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Menos seguros, más humanos

por 10 abril, 2020

Menos seguros, más humanos
Aunque sabernos frágiles nos identifica con los hombres y mujeres de nuestro tiempo, es fundamental reconocer que la maldita incertidumbre no se distribuye de manera equitativa en las calles. La pandemia, que efectivamente nos afecta a todos, ha cobrado y cobrará su mayor cantidad de víctimas entre los más pobres: si no es por la misma enfermedad, será por sus graves efectos en la economía. Es hora de reconocer, con vergüenza, que hemos estado perdidos, buscando desesperadamente seguridad en el acaparar. No puedo evitar pensar en la octava víctima, un hombre de 44 años que sobrevivía en situación de calle. Un virus de China viaja en algún empresario a Europa, es traído por algún turista chileno y termina asesinando a un indigente de Molina. Fue tarde para enfrentar al virus, porque también lo fue para revertir los efectos del egoísmo social.
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Hace pocos días, intercambiando mensajes con mi abuela Sara de casi noventa años, escuché su voz temblorosa y acalorada expresar lo siguiente: “Hijo, estoy enojada con todos, estas cosas se supone que ya no pasaban, estoy enojada con tu tío que no me deja ni ir al patio, estoy enojada con la tele, porque repiten las mismas teleseries y, además, estoy enojada con el virus este, que ni siquiera puedo ver, es como un terremoto que no se acaba, ¡Quizás hasta cuándo me van a tener así!”.

Debo reconocer que me causó mucha gracia oírla, pues era un tono no muy propio de ella. Pronto entendí que no estaba enojada y menos exageraba. Parecía asustada, insegura, quizás sentía angustia e incertidumbre al perder el control de su sencilla rutina. Entonces, tomé en serio sus palabras: “Estas cosas ya no pasaban”, “hasta cuándo me van a tener así”. Empatizando con sus sentimientos he intentado entender lo que yo mismo he experimentado estos días y me pregunto: ¿Cómo nombrar lo que siento?, ¿cómo vivirlo?, ¿cuándo volveré a sentirme como antes? Son algunas de las inquietudes que, como banda sonora de película de suspenso, me han acompañado permanentemente desde que empezó todo esto.

Similar a mi abuela, algo de esto me evoca el terremoto del 95 en Antofagasta. Tenía apenas 10 años, sin embargo, recuerdo perfectamente la fragilidad de mis padres, la preocupación de ellos por otros, las largas filas para buscar agua potable en la escuela de la esquina y los innumerables cortes de luz. También vuelve a mí la angustia en el rostro de mi madre, corriendo durante las réplicas a reunirnos. Pasamos largas horas solos en familia, acompañados tan solo por una linterna y la radio.

La sociedad se encuentra ante una oportunidad única de conversión. Sin embargo, podemos dejar escapar esta posibilidad y continuar en el mismo vicio autodestructivo. Si nos dejamos gobernar por la incertidumbre, perseveramos en asegurarnos a costa de los demás, buscando estérilmente la seguridad en el espejo. Surge el peligro de tenernos como enemigos, temernos, hacernos extraños unos de otros. Lo que está en juego va mucho más allá de superar esta enfermedad. Porque antes de ella, ya había otra que, no satisfecha con robar vidas, amenaza con quitarnos la humanidad.

Estoy seguro que ese recuerdo mío tiene su correlato en la gran mayoría de los chilenos y chilenas, que tenemos en los terremotos un punto de referencia de toda catástrofe. Efectivamente, parece que estamos viviendo un “terremoto que no se acaba”, sino que más bien crece en intensidad. Al escuchar las noticias, se nos dice que lo peor aún está por venir, vemos aterrados lo que está sucediendo en Italia o España y una vocecilla nos sitúa en el peor escenario, se hace patente la incertidumbre y el temor.

Hoy, replegados en nuestras casas, acechados por la mismísima muerte, la incertidumbre se experimenta en un porvenir que de pronto se hace borroso. El trabajo, la rutina, la economía, ahora tambalean y nos vemos frágiles como esas burbujas de jabón que maravillan a mi sobrino. Qué desagradable se siente cuando hasta hace poco gran parte de lo que hacíamos, justamente, tenía por finalidad huir de la fragilidad. Parece que luego de nacer desnudos y dependientes, lo que queda por delante es alejarnos lo más posible de la inseguridad. Es que la idea de éxito que parasita a nuestra cultura, conlleva una pulsión desmedida por estar asegurados.

Como brote en tierra reseca, hoy emerge la experiencia de la dependencia: echamos de menos, queremos ver a los nuestros, la pantalla estorba y urge desde las entrañas mirarnos a los ojos y abrazarnos. En el miedo y la incertidumbre se vislumbra un horizonte colectivo, de pronto la fragilidad nos sacude y restaura la igualdad fundamental. Paradójicamente es en la experiencia del aislamiento donde resurge, puro, nuestro ser social, desenmascarando al individualismo y el consumo como ídolos, intentos estériles por encontrar seguridad donde no la habrá jamás.

Aunque sabernos frágiles nos identifica con los hombres y mujeres de nuestro tiempo, es fundamental reconocer que la maldita incertidumbre no se distribuye de manera equitativa en las calles. La pandemia, que efectivamente nos afecta a todos, ha cobrado y cobrará su mayor cantidad de víctimas entre los más pobres: si no es por la misma enfermedad, será por sus graves efectos en la economía. Es hora de reconocer, con vergüenza, que hemos estado perdidos, buscando desesperadamente seguridad en el acaparar. No puedo evitar pensar en la octava víctima, un hombre de 44 años que sobrevivía en situación de calle. Un virus de China viaja en algún empresario a Europa, es traído por algún turista chileno y termina asesinando a un indigente de Molina. Fue tarde para enfrentar al virus, porque también lo fue para revertir los efectos del egoísmo social.

La sociedad se encuentra ante una oportunidad única de conversión. Sin embargo, podemos dejar escapar esta posibilidad y continuar en el mismo vicio autodestructivo. Si nos dejamos gobernar por la incertidumbre, perseveramos en asegurarnos a costa de los demás, buscando estérilmente la seguridad en el espejo. Surge el peligro de tenernos como enemigos, temernos, hacernos extraños unos de otros. Lo que está en juego va mucho más allá de superar esta enfermedad. Porque antes de ella, ya había otra que, no satisfecha con robar vidas, amenaza con quitarnos la humanidad.

Por otra parte, podemos convertirnos, dejarnos tocar por la sabiduría que emerge y aprender a vivir de nuevo, ahora como una sociedad en que reconocemos un destino colectivo y cultivamos una cultura donde somos capaces de amar la fragilidad de la vida sin huir de ella. Hoy, anhelando a mis seres queridos con los que mantengo obligatoria distancia, descubro novedosa una característica eterna del amor, la qué lamentablemente tenía asumida como obvia. Acaso el amor no se alimenta de la mutua dependencia, del cuidar y dejarse cuidar. Acaso no nos sabemos verdaderamente amados solo cuando se nos conoce y ama en lo más profundo de nuestra fragilidad. Entonces, experiencias tan desagradables como la inseguridad y la fragilidad, están en la raíz de la virtud más extraordinariamente humana, el amor.

Al darnos cuenta de que el control sobre la propia vida se descubre como falacia y evidenciar que la fragilidad es inherente y permanente, nos encontramos de frente ante un gran aprendizaje: quizás seremos más frágiles, pero seremos más humanos. En esta conversión puede haber hoy una clave para transitar desde la incertidumbre a la esperanza.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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