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Columna de opinión

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Desigualdad, una visión desde el Sentido Común

por 26 noviembre, 2015

Desigualdad, una visión desde el Sentido Común
"¿Cómo hemos llegado a aceptar como dogma de fe, sin someter a juicio racional, estos enormes niveles de desigualdad? Es difícil adelantar una respuesta que ayude a resolver el más inquietante de los puzles. Lo más sorprendente es constatar que existe evidencia de que la gente en Chile cree que nuestro Gini es de 0,35, casi idéntico al valor que estimamos. Una vez más, aparece el más notable de los pilares de la economía de mercado. La gente común, en su conjunto, es más sabia que todos los académicos y expertos".
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Seguramente ha leído que la desigualdad se mide, entre otros, con el coeficiente de Gini y que va entre cero, perfecta igualdad de ingresos y 1, un individuo se lleva todo el ingreso de un país. Existe una interpretación algo más intuitiva de ese coeficiente. Imagine el siguiente experimento: tome a 2 personas, pregúnteles cuál es su ingreso y registre el correspondiente del menor de ellos. Este valor se espera sea el coeficiente de Gini multiplicado por 100 menor que promedio del ingreso.

Así, si el Gini es cero, el ingreso del más pobre de 2 personas debe ser cero por 100, cero % menor al ingreso promedio. Esto se produce porque todos ganan lo mismo. Si dicho coeficiente es 1 el más pobre debería ganar 1 por cien, igual a cien % menos que el promedio, esto es, cero ingreso. Esto corresponde a absoluta desigualdad. El Banco Mundial, en su estudio de la reforma tributaria de Chile recién publicado, estimó, entre otros, un Gini de 0,68 para Chile. Esto significa que, consultadas las dos personas, la de menor ingreso debería registrar uno de un 68% menor al promedio nacional. Hay que hacer notar que este valor tiende a ser mayor que el ingreso promedio del 50% más pobre, pues incluye la posibilidad de que ambos encuestados sean ricos. En el caso de la estimación del Banco Mundial, la mitad más pobre obtendría un ingreso del orden de 80% menor al promedio nacional.

Hay 2 encuestas que se pueden utilizar para medir la desigualdad en Chile. La conocida encuesta Casen, a cargo del Ministerio de Desarrollo Social, y la Encuesta Suplementaria de Ingresos, ESI, del INE. La primera nos ha colocado históricamente en el grupo del 15% de países más desiguales del mundo. El último cálculo es de 0,49. La Casen siempre midió la desigualdad con un ajuste a cuentas nacionales que la hizo incomparable con cualquier otra encuesta en el mundo, como lo dijo reiteradamente la OCDE. Este ajuste se abandonó hace poco, lo que permitió mostrar que la encuesta sobrestimaba la desigualdad en alrededor de un 7%, tal como lo afirmaba la misma OCDE.

Por otra parte, la Casen no recoge las recomendaciones de considerar las economías de escala existentes en el tamaño del hogar al hacer comparaciones. Un hogar con 2 personas no necesita pagar el doble en arriendo, en luz, calefacción, etc... en relación con quien vive solo. Quien calcula a partir del ingreso por persona, subestima el nivel de bienestar de los hogares más numerosos. En Chile, son justamente los pobres los que tienen más miembros en sus hogares. En los países desarrollados es exactamente al revés. Los ricos tienen más hijos. El no seguir las recomendaciones supone que la Casen ha sobrestimado en el orden de un 10% la desigualdad. ¿Por qué la Casen no incorpora lo que se considera buenas prácticas? No lo sabemos. Tal vez, el obvio conflicto que significa que quien se encarga de medir la desigualdad es el mismo ministerio encargado de diseñar políticas para combatir dicha desigualdad, sea parte de la explicación.

En este sentido, es importante la iniciativa de reforzar la independencia del INE, debiendo también considerarse la posibilidad de que dicha entidad sea la preferida, a la hora de realizar las encuestas relevantes de reparticiones públicas que puedan tener un interés en su resultado.

Si estimamos la desigualdad para los ingresos por persona con el coeficiente de Gini a partir de la Encuesta Suplementaria de Ingresos del INE sin incluir transferencias por Educación, da un valor de 0,44 versus el 0,49 antes mencionado. ¿Qué explica la diferencia? Fundamentalmente los menores ingresos del trabajo de los 3 primeros deciles y el mayor ingreso del trabajo en el decil más alto en la Casen respecto de la ESI. En particular, los ingresos mensuales por trabajador ocupado del 10% más pobre, es de unos 60 mil pesos mensuales o unos 1500 dólares nominales anuales, comparables con los ingresos per cápita de los países más pobres del continente africano. Por otra parte, la ESI plantea un plausible ingreso de 120 mil pesos mensuales. ¿Cómo 600 mil personas ganan el nivel de ingresos que la Casen plantea y tenemos la gran inmigración observada en los últimos años? ¿Cómo estos extranjeros acceden a ingresos medios sustancialmente mayores al de los chilenos más pobres? ¿Cómo misioneros chilenos parten a África a países que tienen ingreso de la ocupación superiores a los que gana ese mismo 10%? ¿Cómo esa misma encuesta dice que los más pudientes ganan un 10% más que lo que plantea la ESI, cambiando el sentido del sesgo observado en los deciles más bajos?

Hay algo que el sentido común nos dice que no calza. Este se puede equivocar, pero quien tiene el peso de la prueba es el que asevera afirmaciones que aparecen extravagantes a primera vista.

Si ahora calculamos la desigualdad ESI por hogar independientemente de cuántas personas viven en él, nos da un Gini de 0, 36, similar al estimado para el caso de Dinamarca. Este país es considerado uno de los más igualitarios del mundo. La baja respecto del 0,44 inicialmente calculado, es considerable. ¿Qué explica tal diferencia? Básicamente la estructura del tamaño de las familias. En los hogares más pobres en Chile existen 4,1 personas y 2,5 en el último decil de ingresos. La situación es diferente en Dinamarca. Allí los hogares más pobres tienen 1,1 personas por hogar y los más ricos 3,2 personas. Si siguiéramos la recomendación de la OCDE y consideráramos las economías de escala de los hogares, nuestro Gini sería de solo 0,40. Si los 2 últimos deciles tuvieran el mismo tamaño de familia que Dinamarca tendríamos un Gini 10% menor, suficiente para rasguñar el promedio de la OCDE. No es la estructura de remuneraciones ni utilidades la que genera la desigualdad medida. El tamaño de los hogares y el hecho de tener menos ocupados en los segmentos más pobres dan cuenta del fenómeno.

De nuevo, si resultan tan sensibles los datos al tamaño de los hogares, ¿por qué no se recogen las recomendaciones internacionales? El sentido común nos dice que son consideraciones relevantes y deben tomarse en cuenta. Si no se hace, hay que dar una justificación razonable.

La ESI también provee una segunda información que incorpora las transferencias por Educación que reciben los hogares. Si bien las buenas prácticas dicen que no se debe considerar en el cálculo de desigualdad la entrega de servicios en especies, la ESI incorpora transferencias monetarias. Estas últimas sí son parte de los ingresos a computar. También considera becas alimenticias que, si bien son pagos de la misma naturaleza, son muy parecidas a una transferencia en dinero.

Adicionalmente, en Chile el gasto del Estado en Educación es muy bajo para los segmentos más altos. En muchos países, el Estado cobra impuestos y provee educación a todos. En ellos, la desigualdad medida es menor pero, en la práctica, no hay ninguna diferencia en la distribución de ingresos. De hecho, parte importante de nuestra reforma educacional era simplemente transformar gastos privados en impuestos para financiar los propios gastos en educación de los más ricos. Desde el punto de vista de la distribución, sería solo un cambio cosmético pero mejoraría el Gini medido. Por lo anterior, el verdadero Gini debe estar entre el 0,4 antes mencionado y el que resulta de calcularlo considerando la totalidad de las transferencias en educación, es decir, un 0,36. Una estimación punto razonable de Gini para Chile, comparable con otros países, es de 0,38 o un 23% menor al calculado por la Casen. Este valor es similar al de EE.UU. y alrededor de solo un 15% más alto que el promedio de la OCDE. Nuestro nivel de desigualdad parece estar muy lejos de los calculados por organismos oficiales. El sentido común nos dice que tener un nivel de desigualdad en el orden del observado en el grupo del que somos parte es lo razonable.

Estos resultados no deberían sorprender. La OCDE, en su informe sobre calidad de datos de inequidad de Chile, menciona discrepancias del orden de 25% entre indicadores de ambas encuestas. Allí se observan valores del Gini para la ESI en línea con los estimados más arriba. Al evaluar ambas metodologías, la organización menciona varias ventajas de la encuesta del INE. De la Casen menciona como su ventaja principal ser conocida y aceptada.

¿Cómo sería Chile si el Gini fuese 0,68 como dice el Banco Mundial? En Wikipedia apareceríamos lejos en el primer lugar de desigualdad en los rankings publicados. Como vimos, si tenemos un PIB per cápita de 20 mil dólares, el más pobre de nuestros 2 encuestados tendría un ingreso del orden del promedio de Bolivia o República del Congo y el 50% más pobre de Chile tendría un ingreso medio parecido al de Ghana y Nigeria. De hecho, nuestro encuestado tendría un nivel de vida no muy distinto de los que tendría su par de Guinea Ecuatorial, el que es considerado, por muchos, el más desigual del mundo. ¿Cómo podemos tener expectativas de vida de país desarrollado, consumo per cápita de carne de los mayores del mundo, obesidad infantil en sectores pobres, veintena de millones de celulares, rentabilidad sobre capital y márgenes de compañías menores a los de las empresas del Standard & Poors, entre muchas otras cosas? Como ya se ha discutido en otra parte, hay demasiados indicios que dicen que no es en absoluto de sentido común que se den los niveles de desigualdades que algunos han calculado. Se dice que para que algo sea verdadero, o se corresponde a la realidad o debe ser coherente con el resto de lo que consideramos verdadero. Nada de eso parece ocurrir aquí.

¿Cómo hemos llegado a aceptar como dogma de fe, sin someter a juicio racional, estos enormes niveles de desigualdad? Es difícil adelantar una respuesta que ayude a resolver el más inquietante de los puzles. Lo más sorprendente es constatar que existe evidencia de que la gente en Chile cree que nuestro Gini es de 0,35, casi idéntico al valor que estimamos. Una vez más, aparece el más notable de los pilares de la economía de mercado. La gente común, en su conjunto, es más sabia que todos los académicos y expertos.

Por de pronto, abandonamos un modelo que fue capaz de llevarnos a ser el país más exitoso de América Latina, con el cual alcanzamos una posición que era impensada hace 30 años atrás. El supuesto implícito en el cambio de modelo fue que existen individuos que obtienen ingresos y salarios escandalosos que pueden ser fuertemente gravados, pues solo se resentiría un poco su inmensa capacidad de generación de rentas. La desigualdad ha actuado como la puerta a aquel paraíso prometido al que tanto apelan algunos fundamentalistas. Pero, si nuestros niveles de desigualdad no son tan altos, como el sentido común nos lo dice, si el paraíso está en otra parte, tendremos todos que pagar por los subsidios y beneficios prometidos, siendo absolutamente incierto si la desigualdad resultante habrá mejorado al final del camino.

Los apologistas de nuestra proverbial desigualdad hablan más desde la fe que desde la razón. Su posición no parece ajustarse a los hechos y mientras no se pruebe que efectivamente sometemos a condiciones de semiesclavitud a los más pobres, no deben tomarse en serio. Ellos tienen el peso de la prueba, parafraseando al filósofo del sentido común. Se debe estar mucho más seguro que nuestro país es parte del grupo de sociedades inclusivas modernas y democráticas que de una supuesta desigualdad infinita que, cuando la invocamos, no encontramos nada que nos lleve a ningún lado.

Santiago Edwards

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