domingo, 15 de diciembre de 2019 Actualizado a las 16:26

OPINIÓN

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Bajo una cultura de abusos

Bajo una cultura de abusos
Parte del engranaje es el temor. Y con esto quisiéramos terminar, el temor pintado de religiosidad es el más peligroso. Los fieles aún le temen al párroco, este –aunque no lo confiese– le teme al obispo y él, probablemente, le teme al papa y a todo lo que pudiera pasar si no hace lo que se espera que haga. El temor lo impregna todo. Los jóvenes, respetuosos y bienintencionados, temen que se les cierren las puertas de la pastoral y los adultos temen que se les critique su actuar evangelizador. El profesor de teología teme que se le vigile o censure y, en el extremo, que se le acuse de haber dicho herejías en contra de la fe. El caballero que cuida la parroquia teme equivocarse, pues en este caso podría quedarse hasta sin hogar.
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Frente a la seguidilla de abusos eclesiales, se nos impone una palabra en tanto creyentes y en cuanto ciudadanos inmersos en espacios políticos y sociales. Es imposible no sentir un visceral rechazo ante lo que algunos han denominado una cultura de abusos. No cabe duda que algo de ello está ocurriendo.

Hace tiempo, quizás ya demasiado, que la ciudadanía y la “feligresía” están siendo víctimas de formas abusivas de ejercer la autoridad. Es sorprendente cómo Foucault ha vuelto a aparecer en librerías, bibliotecas y conversaciones académicas. No en vano, el tema del poder sigue siendo un problema. O, mejor dicho, se ha constituido en el problema.

Para Foucault, el poder permea todas las esferas sociales y, por extensión, las eclesiales. Con las diferencias propias de cada institución, el poder eclesial se manifiesta en una tensión compleja y, por ello, difícil de abarcar, al menos hasta hoy. Una tensión entre obediencia, como acto de fe, y libertad. Una tensión entre el deber y el poder-hacer, entre la censura y la liberación.

El discurso cristiano es uno de libertad y el mensaje de Jesús solo habla de ello, invitando al creyente a “vivir la libertad de los hijos de Dios” (Rm 8, 21). Sin embargo, el discurso no pocas veces se topa con un ejercicio autoritario del poder, apelando a la jerarquía, títulos y la responsabilidad de las autoridades. Libertad opacada, libertad consumida, libertad pisoteada.

Karadima era el rey en ello. Poblete y su hipocresía, no se quedan atrás ("es que el Hogar de Cristo ayuda a tantas personas"). Los dobles discursos, dobles vidas y falsas imágenes solo son posibles si se convive en una fuerte red de encubrimiento. En un enjambre que prefiere mantener y cultivar el poder –estatus, privilegios e influencias– antes que acoger a las víctimas. La defensa corporativa parece más importante que las enseñanzas de Jesús de Nazaret. El poder abusivo se defiende, por sobre personas y rostros desfigurados por esta misma cultura. Triste es constatar que, en pequeñas y enormes escalas, gran parte de la maquinaria funciona así. Replica lo que ha aprendido.

Cuando la autoridad denigra, maltrata, humilla, silencia, ironiza o avergüenza a sus hermanos y hermanas, se incurre en abuso. Duelen, asombran y entristecen abusos que adoptan ribetes de tortura física, psicológica y sexual, mecanismos foucaultianos de poder opresor sobre los cuerpos.

Si la Iglesia –al menos en su intención y declaración– no tiene nada que ver con aquello, entonces, ¿cómo es posible que lleguen a acontecer destrucciones y atrocidades de tal magnitud? No olvidemos, también, que hay abusos vinculados a una posición socioeconómica y de estatus privilegiado. Lujos, buenos restaurantes, derroches y viajes al extranjero, sin ningún cuestionamiento ecológico ni mucho menos de austeridad. Estos abusos ocurren a vista gorda de la comunidad, muchas veces revestidos de “necesidad pastoral” –es indispensable un nuevo vehículo– o simplemente “personal”, es parte de mi formación.

No es nada de raro que dentro de una cierta jerarquía “cada uno haga lo que le plazca”. En otras palabras, convivimos en la Iglesia y en nuestras comunidades en una tácita red de abusos, una verdadera cultura. Botón de muestra son expresiones tales como “siempre se ha hecho así” o “nunca vimos nada”. Es lógico no ver el agua cuando se está sumergido en ella.

No son pocos y pocas los que levantan su voz contra esta cultura venenosa, llamando a la conciencia y la desobediencia si fuera el caso, invitando al empoderamiento “laical” y a una acción comunitaria autogestionada, sin imposiciones episcopales o parroquiales. Esto está ocurriendo, aunque aún a poca escala. Mientras escribimos estas líneas, la señora de la parroquia sigue voluntariamente teniendo que limpiar los pañitos de la capilla y aceptando los retos del cura si no quedaron bien doblados. Muestra de la “microfísica del poder”.

Por otro lado, de parte de la curia se invita más bien a la comunión, es decir, a no ser muy críticos o densos, a la confianza en que las cosas están mejorando –mientras futuros obispos aparecen con discursos añejos y, nuevamente, abusivos contra la mujer– y se llama a las víctimas a acercarse, cuando no se muestran reales gestos de conversión eclesial y las confianzas están destruidas.

La cultura de abusos no se supera con una conversa fraterna ni con la elección de una buena persona para servicios de autoridad eclesial. Lo que hay –y si queremos seguir a Foucault– es un aparato, un dispositivo, una estructura, con sus engranajes, burocracia implícita y explícita, redes, lobbies, que permiten y –como muchos han logrado ver y nos han ayudado a ver– promueven y alimentan dicha cultura.

Los abusos no se generan solos, detrás de ellos hay todo un aparataje, insistimos, revestido de sacralidad o republicanismo (“La Institución”), que mantiene al abusador abusando y al abusado sobreviviendo. Y a veces ni siquiera.

Parte del engranaje es el temor. Y con esto quisiéramos terminar, el temor pintado de religiosidad es el más peligroso. Los fieles aún le temen al párroco, este –aunque no lo confiese– le teme al obispo y él, probablemente, le teme al papa y a todo lo que pudiera pasar si no hace lo que se espera que haga. El temor lo impregna todo. Los jóvenes, respetuosos y bienintencionados, temen que se les cierren las puertas de la pastoral y los adultos temen que se les critique su actuar evangelizador. El profesor de teología teme que se le vigile o censure y, en el extremo, que se le acuse de haber dicho herejías en contra de la fe. El caballero que cuida la parroquia teme equivocarse, pues en este caso podría quedarse hasta sin hogar.

El temor es como el aceite de los engranajes, está ahí, sigiloso, moviéndolo todo. Engranajes que son voluntarios y por tanto no fiscalizados, que se necesitan, pues no hay filas de interesados e interesadas en ser catequistas, agentes pastorales, seminaristas, religiosas o curas. El pacto necesidad-abuso –muy bien denunciado y denominado perverso por el teólogo benedictino Simón Pedro Arnold, refiriéndose a los seminarios del altiplano peruano que reclutan futuros curas entre los niños de pueblos y familias pobres a cambio de educación, salud y posibilidades de ayuda a sus familias– funciona a la perfección.

Karadima era el rey en ello. Poblete y su hipocresía, no se quedan atrás ("es que el Hogar de Cristo ayuda a tantas personas"). Los dobles discursos, dobles vidas y falsas imágenes solo son posibles si se convive en una fuerte red de encubrimiento. En un enjambre que prefiere mantener y cultivar el poder –estatus, privilegios e influencias– antes que acoger a las víctimas. La defensa corporativa parece más importante que las enseñanzas de Jesús de Nazaret. El poder abusivo se defiende, por sobre personas y rostros desfigurados por esta misma cultura. Triste es constatar que, en pequeñas y enormes escalas, gran parte de la maquinaria funciona así. Replica lo que ha aprendido.

Por ello, la cultura de abusos no cambiará –y no lo hará– hasta que por un lado dejemos de meterle aceite y, por otro, nos atrevamos a modificar las piezas del engranaje y la forma entera de la maquinaria.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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