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El largo camino que espera a la oposición

por 21 marzo, 2019

El largo camino que espera a la oposición
Si no se tiene a Messi, se deberá aprender a jugar como equipo sin que nadie salve a último minuto. En otras palabras, es hacer la pega larga y tediosa de construir un diagnóstico, establecer un proyecto que encarne los cambios y anhelos de hacia dónde debe ir Chile. Recuperar las ideas y, por sobre todo, establecer espacios de diálogo hasta más no poder. ¿Por dónde empezar? Esencialmente con acuerdos básicos y pequeños sobre temas que le hagan sentido a la opinión pública, encabezados por personas serias: mujeres y hombres con contenidos, experiencia, tal vez sin tanto glamour, pero con esa trayectoria de lo público que asegura solidez en los planteamientos.
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El pánico a que Joaquín Lavín ganase la elección de 1999 frente a Ricardo Lagos, puso por primera vez el tema sobre la mesa: que el proyecto político de la transición, que encabezaba la Concertación, estaba agotado. Ya en 1997, en las parlamentarias, un millón de votantes se había ido al nulo o blanco y la DC comenzaba su declive, uno al que luego le siguieron los otros partidos.

Todo lo que vino después es ya conocido y archicomentado, pero jamás abordado críticamente por los partidos de esas épocas. Ni siquiera la derrota de Eduardo Frei de 2009 fue analizada como correspondía, pues después de Lagos hasta estos días, todo ha girado en torno a la figura de Michelle Bachelet. Como dirían los arqueólogos, un hallazgo del bloque de centroizquierda que permitió navegar los últimos 15 años y ganar elecciones, sin tener que profundizar en las diferencias, menos en el largo plazo.

El bloque de la centroizquierda flotó todos esos años con cambios y reformas, pero, por sobre todo, sin un proyecto político sustentable en el tiempo que le diera unidad, un relato o, al menos, sentido a sus electores. Mientras más se ejercía el poder, menos atención se les daba a los anhelos y cambios que vivían sus propios votantes.

Ahora ya es tarde, la magia no sirve. No se ve que alguien levite por encima de los chilenos, la desconfianza se ha apoderado de todos y los despuntes de encuesta tipo Alejandro Guillier han durado lo que duró Guillier.

¿Qué no hacer? Seguir pensando en soluciones cortas, sin contenidos, llenas de improvisaciones y cuñas para redes sociales. En el camino largo no está Bachelet salvando Chile a último minuto, tampoco están las elecciones sin contenidos en los partidos ni las peleas entre los “experimentados” de la ex Nueva Mayoría y los noveles avasallantes del Frente Amplio. Siempre desconfiar de aquellos que quieren soluciones encerradas, “controladas”, de pocos, y abrirse a usar todos los mecanismos legales que da el sistema: hacer primarias en todas partes y terminar de una vez con el lastre del “que tienen, mantiene”. No temer a competir y establecer acuerdos simples de cooperación, aunque suene tan básico como administrativo, pero por algo hay que empezar.

Por otra parte, el pragmatismo de derecha amenaza a todos los sectores con sus soluciones exprés a problemas centenarios y, lo peor, es que hay electores que creen en esto, en que se pueda resolver el tema de la delincuencia en pocos años, junto con la migración y el crecimiento económico.

Ya que la oposición no tiene (ni tendrá) consenso sobre lo ocurrido en la extensa transición, el Gobierno de Lagos, el “legado” de Bachelet y una lista larga de temas, pasando por Venezuela y Nicaragua, al parecer no queda otra que el camino largo.

En resumidas cuentas, si no se tiene a Messi, deberá aprender a jugar como equipo sin que nadie lo salve a último minuto. En otras palabras, es hacer la pega larga y tediosa de construir un diagnóstico, establecer un proyecto que encarne los cambios y anhelos de hacia dónde debe ir Chile. Recuperar las ideas y, por sobre todo, establecer espacios de dialogo hasta más no poder.

¿Por dónde empezar? Esencialmente con acuerdos básicos y pequeños sobre temas que le hagan sentido a la opinión pública, encabezados por personas serias: mujeres y hombres con contenidos, experiencia, tal vez sin tanto glamour, pero con esa trayectoria de lo público que asegura solidez en los planteamientos.

¿Qué no hacer? Seguir pensando en soluciones cortas, sin contenidos, llenas de improvisaciones y cuñas para redes sociales. En el camino largo no está Bachelet salvando Chile a último minuto, tampoco están las elecciones sin contenidos en los partidos ni las peleas entre los “experimentados” de la ex Nueva Mayoría y los noveles avasallantes del Frente Amplio. Siempre desconfiar de aquellos que quieren soluciones encerradas, “controladas”, de pocos, y abrirse a usar todos los mecanismos legales que da el sistema: hacer primarias en todas partes y terminar de una vez con el lastre del “que tienen, mantiene”. No temer a competir y establecer acuerdos simples de cooperación, aunque suene tan básico como administrativo, pero por algo hay que empezar.

El camino largo es, por sobre todo, un ejercicio de autopolitización y actuar colectivo, cosa difícil en tiempos de egos y vanidad medial, pero si algo se ha aprendido es que ciertas ideas deben tener un correlato con la cotidianidad de la ciudadanía.

En la izquierda y parte del centro político, el movimiento para una nueva Constitución significó grandes avances e interés público, pero insuficientes para el resto de la población, pues aún no se logra relacionar ese “cotidiano ciudadano” con los avances de progreso que podría movilizar una nueva Carta Magna.

En fin, falta casi un año para inscribir las primarias a alcaldes y partir el ciclo electoral, es decir, hay tiempo para la seriedad y el ajuste, pero esta vez mezclado lo mejor de lo nuevo y la experiencia de aquellos que pueden aglutinar a todos los que quieren ir por el camino largo, esta vez sin atajos populistas ni embrujados por encuestas de fin de semana.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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