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OPINIÓN

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El error histórico del PS

por 8 mayo, 2019

Hubo teóricos “iluminados” para los que la agudización de las contradicciones partidarias traería consigo un proceso de fortalecimiento sistemático y ascendente del socialismo en la lucha contra la dictadura. El dogma, es decir, la afirmación en un acto de fe y no en una argumentación fundada, que una crisis partidaria generaría un ciclo de avances, fue un yerro total, la división basada en las antiguas etiquetas de buenos y malos trajo agotamiento, confusión y desconcierto a las filas del PS.
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A inicios de mayo de 1979, en Berlín, se dividió el Partido Socialista en el pleno de la Dirección Única, interior-exterior, realizado por imperio de las circunstancias, la dictadura, lejos de la patria. Fue un quiebre que llegó a las seccionales socialistas en el exilio y a los acosados militantes organizados en Chile.

Los hechos se encadenaron sin detenerse: la dirección interior decidió sustituir a Carlos Altamirano por Clodomiro Almeyda en el cargo de secretario general, entonces la primera responsabilidad en la conducción partidaria. El afectado desconoció esa resolución y se proclamó vigente en su cargo con el apoyo de otros miembros del secretariado exterior, ante lo cual la delegación del interior, con el apoyo de la mayoría de esa instancia, lo expulsó del partido y generó la ruptura.

Como encargado juvenil en el exterior, después de la división fui incorporado al secretariado exterior del PS y pude observar que aún no se apreciaba la gravedad de lo ocurrido en el partido. Mi convicción es que no hubo un “genio del mal” que propiciara una ruptura tan profunda como la que se produjo, pero tampoco hubo la claridad estratégica necesaria para evitar ese quiebre autodestructivo que causó un grave daño a la tarea fundamental de luchar por la democracia y la libertad en Chile.

Al ingresar clandestinamente a Chile, en el verano de 1982 y participar en el IV pleno nacional del PS –con Almeyda como secretario general– confirmé que los largos años de persecución y obligada ilegalidad habían dañado severamente la fuerza y extensión de la organización socialista, y que sus regionales territoriales y brigadas en los frentes sociales sobrevivían con graves dificultades, gracias a la porfiada tenacidad moral de un puñado de militantes que bregaban contra viento y marea, soportando la represión y los efectos de la división en la estructura direccional.

A esa fuerza moral, auténtico fundamento de la resistencia de los militantes socialistas, basada en un inquebrantable compromiso expresado en su decisión de luchar por la libertad, a esas consecuentes voluntades de la causa democrática, en nada les había colaborado la pugna interna en el socialismo chileno.

En suma, el quiebre político y orgánico de mayo de 1979 fue un error histórico. Uno de los primeros que lo asumió con crudeza y lucidez fue Clodomiro Almeyda, que inició un infatigable esfuerzo de persuasión para reponer la unidad socialista y superar una visión contestataria, de intransigente retórica y práctica infecunda, de estrecho espíritu grupal en su esencia, que se incuba en el quehacer de los socialistas cuando este se reduce a los cálculos sectarios de los agrupamientos internos.

Pero hubo teóricos “iluminados” para los que la agudización de las contradicciones partidarias traería consigo un proceso de fortalecimiento sistemático y ascendente del socialismo en la lucha contra la dictadura. El dogma, es decir, la afirmación en un acto de fe y no en una argumentación fundada, que una crisis partidaria generaría un ciclo de avances, fue un yerro total, la división basada en las antiguas etiquetas de buenos y malos trajo agotamiento, confusión y desconcierto a las filas del PS.

Cambiar la jefatura partidaria no podía significar una refundación milagrosa que hiciera todo de nuevo, como si cada vez se partiera desde cero, ignorando las causas de fondo que bloqueaban o impedían el despliegue de la acción partidaria, que tenían su origen en la realidad de la lucha democrática en Chile y no en la voluntad individual de los dirigentes involucrados.

En la áspera brega que se abrió entre las distintas orgánicas por subsistir, marcada por las descalificaciones para prevalecer una sobre la otra, la escisión llegó al último rincón del exilio y al seno de los regionales y frentes sociales donde se reorganizaban los socialistas en el interior.

Entonces, la Juventud Socialista en el exterior desde su ámbito trató de evitar que la confrontación escapara de control, pero el distanciamiento humano y la animosidad política habían alcanzado un punto de no retorno. No hubo caso. Ante ello, impulsamos el contingente Orlando Letelier y comenzó la organización del retorno a Chile, fuese por medios legales o clandestinos.

La situación nacional agravaba las cosas. En 1979 transcurrían ya seis años de terrible dictadura, el régimen controlaba el país y preparaba su institucionalización, a través de la imposición fraudulenta de la Constitución del 80. Los crímenes de Estado eran su instrumento principal, que los socialistas habían sufrido duramente con una secuela interminable de mártires, encarcelados y exiliados.

También las otras fuerzas antifascistas eran golpeadas o desdibujadas bajo la represión neoliberal. No se avizoraba una salida democrática, la amargura acentuaba el dolor por los caídos, por tantas víctimas entrañables y ese sentimiento de culpa precipitaba durísimas recriminaciones que conmocionaban aún más las discusiones y la ausencia de perspectivas.

Se ha dicho que era una pugna entre renovados y ortodoxos. Es cierto que en el exilio comenzaba el proceso de la renovación socialista, pero el auténtico trasfondo, la médula del debate era la tragedia nacional generada con el derrumbe de la democracia, el derrocamiento del Gobierno del Presidente Allende y el establecimiento de la dictadura.

Era una discusión inacabable, en rigor, sin solución por las diferencias y acusaciones mutuas frente a lo acontecido. Unos a otros se herían en el alma acusándose de “generales de la derrota”, pero cada cual sentía una frustración asfixiante por la perpetuación del régimen. Así, las causas de la división se entrecruzaban, mezclaban y proyectaban en múltiples direcciones.

La división socialista no resolvió la necesidad de instalar una amplia alianza opositora contra la dictadura, sino que acentuó las dificultades para avanzar en su formación. ¿Quién iba a seguir las ideas o la opinión de un partido que se estaba quebrando en varios pedazos y agudamente enemistado entre sí?

El balance de fuerzas ya era desfavorable para la opción democrática y se agravó con los socialistas divididos. No obstante el aislamiento internacional de la dictadura, no se conseguía instalar una oposición amplia y fuerte que fuera capaz de plantear una alternativa política en su reemplazo, en ese contexto, el régimen impuso el plebiscito fraudulento y la Constitución en 1980.

Las protestas populares dieron un vuelco decisivo a esta situación a partir del 11 de mayo de 1983, convocadas por el Comando Nacional de Trabajadores. Remecieron el país, no lograron la caída del dictador, pero fueron determinantes para terminar con el receso político y el control autoritario del debate público, la movilización social logró que las fuerzas políticas retomaran energía y gravitación en el país. Desde la lucha de masas renació la oposición democrática y resurgió la izquierda.

En suma, el quiebre político y orgánico de mayo de 1979 fue un error histórico. Uno de los primeros que lo asumió con crudeza y lucidez fue Clodomiro Almeyda, que inició un infatigable esfuerzo de persuasión para reponer la unidad socialista y superar una visión contestataria, de intransigente retórica y práctica infecunda, de estrecho espíritu grupal en su esencia, que se incuba en el quehacer de los socialistas cuando este se reduce a los cálculos sectarios de los agrupamientos internos.

La convicción de la necesidad de alcanzar la unidad socialista para retroalimentarla con el entendimiento estratégico del conjunto de la oposición democrática y antidictatorial, incluyó el retorno clandestino de Almeyda a Chile a comienzos de 1987, para luchar por la unidad socialista y del conjunto de la oposición democrática al régimen dictatorial. La tarea no fue fácil, demoró más de 10 años, hasta la reunificación del 29 de diciembre de 1989, que logró hacer del PS un animador fundamental del retorno de la democracia y de 20 años de gobiernos sucesivos que consolidaron un régimen de libertades, derechos políticos y sociales en Chile.

Aún así, hay visiones contestatarias que niegan lo evidente. Sin la voluntad de articulación unitaria del Partido Socialista, sencillamente no habría existido un proyecto compartido de las fuerzas de izquierda y de centro en una alternativa política de mayoría nacional, capaz de reinstalar la democracia y, hoy, los enclaves autoritarios continuarían siendo determinantes en la vida nacional.

A la represión más brutal, el PS resistió con el valor, la tenacidad y la sabiduría de sus militantes. Miles de ellos entregaron su vida. Se rehízo y transitó desde la clandestinidad, donde luchó con todos los medios legítimos a su alcance para ingresar a la brega política y social, a una legalidad de hecho primero y plena después, al reinstalarse la democracia.

En una transición inconclusa, el PS actuó con firmeza y también flexibilidad, supo ser intransigente y bloquear el peligroso camino de leyes de punto final en los años 93 y 95, cuando arreciaba la presión obstruccionista del pinochetismo civil y militar, así como en forma permanente estuvo dispuesto a defender los intereses populares y a luchar por la justicia social en democracia. A veces, las personas que más cargos ejecutivos han ejercido parecen tener más mala memoria.

La conducta del PS fue vital para remover el veto que negaba la participación de la izquierda en la reconstrucción de la democracia, rompiendo la exclusión no solo en el Parlamento sino que incorporando la participación comunista en el reciente Gobierno. Este factor pone de relieve el rol esencial del socialismo en la unidad social y política del pueblo de Chile.

Hoy, su visión aborda como convergentes el proceso de unidad de la izquierda y de una amplia mayoría nacional democrática, que entregue a Chile las reformas y libertades ciudadanas articuladas con la estabilidad institucional y la gobernabilidad, que aseguren los cambios necesarios e impidan los esfuerzos de regresión autoritaria del conservadurismo neoliberal.

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