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Las dimensiones del amor en “Éramos estrellas, éramos música, éramos tiempo” de Ernesto González Barnert

por 29 agosto, 2019

Las dimensiones del amor en “Éramos estrellas, éramos música, éramos tiempo” de Ernesto González Barnert
Una de las ideas e imágenes que predomina en este trabajo es el del misterio que significa el amor para quien escribe o, por lo menos, para el hablante, el cual nos entrega frases que se sumergen en lo desconocido.
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Durante la historia del pensamiento, de las ideas y el conocimiento uno de los temas centrales es el del amor junto con todo lo que éste acarrea y hace arrancar: religiones, culturas, filosofías, la música y las artes, la guerra, la erótica y la política entre muchas otras dimensiones de lo humano. En Platón así como en Safo, en una larga lista alimentada por miles de nombres y títulos que llegan hasta nosotros en una genealogía que podríamos retomar en Neruda, en Rojas o Lihn, es que se encuentra el trabajo poético de Ernesto González Barnert “Éramos estrellas, éramos música, éramos tiempo”, un pretérito, pero también una certeza. Libro que comienza con una imagen inquietante donde la voz poética se expresa desde la muerte, que suponemos también el clímax del éxtasis que el amante padece en pleno fragor amatorio: “Te ofrezco lava, amor de veras, mi cortejo perpetuo/ apenas sofocado por estas paladas de tierra”. Es más, en este inicio hay más fuego e imágenes que nos reactivan la organización sensitiva del amor: “Te ofrezco el suave calor/ de una vida en llamas/ Una luz que no admite sombras al decir te quiero”. Pero no podemos avanzar sin comentar también que este tema es uno de los más manidos de la literatura toda, cuestión que se derrama a todas las otras artes y que no nos dejará porque uno u otro teórico del lenguaje o las artes lo diga, por lo que debemos agarrarnos bien del asiento para entregarnos a este ejercicio peligroso, cosa igual a bailar con la muerte porque, es cierto, siempre se puede profundizar más en este tema o dar una imagen del amor en nuestro tiempo y que este libro refleja como pocos en la literatura nacional contemporánea. 

Si tuviera que dar una imagen de la poesía de Ernesto, me daría la libertad de referirme a algún cuadro de Edward Hopper en que vemos a una mujer, en una actitud cotidiana, enfrentada a si misma y a la mirada del artista que la destaca como una maravilla prácticamente cinematográfica que en su existencia y tan sólo por su existencia supervive en la gracia del amor o la admiración.

Una de las ideas e imágenes que predomina en este trabajo es el del misterio que significa el amor para quien escribe o, por lo menos, para el hablante, el cual nos entrega frases que se sumergen en lo desconocido: “Poner una bandera negra/ en el pozo más oscuro/ ha sido escribir de amor donde el silencio/ lo dice más fuerte”, poema que nos habla también del reto mismo de escribir sobre el amor, donde la oscuridad es lo que nos espera, como en poemas posteriores donde se refuerza esta idea: “Puse más palos al fuego/ para que no temieras la oscuridad/ que rodea al amor”. Y es en este mismo poema llamado “Este invierno” donde la paradoja sirve para nombrar el amor y hacernos entender un sentimiento ambivalente, así mismo como lo proponía el mismo Platón: “Ahora te tomo la mano/ con la seguridad/ del que ha visto salir el sol/ una noche de nevazón/ o llovizna”, cosa que nos hace percibir que lo inverosímil es algo completamente aceptable e inclusive deseable en esta materia. Que salga el sol en cualquier noche nos permite ver la magia, iluminar esa zona imposible que nos hace experimentar el amor. 

Otra de las cuestiones que resultan interesantes en este libro es la cantidad de aspectos en que el poeta se reconoce en el amor, como es la escritura misma y el rito, situación y acontecimiento de este estado del alma, el espíritu y el cuerpo, en que González Barnert nos dice que “por borronear en mi ley/ no podemos dormir juntos”, sufriendo una suerte incluida dentro del inventario poético. 

En relación a la erótica, lo que vemos es algo tremendamente íntimo que pasea por las calles de Santiago, o el mar o la habitación de esta voz que nos llega breve, intensa, como en el poema “Me recalientas”: “Y no te explico/ lo que es verte agarrar el secador/ y apuntarte”, cuestión que nos permite entender la franca relación entre la idea e imagen que se hace el amante de, en este caso, la mujer amada, que tiene que ver con lo cotidiano, la superficialidad y la idealidad: “Ese vestidito, ajustado, de cebrita/ no calmó nada”, lo que nos abre una dimensión animal centrada en el vestuario: “¿Te acuerdas de ese polerón/ dos tallas más grande/ que usaste años, incluso para dormir,/ con la estampa de un koala/ subiendo un eucalipto?”.

Otra de las cuestiones que llama la atención es cómo las diferencias entre los amantes se disuelven en la compañía del uno con el otro, música y comida mediante, porque el amor también pareciera ser eso: “Algunos días tienen su música,/ esta fresca mañana de septiembre/ es Jeff Buckley cantando Just Like A Woman/mientras meto libros en el estante,/ saco otros, te espero a almorzar,/ en realidad no, te espero para hacer el amor/ y después ver alguna película online,/ de esas en que siempre llegamos divididos a verla/ pero terminamos felices comentándola/ antes de encamarnos nuevamente”, una realidad que se trenza, vidas que logran unirse en un punto de la existencia mostrándonos que es el ser para el otro y la gregariedad, llenar un vacío en las profundidades del ser, lo que nos lleva a cometer el amor: “Ella canta Crown Of Love/ de Arcade Fire/ y sus manos frías encuentran las mías,/ otra vez, bajo la colcha”, o: “Enviamos al polo norte/ una carta de puño y letra, a dos manos/ en la que pedíamos al viejo pascuero/ uno de esos aparatos/ en que con una mano mecánica/ sacas un peluche”.

Pero también el poeta reconoce la complejidad del amor, donde lo compara, así como lo hace el lenguaje común de la calle, con la guerra: “El amor es una guerra fría/ que puede soportarse años,/ frente a frente,/ como la guardia fronteriza/ de las Coreas/ en la garita de vigilancia./ Dispuesto a disparar/ si levanta una bandera blanca/ o se duerme”, pero sentimiento que también es juego: “Tu eres piedra,/ yo papel. Y juntos/ nos defenderemos/  de la tijera”.

Si tuviera que dar una imagen de la poesía de Ernesto, me daría la libertad de referirme a algún cuadro de Edward Hopper en que vemos a una mujer, en una actitud cotidiana, enfrentada a si misma y a la mirada del artista que la destaca como una maravilla prácticamente cinematográfica que en su existencia y tan sólo por su existencia supervive en la gracia del amor o la admiración. 

“Éramos estrellas, éramos música, éramos tiempo”, Ernesto González Barnert, Editorial Mago, Santiago, octubre de 2018, 46 páginas.

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