jueves, 1 de octubre de 2020 Actualizado a las 18:30

OPINIÓN

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Sin ciudadanía el barco no flota

Sin ciudadanía el barco no flota
Seamos claros: las normas aprobadas hasta ahora para realizar el plebiscito no aseguran a las grandes masas participación real más que en el voto. Aún restan acciones necesarias para asegurar el acceso real al poder constituyente a los independientes, a las mujeres sin partido, a los representantes de las etnias y de diversos grupos sociales. Si los partidos políticos no abren el juego, si intentan la representación de las minorías a partir solo de sus leales, estarán cometiendo un error histórico de proporciones. Hay que leer bien este escenario. Vivimos el fin de un ciclo. La nueva época vendrá con la elite política como facilitadora o como obstáculo. El nuevo Chile quiere ser construido por nuestros compatriotas para sus familias, hijos y nietos, a partir de la igualdad y de una Constitución de muchos, realmente democrática, con la participación de todos.
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La Cuenta Pública del Presidente Sebastián Piñera se enmarcó en una reveladora imagen recogida por sectores de la prensa: la de un Gobierno que navega en un barco sin timón, en medio de un mar muerto. No existe un puerto de destino y no se ve orilla alguna. Solo cabe achicar el agua que anticipa el inminente hundimiento, como un acto instintivo y desesperado.

Matices más o menos, ya se instaló la sensación del “pato cojo”. Propios y ajenos reconocen, en privado, que políticamente el Gobierno se acabó. Quienes quieren cambios saben que Piñera no liderará el término de la sociedad del abuso y la desigualdad. Tampoco es un buen timonel para quienes se aferran al statu quo y a los privilegios. Piñera ya no tiene fuerza para impulsar su programa, hoy fracasado y contestado por la ciudadanía.

La causa de esta crisis es la mala gestión. A la protesta social el timonel respondió con la guerra; en el control de la pandemia, se evidenció un brutal desconocimiento de la realidad social de Chile; tampoco aporta mucho con goteos de ayudas tardías y desenfocadas para una desesperada clase media. No hay que buscar disensos ideológicos o programáticos en el fraccionamiento de la derecha. Es la mala gestión la que gatilló la crisis política. Ahora, para controlar ese descontento, el Presidente la instaló en La Moneda. De fondo, se vislumbra algo más profundo: el ocaso del hiperpresidencialismo autoritario y centralista de la Constitución del 80.

Algunos pidieron el cambio de gabinete para intentar abrir una nueva etapa. Pero, al igual que en el Titanic, la debacle del Gobierno es un tanto más estructural que la incompetencia de los músicos. El que peor desafina es el director. La debilitada autoridad presidencial intenta salvar su mandato controlando desde el Gobierno las rencillas entre y dentro de sus partidos políticos. Pero el discurso presidencial evidencia lo que ya sabemos. No habrá cambio de rumbo ni intentos por sintonizar con la ciudadanía. Con todo, será la cara más extrema de la derecha la encargada de ordenar el barco. Justo la que no quiere cambios.

Nos guste o no, la duda está: ¿cómo enfrentará el país esta falta de gobernabilidad por 17 meses más?, ¿de verdad alguien cree que un “parlamentarismo de facto” podría sacarnos del túnel?, ¿acaso será el Congreso, aún con menos apoyo ciudadano, la oferta de la política ante el vacío de poder?

El barco no flota para el Gobierno, para las oposiciones, ni para el país. Cuidado con los espejismos. No creamos que por haber aprobado el retiro del 10% de las AFP las oposiciones hicieron su trabajo, se reencontraron con sus electores y ahora están ungidas. La reforma constitucional fue un triunfo completo de la ciudadanía, no de nosotros los políticos. Simplemente fuimos notarios de una decisión antiabuso ya decretada por la ciudadanía. Y probablemente es esta ciudadanía empoderada lo que angustia a quienes vuelven una y otra vez a la tesis de los “grandes acuerdos nacionales”, vestidos ahora de “sensatez”. Hay quienes actúan como si lo vivido las últimas semanas y meses fuera un irracional berrinche infantil. El transversal “partido del orden” de derecha e izquierda insiste en imponer a Chile los límites de lo correcto, la medida de lo posible y la frontera de lo necesario.

No sería de extrañar que usaran como subterfugio el proceso constituyente para intentar “encauzar” el debate y no desencadenar el nuevo ciclo histórico que Chile necesita y reclama. La ilusión del retorno de una elite que quiere monopolizar la discusión pública y contener a una ciudadanía que insistirá cuanto sea necesario en ser protagonista. Este es el contexto en que las oposiciones deben construir un barco que flote para todo Chile. La unidad y propuestas de futuro de la política deben nacer de una genuina vinculación con la ciudadanía, la sociedad civil organizada y el mundo del emprendimiento empresarial. Una alianza sociopolítica que coloque a los chilenos y chilenas como actores centrales del proceso.

La forma en que salgamos de las crisis social, sanitaria, económica y política dibujará el país del futuro y su gobernabilidad. Sin un urgente cambio de rumbo, Chile saldrá más pobre, desigual y tensionado. Surgen con claridad las cuatro urgencias de las familias para el resto del año: cesantía y hambre, posible rebrote de la pandemia, deudas acumuladas y miedo al futuro.

Por un lado, es urgente construir un plan robusto de generación de empleo, inversión y reactivación con protección social eficaz. Y por otro, debemos también hacernos cargo del “nuevo Chile” que el país demanda. Un nuevo pacto social gestado por la mayoría.

Vamos a tener que conducir con lentes bifocales. Las necesidades inmediatas son, al mismo tiempo, causa y consecuencia en el debate de fondo.  El proceso constituyente, las alianzas y el Gobierno que necesitamos deben estar dotados de mayor densidad ciudadana. Deben fundarse en la participación y no en la ingeniería de las dirigencias. Hay que sentar las bases de un efectivo diálogo que irrumpa desde nuestras comunidades en cada uno de sus territorios. El nuevo pacto social deberá estar definido por su diversidad, con pueblos originarios, paridad de género e independientes. En suma, necesitamos impulsar un proceso político que sea de la gente, no capturado por los mismos de siempre.

Seamos claros: las normas aprobadas hasta ahora para realizar el plebiscito no aseguran a las grandes masas participación real más que en el voto. Aún restan acciones necesarias para asegurar el acceso real al poder constituyente a los independientes, a las mujeres sin partido, a los representantes de las etnias y de diversos grupos sociales. Si los partidos políticos no abren el juego, si intentan la representación de las minorías a partir solo de sus leales, estarán cometiendo un error histórico de proporciones.

Hay que leer bien este escenario. Vivimos el fin de un ciclo. La nueva época vendrá con la elite política como facilitadora o como obstáculo. La superación de la crisis no permitirá a algunos retornar a sus zonas de confort. El nuevo Chile quiere ser construido por nuestros compatriotas para sus familias, hijos y nietos, a partir de la igualdad y de una Constitución de muchos, realmente democrática, con la participación de todos.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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