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La jugada de Sichel

por 3 diciembre, 2021

La jugada de Sichel
La jugada de Sichel le ha devuelto temporalmente algo de protagonismo, al poner en algún aprieto las vocerías del equipo de Kast. Sano sería también que la centroizquierda mantuviera un espíritu más crítico. Mal que mal, algunos socios mayoritarios de la opción de Apruebo Dignidad también parecen complicarse al suscribir “mínimos civilizatorios”: defienden dictaduras añejas, propusieron ministerios para tutelar a los medios de comunicación, y no siempre parecen tan entusiastas con los organismos internacionales. 
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Son curiosas las conversaciones entre candidatos ganadores y derrotados en elecciones presidenciales como las chilenas. Como casi la mitad de los chilenos y chilenas que acudieron a votar a la primera vuelta, mi opción no consiguió un boleto para el balotaje.

No me cuento entre quienes al día siguiente ya habían actualizado sus perfiles en redes sociales para apoyar al contendor de su preferencia en este segundo y final round, ni de los que buscan apurar la retórica de la unidad más amplia, ni tampoco de quienes son convocados por los votos “en contra”. Por el contrario, mi reacción inmediata, sanguínea, “picada” quizás, era muy distinta. En mi caso, que al candidato de Apruebo Dignidad le costara obtener la venia del mundo de la centroizquierda, tan vapuleado por él en otros tiempos. Que tuvieran que negociar. Que se enriquecieran los programas con nuevas propuestas.

Pero como decía al comienzo, son curiosas estas conversaciones “entre vueltas” en Chile, especialmente porque los candidatos minoritarios y sus coaliciones no tienen realmente una moneda de cambio. A diferencia de los sistemas parlamentarios, donde estos tienen la potencialidad de determinar qué grupos formarán el gobierno, o incluso del sistema chileno previo al golpe de 1973, donde el Congreso tenía opción de elegir entre las dos mayorías relativas, aquí lo que está en juego no es mucho más que apoyo simbólico, gestos, o la incorporación de una que otra propuesta o rostro… si el candidato vencedor está de acuerdo. Tampoco son frecuentes los llamados activos a anular, aunque así lo ha hecho el movimiento fundado por Soledad Alvear.

Así las cosas, pareciera que no queda mucha otra alternativa que la de resignarse, ya sea apoyando al candidato más cercano o guardando silencio. En último término, hoy más que nunca pareciera que ninguna candidatura es “dueña de sus votos”, y el electorado de cada opción rara vez pareciera monolítico o ideológico incluso.

En este contexto, cabe destacar la jugada de Sebastián Sichel –quien, mal que mal, ganó una primaria y no despreciables votos en primera vuelta– de invitar a Kast a 9 compromisos para “reforzar la democracia”. En una aproximación en algo similar a la de Evópoli, pero mucho menos conformista y bastante más decidida desde la perspectiva de mantener viva una cierta tradición liberal de derecha, aísla y “da traslado a la contraparte” en aspectos críticos. La gran mayoría de ellos no son “políticas” sino principios por muchos calificados como “mínimos civilizatorios”.

A pesar de la relativa futilidad de “condicionar” a los candidatos ganadores, por lo que decíamos al comienzo, esta acción no carece de sentido. En primer lugar, porque es importante –aunque sea testimonial– en momentos donde muchos vemos con preocupación el debilitamiento de las instituciones y el ethos democrático. Famoso es el dicho que las cosas “por sabidas se callan, y por calladas se olvidan”. 

Por otro lado, fuera de una transacción entre fuerzas políticas, posiciona el excandidato este conjunto de temas no solo en la discusión pública, sino que posiblemente en incontables sobremesas. Quizás mi esperanza es que esto ayude a trasladar la conversación desde el laxamente usado “fascismo” a temas más concretos: del rol de los órganos multilaterales al rol del Estado frente al COVID-19.

Otra cosa que nos ha permitido observar esta jugada es la reacción del equipo de Kast, tanto internamente (¿será el mutismo de Kast una tónica en temas que generan tensión dentro de su equipo?), como frente a quienes pueden ser sus aliados. Esto último no es menor, en circunstancias que –si no para la segunda vuelta presidencial– sí que va a ser importante negociar y establecer alianzas en un Congreso extremadamente parejo.

La jugada de Sichel le ha devuelto temporalmente algo de protagonismo, ha puesto en algún aprieto las vocerías del equipo de Kast, y ha resumido y enfocado los temas en que no se está dispuesto a transar. Sano sería también que la centroizquierda mantuviera un espíritu más crítico. Mal que mal, algunos socios mayoritarios de la opción de Apruebo Dignidad también parecen complicarse al suscribir “mínimos civilizatorios”: defienden dictaduras añejas, propusieron ministerios para tutelar a los medios de comunicación, y no siempre parecen tan entusiastas con los organismos internacionales. 

Aunque aparentemente la distancia entre este mundo y Boric parece ser menos que la existente entre Sichel y Kast, bien le haría ser menos complaciente y explicitar también, con ánimo constructivo y con un gran potencial cívico, los puntos ciegos que, a su juicio, existen en el programa de Apruebo Dignidad. Existir como fuerza política propia. Quizás también nos ayude a dar una luz de su predisposición externa y coordinación interna, en caso de llegar a ser gobierno. 

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