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El 18-O, el futuro y los poderes salvajes ante el cambio constitucional

por 12 marzo, 2020

El 18-O, el futuro y los poderes salvajes ante el cambio constitucional

Crédito: Migrar Photo

La revuelta social del 18-O nos entrega la oportunidad en Chile de volver a ponernos en la historia larga de progreso, nos permite escapar del bucle en el cual vivimos atrapados la última parte de la transición, pese a los desbordes democráticos de los movimientos sociales en el ciclo Bachelet/Piñera-Bachelet/Piñera. Ahora bien, hoy la resistencia surge en un contexto inédito, en medio de una sociedad que mira al futuro con más preocupación que cuando mira al pasado, que mira al futuro con expectativas de retrocesos y amenazas más que expectativas de progreso o mejora. Donde el cambio climático y los desastres socioambientales se vuelven cada vez más agudos, con una crisis abierta por el movimiento feminista al patriarcado, con crisis institucionales de una democracia que hizo de la tecnocracia su único proyecto, vaciando de política a una sociedad que se alejaba cada vez más. Ante este escenario, la dominación hegemónica del modelo tambalea y las violencias sobre las resistencias surgen necesariamente con más fuerza que antes.
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Chile enfrenta hoy una gran crisis y una reactivación del conflicto entre ideas que buscan control y distribución del poder mediante una profundización de la democracia versus la defensa del statu quo y el poder de una élite que se acostumbró a ejercerlo sin contrapesos. Este proceso produce un reordenamiento de los actuales proyectos políticos que tendrán su primer enfrentamiento el domingo 26 de abril, ante el plebiscito por una nueva Constitución y una convención constituyente.

Hasta antes del golpe de Estado de 1973 y la violenta instalación del neoliberalismo en dictadura, gracias a décadas de luchas sociales, el país era empujado hacia la creación de algún tipo de seguridad social y progresivo aumento en derechos en salud, educación, vivienda y trabajo. En un ejercicio simple, a esta tendencia podríamos entenderla como progreso[1], esa fuerza que mueve el péndulo de la historia hacia una dirección de justicia social en contraposición a las lógicas libremercadistas o utilitaristas.

Esta tendencia histórica es derrotada a la fuerza, no solo desde un punto de vista netamente socioeconómico, sino que también a un nivel cultural y subjetivo. Más adelante la propia transición chilena a la democracia, que ha cumplido 30 años desde aquel 11 de marzo de 1990, comienza la legitimación total del modelo, consolidando su hegemonía casi absoluta. Le toca a esta consolidación nacional confluir con otro momento histórico global, que es la implosión de la URSS junto a la caída del muro de Berlín, donde se desata la expansión sin igual de la ideología neoliberal por todo el orbe, a tal punto que era caracterizada por los principales líderes políticos y think tanks occidentales ad hoc de la época, casi como una fuerza natural inevitable[2].

Ninguna socialdemocracia fue capaz de sostener con firmeza una oposición a esa agenda, que destruía lo que la clase trabajadora y el mundo popular por años habían logrado, económica y culturalmente, sociedades a base de vínculos en el trabajo, en barrios y poblaciones, una subjetividad comunitaria para avanzar hacia una vida digna.

En el presente milenio en Chile muy lentamente comienzan a surgir movimientos sociales que irrumpen y quiebran sectores estratégicos de hegemonía cultural del modelo (como educación o pensiones), dibujando un horizonte alternativo y buscando retomar la senda de protección y seguridad colectiva en áreas claves para la vida. Comienza una oposición frontal contra esos poderes salvajes que el modelo había desatado[3], esos grandes capitales financieros que no se someten a ningún control democrático, ecológico, ni social, pero que acumulan más poder que cualquier tipo de institución democráticamente forjada, generando que la vida de las personas orbite en un constante riesgo y precariedad, riesgo de endeudamiento, de enfermarse, de pensionarse, precariedades laborales, educativas, etc.

La revuelta social del 18-O nos entrega la oportunidad en Chile de volver a ponernos en la historia larga de progreso, nos permite escapar del bucle en el cual vivimos atrapados la última parte de la transición, pese a los desbordes democráticos de los movimientos sociales en el ciclo Bachelet/Piñera-Bachelet/Piñera.

Ahora bien, hoy la resistencia surge en un contexto inédito, en medio de una sociedad que mira al futuro con más preocupación que cuando mira al pasado, que mira al futuro con expectativas de retrocesos y amenazas más que expectativas de progreso o mejora. Donde el cambio climático y los desastres socioambientales se vuelven cada vez más agudos, con una crisis abierta por el movimiento feminista al patriarcado, con crisis institucionales de una democracia que hizo de la tecnocracia su único proyecto, vaciando de política a una sociedad que se alejaba cada vez más. Ante este escenario, la dominación hegemónica del modelo tambalea y las violencias sobre las resistencias surgen necesariamente con más fuerza que antes.

Es ahí la trascendencia del plebiscito del 26 de abril y el despliegue que logren las fuerzas de cambio por una convención constituyente, de las correlaciones de fuerza que permitan proyectar el impulso democratizador del 18-O en todos los lugares posibles. Se requerirá esa fuerza para que, después de cuatro décadas, podamos tal vez de nuevo abrir una senda de progreso, esta vez no solo material, sino que un progreso en dignidad, en justicia social... Lograr que la democracia tenga la fuerza para protegernos junto al planeta, nuestros barrios y territorios de esos poderes salvajes que hoy no se presentan a ninguna urna, pero determinan la producción de la vida.

(...)

[1] El debate sobre el concepto de progreso es amplio, en este caso se aplica para contraponer avances en derechos y bienestar social por sobre cantidad y velocidad de circulación de mercancías y su acceso. Un ejemplo de este debate se puede encontrar en el libro de Carlos Fernández Liria, En Defensa del Populismo.

[2] Tony Blair señalaba en un congreso del Partido Laborista que pretender detener la globalización era como pretender que al verano no siguiera el otoño. El análisis más profundo de este y otros temas aparece en el libro El gran retroceso. Un debate internacional sobre el reto urgente de reconducir el rumbo de la democracia (2017), de Santiago Alba Rico.

[3] El jurista ítalo-francés Luigi Ferrajoli utiliza el término poderes salvajes para referirse a aquellos que superan todo control institucional, político y social, concentrando a su haber cada vez mayor poder.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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