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La legitimidad del proceso constituyente depende de la gente

por 9 enero, 2020

La legitimidad del proceso constituyente depende de la gente
Las organizaciones colectivas exceden a los partidos. En Chile hay seres humanos organizados desde hace 12.800 años, personas que hablan español hace 500 años y partidos políticos hace menos de 200 años. Los partidos con programa e ideología y con arraigo popular son un fenómeno del siglo XX. Actualmente, sin embargo, los partidos aparecen fragmentados, incomprendidos e incapaces de administrar las esperanzas, diferencias y dolores, por lo tanto, no bastan para el desafío de fortalecer la democracia. Por eso debemos empujar a que existan más espacios como los cabildos y que se proyecten más allá de la coyuntura constituyente, consolidándose como una forma de participación, alternativa y/o complementaria a los partidos. Pero necesariamente deben tener algún rol de carácter vinculante o potestad reconocida por la institucionalidad, para que el llamado sea honesto y no un acto cosmético. 
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Ya es una obviedad que la legitimidad de la nueva Constitución dependerá de la participación ciudadana en el proceso. Sin embargo, hasta ahora, la discusión se ha centrado casi exclusivamente en cómo se conformará la Convención, dentro de las lógicas de la representación indirecta.

Una pregunta relevante y poco formulada es si este tipo de representación indirecta será capaz de canalizar la necesidad de participación e involucramiento político que se expresan hoy en calles, cabildos, escuelas y sobremesas de nuestro país y si los dos plebiscitos serán mecanismos suficientes para que la mayoría se sienta parte del proceso.

Una auténtica solución a la relación entre política y sociedad requiere de la participación continua y activa de la ciudadanía en los procesos políticos que construyan el futuro y no solo una participación indirecta mediante la representación. En este caso, necesitamos crear mecanismos que aseguren que sea el pueblo el que cautele y protagonice el proceso constituyente.

La forma más clásica y limitada de la participación democrática se traduce en votar en elecciones y la representación que otorgan los partidos políticos. Yo participo en un partido, Convergencia Social. Sin embargo, seamos honestos, solo el 6% de los chilenos milita, dato suficiente para cuestionar la eficacia actual de los partidos  para lograr su objetivo, que es justamente ordenar el debate democrático.

Sin embargo, las organizaciones colectivas exceden a los partidos. En Chile hay seres humanos organizados desde hace 12.800 años, personas que hablan español hace 500 años y partidos políticos hace menos de 200 años. Aun así, los partidos con programa e ideología y con arraigo popular son un fenómeno del siglo XX. Actualmente, a inicios de la década del 20 del siglo XXI, los partidos aparecen fragmentados, incomprendidos y sobre todo incapaces de administrar las esperanzas, diferencias, dolores y fuerzas creativas de la sociedad y, por lo tanto, no bastan para el desafío de fortalecer la democracia. Es decir, no cumplen con su razón de ser.

¿Significa eso que la gente no quiere participar en política? No, por el contrario, estos son los mismos tiempos en que han surgido la coordinadora No + AFP, el movimiento feminista, cientos de colectivos ambientalistas, animalistas, movimientos por el derecho a la vivienda y un largo etcétera. De todas formas, muchas personas que participan de las movilizaciones, probablemente sienten, por distintos motivos, que han sido excluidos de la discusión política. Ahora, por necesidad, tomaron en sus manos la acción política con las diversas manifestaciones que hemos visto estos casi tres meses.

Fue la exclusión de la política de las grandes mayorías la que gestó la violenta explosión que hemos vivido. Si el fin de las protestas significa que la persona que está en la calle deje de participar de la vida política, estaremos nuevamente gestando el tumor de exclusión con que nacerá lo nuevo que vayamos a construir como país. Por el contrario, lo que debemos hacer es ajustar nuestras instituciones para que las personas que están participando de las diversas manifestaciones del malestar en este proceso, no dejen por ningún motivo de participar en política.

¿Cómo lograr que no se sientan nuevamente excluidos? Si no es a través de los partidos, otra forma de vincularse con el proceso podría ser la relación directa con un representante de la Convención Constituyente. En la Región Metropolitana, la proporción de habitante por asambleísta será de 1 por cada 150 mil, es decir, la mayoría de los santiaguinos difícilmente verá a uno de sus representantes si es que no creamos un mecanismo para que ello ocurra. Y querámoslo o no, los temas de la Convención, si bien son de la mayor importancia, serán aún más abstractos y poco tangibles que los que se discuten en el Congreso.

Debemos preguntarnos, entonces, a través de qué medios la discusión ciudadana se podría convertir en deliberación colectiva. O dicho de otra forma, de qué manera la ciudadanía guiará el trabajo de los representantes elegidos para redactar y producir la propuesta del nuevo texto constitucional que será sometida a referéndum.

Para ello será necesario articular espacios donde la ciudadanía pueda participar directamente en el proceso constituyente. El trabajo de la Asamblea Constituyente tiene que estar firmemente conectado con las organizaciones territoriales de deliberación ciudadana. Tiene  que hacerse cargo del fenómeno de los cabildos y asambleas autoconvocadas que han surgido espontáneamente a lo largo de Chile, y que dieron el verdadero comienzo al proceso constituyente.

Es más, debemos empujar a que existan más espacios como los cabildos y estos se proyecten más allá de la coyuntura constituyente, consolidándose como una forma de participación, alternativa y/o complementaria a los partidos. Pero necesariamente deben tener  algún rol de carácter vinculante o potestad reconocida por la institucionalidad, para que el llamado sea honesto y no un acto cosmético.

Los mecanismos de participación pueden ser múltiples:  a través de juntas de vecinos; de los municipios; crear instancias que tengan maneras formales de convocarse y tomar resoluciones; cabildos inscritos que citen regularmente a los asambleístas de su distrito para oír las propuestas de mayoría y de minoría, o para convocar a consultas comunales intermedias durante el proceso constituyente, entre otros.

De esta forma contribuiremos a la construcción de un nuevo sentido común, donde esferas distantes, como la sociedad civil organizada en sus territorios y sus representantes en los gobiernos locales, como en el Congreso, comiencen un proceso de acercamiento que nos permita imaginar un futuro donde las barreras den paso a la colaboración. Sobre todo, esta articulación de tejido social puede ser la base para una democracia mucho más participativa, con niveles de involucramiento que reflejen ese despertar político que sigue llenando las calles.

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