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Auge y ocaso del ministro

por 5 abril, 2021

Auge y ocaso del ministro
Por supuesto que Enrique Paris le cambió el estilo y el tono al manejo de la pandemia cuando asumió en junio pasado. Incluso llegó a convertirse en el ministro mejor evaluado, a gran distancia del resto, porque la gente confió en él. Pero de la misma forma fue perdiendo fuerza, porque se le empezó a ver como un ejecutor de decisiones tomadas en otro nivel y con cada vez menos autonomía. Además, la irrupción de un recargado Jaime Mañalich –que parece el verdadero ministro en las sombras, más aún cuando es sabido que Piñera lo consulta habitualmente– terminó por disminuir más la figura del expresidente del Colegio Médico. Mañalich exigió cuarentena de la RM y el cierre del aeropuerto y, pese a las resistencias de la dupla Paris-Daza, La Moneda terminó haciéndolo.
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La puesta en escena en el punto de prensa del jueves pasado, marcará la historia de la gestión del Gobierno en esta larga y trágica batalla contra el SARS-CoV-2. Titubeos, equivocaciones al leer, largas pausas y duros cuestionamientos a los periodistas presentes. No hay nada peor en una crisis que ver nerviosos y preocupados a quienes están a cargo.

Lo que ocurrió ese día fue que la ciudadanía observó, en directo, el abatimiento frente a una dura realidad de un Gobierno que hasta hace unas semanas se jactaba del liderazgo mundial en las vacunas y anunciaba la luz al final del túnel. A lo anterior, se sumó la extraña aparición del vocero de La Moneda, quien desplegó un largo y autocomplaciente discurso, que luego se entendería como un intento de respaldar políticamente al ministro de Salud.

La autoridad de Salud reaccionó tarde, qué duda cabe, teniendo que endurecer las medidas por presión, antes que el colapso sea total. Veremos esta vez si no repite los errores que le han restado liderazgo, como cuando cedieron ante la Iglesia o cuando los dirigentes de la Vega lograron revertir en menos de tres horas el anuncio de la eliminación de permisos para los fines de semana. Tampoco creo que Paris deba renunciar ni ser acusado constitucionalmente. No hay mucho tiempo que perder, pero aquí se deberían hacer cambios profundos y tener un mínimo de autocrítica de la autoridad. Porque si hay un responsable de este “efecto de falsa seguridad” impulsado por el Gobierno, más que el ministro, es el Presidente.

Resulta que, en poco menos de un mes, la estrategia seguida por la autoridad se derrumbó como un castillo de naipes. Atrás quedó un sobreexcitado Sebastián Piñera grabando videos en vacaciones o concurriendo a recibir las partidas de vacunas, como si fuera un jefe de Estado. No cabe duda, y los medios internacionales lo han destacado The New York Times, The Economist y The Washington Post–, que Chile apostó todas sus cartas en el proceso de vacunación. Por eso, optó por mantener el aeropuerto abierto, lanzó el permiso de vacaciones, relajó las exigencias y se obsesionó para que los estudiantes volvieran a clases presenciales. Sin embargo, obvió el posible efecto de las nuevas cepas y, también, mirar lo que estaba pasando en otros lados.

Sin duda, el exceso de confianza le pasó una nueva cuenta al Presidente, porque, más allá que el rostro del problema ahora sea Enrique Paris, no cabe duda que quien toma las decisiones es Piñera. Yo no creo que el ministro sea el culpable de lo que él mismo torpementese atrevió a calificar como “catástrofe”, cuando advirtió que solo en ese escenario se cambiarían las elecciones. Si hay algo de lo que se puede acusar a Paris es que le faltó liderazgo para, unas tres semanas atrás, haber señalado públicamente que como autoridad de Salud recomendaba postergar el proceso del 10 y 11. Fue Mañalich y no él quien puso la alarma.

Todo esto partió cuando el Gobierno definió un relato a comienzos de enero que buscaba crear la sensación de que tenía bajo control al virus. Creo que el Presidente se jugó el todo por el todo con su estrategia. El objetivo era obvio: mostrar control y confiar en que la proyección de liderazgo gracias a las vacunas tranquilizaría a la población. Pero eso, sumado al permiso de vacaciones, lo que hizo fue que la gente bajara la guardia. Después de un año, en que todos estábamos viviendo la fatiga pandémica, se necesitaba una señal, un “permiso psicológico”. Y el Gobierno lo entregó. Pero quien remató el cuadro fue el ministro Figueroa, hoy en silencio, el que de manera obsesiva y poco racional insistió en el regreso a clases, lo que terminó por confirmarles a las personas que todo estaba bien.

La sensación que queda después de lo que pasó durante marzo el peor mes de la pandemiaes que el ministro no fue capaz de adelantarse y de jugar una carta más audaz para evitar el colapso. No olvidemos que, ya en noviembre de 2020, el Minsal contaba con una proyección de segunda ola para ese mes, que pronosticaba entre 6 mil y 9 mil contagios diarios. Paris tuvo una dura semana, en que fue criticado en el Parlamento y desde el propio Gobierno por adelantar las medidas que se anunciaran el jueves 1, además venía arrastrando las burlas por un innecesario homenaje que le hizo a su jefe en un punto de prensa, que terminó de restarle legitimidad.

Hoy Chile atraviesa un momento muy crítico. Hemos batido todo tipo de récord y, de ser “los mejores” del mundo en aprovisionamiento de vacunas, pasamos a tener más de un millón de contagios, casi 30 mil muertes, superar los 8 mil casos diarios y nuestra capacidad de UCI está al límite. Hemos regresado al macabro “cuadro de honor” de los primeros 14 países más afectados por el virus, si consideramos los casos cada 100 mil habitantes. Y aunque nos acercamos al 30% de la población vacunada en segunda dosis, la cifra que verdaderamente cuenta, la presencia de las cepas B.117 británica y P.1 y P.2 brasileñas están indicando algo que el Gobierno no tenía en sus cálculos cuando decidió basar toda su estrategia en la vacunación: su agresividad es tan fuerte, que es probable que las vacunas no logren contrarrestar su ataque o, en el mejor escenario, se deba considerar una tercera dosis, la que recordemos dura alrededor de seis meses.

La autoridad de Salud reaccionó tarde, qué duda cabe, teniendo que endurecer las medidas por presión, antes que el colapso sea total. Veremos esta vez si no repite los errores que le han restado liderazgo, como cuando cedieron ante la Iglesia o cuando los dirigentes de la Vega lograron revertir en menos de tres horas el anuncio de la eliminación de permisos para los fines de semana. Tampoco creo que Paris deba renunciar ni ser acusado constitucionalmente. No hay mucho tiempo que perder, pero aquí se deberían hacer cambios profundos y tener un mínimo de autocrítica de la autoridad. Porque si hay un responsable de este “efecto de falsa seguridad” impulsado por el Gobierno, más que el ministro, es el Presidente.

Por supuesto que Enrique Paris le cambió el estilo y el tono al manejo de la pandemia cuando asumió en junio pasado. Incluso llegó a convertirse en el ministro mejor evaluado, a gran distancia del resto, porque la gente confió en él. Pero de la misma forma fue perdiendo fuerza, porque se le empezó a ver como un ejecutor de decisiones tomadas en otro nivel y con cada vez menos autonomía. Además, la irrupción de un recargado Jaime Mañalich –que parece el verdadero ministro en las sombras, más aún cuando es sabido que Piñera lo consulta habitualmente– terminó por disminuir más la figura del expresidente del Colegio Médico. Mañalich exigió cuarentena de la RM y el cierre del aeropuerto y, pese a las resistencias de la dupla Paris-Daza, La Moneda terminó haciéndolo.

Pero el problema de esta “catástrofe” no es solo de Paris. Si llegaran a sacarlo del gabinete, significaría que se optó por cambiar un fusible. No creo que esa sea una buena solución en medio de una crisis de esta magnitud, sin embargo, es la hora también de asumir un mínimo de autocrítica. Bueno, ya saben a quién me refiero.

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