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Lecciones aprendidas durante la pandemia de la COVID-19: una mirada desde la ciencia

por 6 diciembre, 2021

Lecciones aprendidas durante la pandemia de la COVID-19: una mirada desde la ciencia
Debemos asumir un rol activo, militante del credo que indica que el conocimiento científico es la única forma de resolver los problemas complejos que hoy enfrentamos. Extraer los aprendizajes y llevar los mensajes de una manera simple, usando todas las plataformas mediáticas disponibles, para así transferir con claridad la evidencia a los ciudadanos y, más importante aún, a quienes nos gobiernan. Son ellos los responsables finales de las decisiones que marcarán, para bien o para mal, cómo resolveremos los desafíos inmediatos y urgentes del planeta. Y aquí el aprendizaje final (¡hasta el momento!): los desafíos planetarios no pueden ser resueltos por acciones locales. De nada sirve que nuestro país tenga más del 80% de su población completamente vacunada si hay países cuyas tasas de vacunación son menores al 5%. Tal es el caso del continente africano, con miles de millones de personas aún no vacunadas, y desde donde acaba de emerger ómicron, una variante que tiene el potencial de poner, nuevamente, al mundo en jaque.
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La pandemia de la COVID-19 está dejando dramáticos aprendizajes en todos los ámbitos de nuestra sociedad, y la ciencia no escapa de ellos. Sus impactos representan, entre otras aristas, un punto de inflexión en la manera en que la comunidad académica se vincula con la sociedad y, particularmente, con las autoridades políticas. Luego de la aparición del virus que cambió al mundo, no es posible pensar en una ciencia donde sus protagonistas esperen que el conocimiento fluya por inercia desde los laboratorios.

Tras el inicio de esta emergencia global, miles de científicos alrededor del mundo asumieron la tarea de aportar con evidencia para apoyar la toma de decisiones por parte de las autoridades. De este modo, los gobiernos establecieron consejos de expertos dedicados a entregar recomendaciones basadas en la evidencia científica. En nuestro caso, gracias a una invitación del ministro de Ciencia, Dr. Andrés Couve, nos dedicamos a aportar a través del desarrollo de modelos computacionales basados en datos masivos, para proyectar la dispersión e impacto de la COVID-19 en Chile.

Gracias a nuestra participación en el Grupo de Modelamiento, así como en la Submesa de Datos COVID-19, ambas instancias coordinadas por el ministro Couve, hemos aprendido, y a veces de manera muy dolorosa, múltiples lecciones.

Un primer aprendizaje, brutal por decir lo menos, fue darnos cuenta que lo que antes veíamos en estudios retrospectivos como cifras provenientes de una base de datos, hoy son personas: nuestras familias, estudiantes, amigos y conocidos. Nosotros mismos. Decenas de miles de seres humanos perdían la vida por un virus letal y de rápida propagación, ante nuestros ojos y nuestra impotencia.

Ante este golpe de realidad, es importante detenerse para responder: ¿qué nos motivó a involucrarnos en este desafío, saliendo de la comodidad de nuestro laboratorio, sus pizarras blancas llenas de ecuaciones y nuestros computadores?

Pues bien, un profundo sentido de responsabilidad y la necesidad de aportar, aunque fuese un grano de arena, en la batalla contra la pandemia. Una responsabilidad que todo científico o académico debiera sentir para con el país, ya que gran parte de nuestros estudios son financiados con recursos públicos. En otras palabras, con el dinero que aportamos todos los chilenos a través de nuestros impuestos.

De este modo, pusimos a disposición de las autoridades todas las capacidades de nuestro laboratorio, tanto para dimensionar la real magnitud de la situación que enfrentábamos (el así llamado nowcasting), así como para generar proyecciones (forecasting) que permitieran entender el impacto de la pandemia, así como el efecto de las medidas que las autoridades pudiesen tomar. Lamentablemente –y aquí otro duro aprendizaje–, nuestros informes y proyección no siempre fueron tan relevantes para el diseño de estrategias y la toma de decisiones, como hubiésemos querido.

A menudo, nos enfrentamos con la incredulidad de las autoridades y, por qué no decirlo, al descrédito proveniente de otros grupos. Y ahora, mirado en retrospectiva, lo entendemos: no fue fácil para nadie, menos para las autoridades, oír en marzo de 2020 que el colapso del sistema sanitario era prácticamente inevitable y que, de no mediar una cuarentena total, decenas de miles de compatriotas serían víctimas de la pandemia. Menos aún, que solo un confinamiento masivo, y la interrupción de gran parte de las actividades humanas, sociales y económicas, nos daría la oportunidad de articular una respuesta eficaz para enfrentar la emergencia.

En este punto vale la pena preguntarse; ¿cuánta responsabilidad tenemos los académicos y científicos a la hora de luchar contra la incredulidad de las autoridades? Es así como también aprendimos que la forma de dialogar y transferir la evidencia es esencial para crear y nutrir las vías de comunicación apropiadas al contexto político. Un área completamente desconocida para la mayoría de los científicos. Y es que en una situación cuyo devenir cae en manos de las autoridades, el atrincheramiento en el discurso, por muy fundamentado que este sea, no sirve de nada. Si la evidencia no logra cambiar la opinión de las autoridades, menos lo hará el ataque frontal. Así, la era de la COVID-19 nos desafía a desarrollar las competencias necesarias para comunicar apropiadamente el conocimiento, siendo actores protagónicos de la sociedad. Y aunque la última decisión es siempre política –probablemente la lección fundamental de esta pandemia–, la ciencia siempre tendrá algo importante que decir.

El desafío no solo es decirlo verazmente, sino de forma tal que lo relevante del mensaje sea la evidencia y que esta hable por sí sola.

De esta forma comprendimos que debemos exhibir la evidencia científica no solo de forma veraz, sino, por sobre todo, de manera simple y clara, libre en lo posible de contexto político. La veracidad no va necesariamente de la mano de la complejidad y menos aún en escenarios críticos como el que enfrentamos desde inicios de 2020. La simpleza tiene un valor verdaderamente vital.

Y así lo hicimos. Desde la llegada del Dr. Enrique Paris a la cabeza del Ministerio de Salud, nos esforzamos por construir estos puentes de comunicación, participando de manera activa en reuniones con él y su equipo, explicando en detalle nuestros análisis y proyecciones, y transfiriendo conocimiento y buenas prácticas para el tratamiento de los datos. De esta forma, pese a convertirnos en blanco de las críticas emitidas desde la trinchera opuesta al Gobierno, fuimos escuchados. Y aquí otro duro aprendizaje: no importa cuál sea el rol que se asuma, la exposición mediática siempre vendrá de la mano de entusiastas y detractores. Y para encontrar troles, nada mejor que las redes sociales.

Es así que, gracias a la buena disposición del ministro Paris y su equipo, mediante un reporte emitido en junio de este año, nos convertimos en actores clave en la discusión que terminó en la inoculación de la dosis de refuerzo en el país. Aquí otro aprendizaje: hay momentos en los cuales, frente a la contundencia de la evidencia, no queda otra que arriesgarse y defender públicamente las conclusiones, aun poniendo en riesgo la reputación construida durante años, el activo más valioso de todo científico.

De este modo, Chile –junto a Israel y Uruguay– fue de las primeras naciones del mundo en iniciar la inoculación de la dosis de refuerzo. Mientras hoy, países desarrollados como Alemania avanzan hacia la peor crisis de la pandemia, producida por la dispersión de Delta y una vacunación que no supera el 60% de la población, en Chile tenemos más del 80% de la población completamente vacunada, y sobre un 42% de esta, con dosis de refuerzo. Con todo, nuestros cálculos indican que cerca del 70% de la población posee hoy una protección activa otorgada por las vacunas, contra el virus SARS-CoV-2. Esta es la clave que explica, en gran medida, el mesurado impacto que ha producido Delta en nuestro país.

Sin temor a equivocarse, la actual no será la última pandemia que afectará a nuestro planeta. El cambio global producido por la crisis climática, y la depredación de los ambientes naturales producto de su explotación irracional, serán fuente de nuevas pandemias y para esto debemos prepararnos. La ciencia no puede ser un ente pasivo en los grandes desafíos que nos depara el futuro. Discursos emergentes que niegan la evidencia ganan terreno globalmente. Desde los movimientos antivacunas, el terraplanismo y hasta líderes negacionistas, responsables de enormes daños a la población. Brasil e India son los casos más dramáticos: ambos países fuentes de nuevas variantes que emergen de manera inevitable, en condiciones de alta prevalencia de infección y por largos periodos. Pese a lo rotundo de la evidencia, tanto negacionistas como antivacunas seguirán captando adeptos y, frente a estos, los científicos debemos ser activos: disputar espacios como los medios de comunicación y las redes sociales y poner en evidencia la amenaza que representan ante la ciudadanía. Este es otro aprendizaje: ¡es hora de que los científicos seamos activistas del conocimiento!

Debemos asumir un rol activo, militante del credo que indica que el conocimiento científico es la única forma de resolver los problemas complejos que hoy enfrentamos. Extraer los aprendizajes y llevar los mensajes de una manera simple, usando todas las plataformas mediáticas disponibles, para así transferir con claridad la evidencia a los ciudadanos y, más importante aún, a quienes nos gobiernan. Son ellos los responsables finales de las decisiones que marcarán, para bien o para mal, cómo resolveremos los desafíos inmediatos y urgentes del planeta. Y aquí el aprendizaje final (¡hasta el momento!): los desafíos planetarios no pueden ser resueltos por acciones locales. De nada sirve que nuestro país tenga más del 80% de su población completamente vacunada si hay países cuyas tasas de vacunación son menores al 5%. Tal es el caso del continente africano, con miles de millones de personas aún no vacunadas, y desde donde acaba de emerger ómicron, una variante que tiene el potencial de poner, nuevamente, al mundo en jaque.

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