ediciones, el concepto de museo sin museo que se apoderó de más de diez lugares de Antofagasta y San Pedro de Atacama, formulando un recorrido a lo largo de la urbe que comienza en el extremo norte, en Museo Artequin/INACAP, con una propuesta colectiva curada por Carolina Contreras, que contó con la participación de alumnos de los liceos La Chimba y Marta Narea, y que culminaba en el extremo sur de la ciudad, con el montaje de Nosotros, los ancestros, curada por Cristóbal León con la colaboración de artistas emergentes de la macrozona norte. Ambas intervenciones muestra tangible del talento de las nuevas generaciones de artistas del Norte Grande y de su capacidad creativa y crítica en una zona donde los espacios y las herramientas para el arte son más bien escasos.

Entre medio, especialmente en el centro de la ciudad, nombres que forman parte del catálogo obligado del arte contemporáneo actual: el bioartista argentino Joaquín Fargas que recorrió el desierto con el Rabdomante, un ingenio tecnológico que rescata agua de la atmósfera del lugar más seco del mundo; Francis Naranjo y Carmen Caballero que desde España, nos permitieron a enfrentar la insensibilidad de la medicina actual, pletórica de avances y conocimientos pero cada vez más alejada del ser humano. Ana Alenso (venezolana radicada en Alemania) instaló una dura crítica al extractivismo de la gran industria minera, producto de la residencia Alcanzar la corriente de Humboldt junto a Goethe Institut; Natalia Pilo-Pais desde Perú, llegó a realizar la residencia arte + arqueología cuyo resultado fue una exposición instalada en San Pedro de Atacama, mientras que otro venezolano, Miguel Braceli, luego de un largo y fructífero trabajo con estudiantes de Mejillones, enterró las banderas de los nacionalismos, los prejuicios y la xenofobia en el Pacífico.

Pero más importantes quizás, son los efectos muchas veces inesperados en los visitantes, esa relación que no cabe en ninguna medida ni supuesto y que se da solo cuando el público se enfrenta a las obras y reacciona ante ellas, en una particular simbiosis, como ocurrió con una familia coquimbana que recorrió Memento mori, obra de la artista chilena Paz Errázuriz y que decidió tomarse una instantánea frente a la gigantografía de la foto mortuoria de un marinero. La explicación fue simple: “Nos recuerda que constantemente, estamos en un viaje”.

De ahí que fueran diez mil personas las que visitaron estas exposiciones, que lanzaban mensajes tan potentes como distintos, acudiendo a algunas de las emociones más íntimas del ser humano o a la crítica directa y ácida hacia un presente marcado por crisis medioambientales, sociales, políticas y económicas, cuestionando nuestro pasado, presente y futuro en espacios fértiles y abiertos a todo público, sin restricciones, aunque con el apoyo de un sólido equipo de mediadores formados tanto por la organización del Festival como por los artistas durante sus residencias en Antofagasta.

Las cifras no son menores para un evento de este calibre desarrollado en el norte de Chile, en la periferia tantas veces menospreciada y de recursos para cultura más bien escasos. Más de ocho meses de actividades, 40 artistas de 15 países entre expositores, generadores de proyectos pedagógicos, residencias vinculadas con el territorio e intervenciones en espacios abiertos; conversatorios, talleres y viajes de contextualización al interior del desierto, a localidades como Calama, Chiu Chiu, Caspana, San Pedro de Atacama, Mejillones y Lasana, expandiendo las experiencias y aprendizajes de los más de 700 participantes, niños, jóvenes y adultos, que se inscribieron o fueron seleccionados mediante convocatorias abiertas para estas instancias, incluyendo artistas emergentes no solo de Chile, sino que también de Perú, Bolivia y Argentina. Muchas de estas actividades se realizaron bajo el concepto de escuela sin escuela, sustentando ideas que trabajan desde la ausencia de espacios académicos para generar una propuesta de actividades y proyectos que acercan el arte a la comunidad, llevando artistas nacionales e internacionales a establecimientos educacionales en donde la Red Archipiélago Norte, formada por los lugares expositivos y establecimientos educaciones, tuvo un rol fundamental, al asentarse exitosamente como una alianza que permite lograr un alcance concreto en cada vez, una mayor cantidad de espacios.

Si bien SACO9 ya está en el horizonte, el equipo que organiza el Festival ya tiene en mente lo que será la primera bienal de arte contemporáneo, una meta ambiciosa si se quiere, pero solventada por un trabajo constante y decidido que se viene realizando desde el 2012. Las expectativas son grandes, dado el crecimiento proporcional de lo que en algún momento fue la Semana de Arte Contemporáneo, hoy convertida en Festival, y que desde el límite preciso entre el Pacífico y el desierto más árido del mundo, se levanta como una opción contra todos los pronósticos que rechazaban la generación de un evento de esta magnitud en una zona en la que se ha logrado convertir una ciudad en un espacio expositivo, a falta de un museo; las calles y el paisaje en un aula, y a artistas y público, en protagonistas y mediadores de sus propias obras e interpretaciones, dueños de su propio destino.

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