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La estatua robada

por 17 marzo, 2021

La estatua robada
Los ciudadanos de Santiago necesitan esa estatua documentada con todas las pinturas que le caigan y que la visten y la travisten a cada instante. La estatua necesitaba un centro de documentación de su historia pública; desde la fotografía de cajón hasta las masivas manifestaciones de estos años. Pasó el tiempo de las monumentalidades solemnes, indiferentes y mudas. El Estado ya está formado y el sentido de una comunidad popular, de tantas maneras defraudado, emprende nuevas búsquedas, ahora, en la diversidad y en la amabilidad más que en la grandeza de la muerte. Ojalá, detrás de la empalizada, alguien tenga la ocurrencia de instalar un recinto de exhibición de la historia de esta estatua anodina, devenida ritmo y pulso de la historia.
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11 noviembre 2020

La estatua es un vaciado de bronce en el molde de una época. El monumento, que no es el general, ha tenido una vida propia y nueva trabajando en las protestas populares del último año. Un caballo y su jinete están varados desde 1928 en los restos de una antigua plazoleta redonda, frente a la Estación Pirque de los ferrocarriles. El túmulo de bronce está en el centro de la articulación de una ciudad devenida inmensa. En esta plaza se reúne a la vez el centro y el límite de Santiago. Se trata del nodo que hace de frontera entre los mundos que forman la capital. La plaza, a la vez, constituye el punto medio hacia el que la ciudad converge y desde el cual despliega su divergencia.

La Plaza Italia-Baquedano-De la Dignidad, ha sido el centro de celebración y de manifestación de los chilenos por más de medio siglo. Hubo incluso un proyecto para hundir la circulación de autos y buses y dejar la plaza como explanada cívica. No es probable que ese codo de la capital pierda el carácter de punto de inicio de las congregaciones y movilizaciones de los habitantes de Santiago. Habría que cambiar la estructura segregada de la ciudad para que las plazas vuelvan a ser lugares familiares y la Dignidad deje de ser el campo de batalla de las aspiraciones a una mayor justicia social.

Los espacios públicos evolucionan con su propia historia. Los monumentos pierden la estrechez de lo que han representado originalmente y empiezan a cargarse de las miradas que han atraído y de las huellas que los han marcado.

Las esculturas en los espacios de la ciudad viven una vida civil y política que no depende de las intenciones históricas de los artesanos creadores ni de los autores del encargo. Todo monumento está sujeto a su carácter de archivo público y depende de las señales y de las huellas de las que es portador. Este redondel ha sido desde hace decenios la pista de baile de los santiaguinos, es el lugar de celebración de un pueblo cuya historia está escrita en las calles y al margen de los libros.

Los ciudadanos de Santiago necesitan esa estatua documentada con todas las pinturas que le caigan y que la visten y la travisten a cada instante. La estatua necesita un centro de documentación de su historia pública; desde la fotografía de cajón hasta las masivas manifestaciones de estos años. Tal vez ese sea el destino de gráfico de la estación de Metro adosada a la estatua. Un centro de documentación histórica debe apoyar a la retina de la gente que es más cuidadosa de la memoria que cualquier atribución representativa de valores institucionales. Pasó el tiempo de las monumentalidades solemnes, indiferentes y mudas. El Estado ya está formado y el sentido de una comunidad popular, de tantas maneras defraudado, emprende nuevas búsquedas, ahora, en la diversidad y en la amabilidad más que en la grandeza de la muerte.

Si la estatua es derribada o retirada, se perderá de las celebraciones que vendrán y que la tendrán a ella como testigo y punto de convergencia. No se puede cambiar esa escultura por otra, porque ya no sería el soporte de la amazona del 8M de 2020 y de su estandarte. Dejaría de ser el lugar de apertura del gran ojo popular que permanece vigilante y que se niega a ser cerrado.

La estatua debe ser respetada como volumen y soporte de una convocatoria popular que es el monumento vivo de la historia en marcha. El vándalo, no el que pinta o se monta, sino el que martilla, es esencialmente un estúpido que socava sus propias posibilidades expresivas.

La estatua secuestrada

14 marzo 2021

Hace un par de noches, con toque de silencio y trompetas incluidas, el Ejército trasladó la estatua de Baquedano a un lugar seguro. Había dos gestos prohibidos en este enfrentamiento político sobre la cultura. Destruir y sacar la estatua. Ni los vándalos, ni los generales, ni la policía burocrática entienden los conflictos en los que esta envuelta la caballería monumental. Cada época define su paisajismo y su espacio público según las necesidades de la convivencia que se quiere instituir. La memoria hecha lugar de encuentro es un terreno que se disputa para ser ocupado por fuerzas emergentes o mantenido como testimonio y orgullo de los que están amparados por instituciones extemporáneas.

Los monumentos son las fábricas de una cultura del Estado y de la Nación que, sin ellos y su mitología, no alcanzarían a constituirse para convocar al pueblo a morir por lo que no es suyo. La estatua del general con apellido contrasta con la discreción de la tumba del soldado sin nombre; la carne de cañón, que descansa en las entrañas de la celebración bronceada del héroe. Esas vidas perdidas anónimamente son los fantasmas que claman hoy por un reconocimiento encarnado en los cuerpos que bailan quebrando la cintura estrecha de Santiago. En eso consiste la ronda imaginaria que hemos experimentado y que hemos empezado a observar recién hace un año y medio.

¿Qué es un patrimonio?

Los cambios de época no consisten en que unos se apropien del botín de los otros, como en un encuentro cinematográfico de piratas. Para escribir la historia, los vencedores están obligados a dejar las páginas llenas de borrones, manchas y huellas de vacíos, colmados por descartes. Tarde o temprano sus sesgos y sus falsificaciones quedan descubiertos. Lo que cambia con la época no es el relato, es la relación de valor entre las cosas.

En esas turbulencias descansa la noción debatible de lo que debe considerarse patrimonio, cuando su relación con la comunidad se ha roto como en un divorcio. No todo lo viejo que permanece de pie constituye patrimonio, es necesario que siga caminando con la gente. La herencia no es lo que deja el muerto sino lo que la descendencia está dispuesta a recibir y aceptar. No hay herencia sin que ella sea asimilada y usada en la formación del capital del heredero. Por ahora, nuestro debate patrimonial en torno a la estatuaria es pobre y burocrático, porque no incorpora la vida callejera de la gente.

Algo han hecho mal los administradores testamentarios que ha llevado a que la donación escultórica sea rechazada, en este punto de su futuro. Lo que está en juego ahora, es que los elementos que producen cohesión social son diversos y flexibles, corporales y populares; opuestos a la rigidez del bronce y abiertos inauguralmente a la ‘ronda-ronda’ como forma general de los volúmenes y los diseños del espacio público. Lo que podemos valorar hoy no es la celebración de la muerte sino la vida, con sus dobleces dramáticos y humorísticos. Hoy los héroes son anónimos y podría ser cada uno, en la medida en que participamos todos, con nuestras debilidades y momentos virtuosos, no heroicos sino comunes y solidarios.

Las manchas de pintura, el humo, las luces y los cientos de poses fotográficas, incluidos los fuegos de artificio, son las huellas de este proceso cultural que debe, necesariamente, pasar por el mal gusto, para experimentar las energías que se desatan en una relación viva con la historia. Desde arriba de la grúa, las pretensiones ‘patrimoniales’ de la institucionalidad las lleva a presentarse, ellas mismas, como estatuas, estado terminal, calcificado, de su propia historia.

Lo que ahora son los restos de un orgullo escamoteado, ha pasado a ser examinado por el revés, como derecho al derecho. Lo que los chilenos piden de vuelta no es lo que Piñera se comprometió a devolver sino su contrario vivido como espacio de reunión alrededor de la estatua. Lugar conquistado como pliego de peticiones y de actuaciones, de una historia que, no lo olvidemos, ha sido plebiscitada por la ciudadanía. Ojalá, detrás de la empalizada alguien tenga la ocurrencia de instalar un recinto de exhibición de la historia de esta estatua anodina, devenida ritmo y pulso de la historia.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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