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Hiperliderazgo y encastillamiento presidencial

por 25 junio, 2019

Hiperliderazgo y encastillamiento presidencial
Tras casi quince meses de gestión, comienza a evidenciarse en el Presidente Piñera una suerte de ensimismamiento. Un predominio del personalismo que proyecta rasgos psicológicos más o menos autoritarios, que elude la deliberación de sus ministros y que, las más de las veces, descuida la confianza en la institucionalidad –como fue con el caso Barrancones en su primera administración–, sin que ello signifique o pretenda cuestionar o reformar dicha institucionalidad. Los problemas de las personalidades como las de Piñera muestran que, en situaciones de crisis, les ataca la soberbia. Cuando caen en situaciones de soberbia, lo que termina ocurriendo es que cierran cada vez más su foco de visión, en vez de ampliarlo.
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Los trazos de la arquitectura decisional del último ajuste de gabinete, parecen estar evidenciando algunos rasgos del actual estilo presidencial que están comenzando a afectar la estructura gubernamental y que ayudan, además, a explicar los problemas de capacidad y eficacia directiva para alcanzar resultados por parte de la actual administración.

Se trata, por un lado, del regreso del Presidente Sebastián Piñera a un estilo de gestión marcado por un “hiperliderazgo”. También, y en línea con lo anterior, de un creciente aislamiento del Mandatario, que podemos vincularlo a un fenómeno de “encastillamiento”, resultado de la ceguera situacional que experimentan los gobernantes.

El "hiperliderazgo" apela a una forma de ejercer el poder político. Es una forma de respuesta que se ofrece desde un Gobierno a los desafíos y retos, que plantean situaciones que demandan –con urgencia– la toma de posición de la autoridad gubernamental. De este modo, el personalismo del Presidente Piñera es un rasgo que comienza a acentuarse en clave de hipeliderazgo.

En su acción, el Jefe de Estado ha comenzado a alejarse de un relato, narrativa o proyecto, esto es, del programa de Gobierno. Su estilo de gestión lo lleva a concentrar su actuar a partir de la complejidad del momento, moviéndose en función de eventos y de un activismo de corto plazo. Piñera está sobre todos los temas, agotando a sus equipos y forzándolos a una urgencia decisionista.

Los peores momentos del Presidente Piñera son cuando se cierra y amplía su ceguera situacional. ¿Qué de distinto podrían decirle Cecilia Pérez, Gonzalo Blumel o Andrés Chadwick? Lo mismo que hasta ahora, solo proporcionarle apoyo caliente. El cambio de gabinete era una oportunidad, no solo para establecer un eje ordenador y estratégico para su gestión, sino también para incorporar nuevas miradas y, así, reducir la ceguera situacional.

En los últimos meses, hemos visto a un Mandatario cada vez más encima de todo, consciente de que a él le corresponde, en última instancia, acertar o equivocarse en el manejo de los problemas y que entiende que es su decisión.

Tras casi quince meses de gestión, comienza a evidenciarse en el Presidente Piñera una suerte de ensimismamiento. Un predominio del personalismo que proyecta rasgos psicológicos más o menos autoritarios, que elude la deliberación de sus ministros y que, las más de las veces, descuida la confianza en la institucionalidad –como fue con el caso Barrancones en su primera administración–, sin que ello signifique o pretenda cuestionar o reformar dicha institucionalidad. Los problemas de las personalidades como las de Piñera muestran que, en situaciones de crisis, les ataca la soberbia. Cuando caen en situaciones de soberbia, lo que termina ocurriendo es que cierran cada vez más su foco de visión, en vez de ampliarlo.

Después de la euforia de los primeros meses, el de los “tiempos mejores”, poco a poco el optimismo sobrevive en grado decreciente, gracias al cerco de una cortina impenetrable que lo aísla en un mundo irreal. El Presidente está experimentando el “encastillamiento”, resultado de un proceso de ceguera situacional. Esta se relaciona con el halo de obscuridad o sombra que se presenta en relación con la posición que se ocupa respecto de un objeto observado. Si se tiene una posición cerrada, reducida y unidimensional, el haz de sombra resultara más amplio.

Cuando el dirigente tiene una ceguera situacional muy amplia, es porque observa desde una posición restringida. El resultado es un encuadre reducido, ya que no involucra otras visiones. El Primer Mandatario escucha solo pocas voces y se rodea de los mismos. En este escenario, no tiene más alternativa que comenzar a decidir basado en consejos y valorar los consejos según el valor del canal de comunicación que se los trasmite. Solo se comunica con el exterior por algunos puentes levadizos –Chadwick, Larroulet y unos pocos más–, que son los canales de comunicación del Presidente con la realidad. Estos canales solo refuerzan las predisposiciones, al ver la realidad desde una determinada perspectiva.

Los peores momentos del Presidente Piñera son cuando se cierra y amplía su ceguera situacional. ¿Qué de distinto podrían decirle Cecilia Pérez, Gonzalo Blumel o Andrés Chadwick? Lo mismo que hasta ahora, solo proporcionarle apoyo caliente. El cambio de gabinete era una oportunidad, no solo para establecer un eje ordenador y estratégico para su gestión, sino también para incorporar nuevas miradas y, así, reducir la ceguera situacional.

El Mandatario, como todo ser humano ante las amenazas externas, huye o se defiende. A la luz de las últimas decisiones con el ajuste de gabinete, Piñera buscó defenderse. Lo hizo de dos maneras: levantando muros para fortificar su castillo y refugiándose con fuerza en ese círculo íntimo que lo protege, pero también aísla.

Al decidir de esta forma, el Presidente queda sujeto y expuesto –en primera y más fuerte instancia– a dos fuentes de consejos: las opiniones no bien fundamentadas que se gestan en su círculo íntimo y las recomendaciones excesivamente tecnocratizadas. Queda fuera el cálculo frío que debe competir con el soporte emocional cálido, que le ofrece su círculo estrecho de colaboradores más cercanos e incondicionales.

Chadwick, Blumel, Pérez –y ahora Mañalich, Ribera y Jobet– intensificarán ese apoyo cálido que el Presidente busca. Sin embargo, a juzgar por los problemas que afectan a su Gobierno –déficit de capacidad política y para gobernar según la última CEP–, lo que precisa es apoyo frío.

Cuando el soporte cálido y el frío son contradictorios, los gobernantes tienen que elegir entre ellos. Es una decisión difícil. En el líder común tiende a triunfar el soporte cálido de la corte o la recomendación unidimensional del tecnócrata. En el estadista, en cambio, triunfa con mayor frecuencia el cálculo frío del razonamiento tecnopolítico y ahí radica el dilema actual del Presidente Sebastián Piñera.

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