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Cena de la Ingeniería 2019: Crítica de la Razón Ingenieril

por 6 junio, 2019

Cena de la Ingeniería 2019: Crítica de la Razón Ingenieril
Hay, por decirlo bruscamente, un “ejército de mercenarios” ahí fuera prestando servicios de ingeniería de todos los sabores a las organizaciones, a veces aplicándose con más o menos ingenio, y a precios más o menos dignos. Sin embargo, todo depende de qué tan especializado se encuentre el profesional y de la calidad de la especialización, lo cual tiene relación directa con el estrato económico donde se ha formado, así como con las conexiones políticas que posea.
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La semana pasada tuvo lugar en Casa Piedra, en Santiago, la XI Cena de la Ingeniería, organizada por el Colegio de Ingenieros A.G., bajo el eslogan “Ingeniería Infinita”.

Para quienes participamos por primera vez, lejos de la confortante y glamorosa puesta en escena y la oportunidad de tropezar acaso con los personeros más emblemáticos de la ingeniería chilena, más allá de intentar construir redes, echa uno de menos el cuestionamiento de la profesión y la solidaridad hacia el resto de disciplinas del espectro profesional, en particular de las humanidades.

Los ingenieros hemos de construir redes, pero no solo por una cuestión política, esto es, para lograr escalar un concepto o el diseño de una solución civil en ciernes, para granjearse un prestigio en la asociación gremial o para darse un espaldarazo entre viejos amigos, sino también para el intercambio de juicios intergeneracional, para dar cuenta del estado del arte en los diferentes sectores de la industria, para hacerse una autocrítica y sobre todo para hacerse cargo de las críticas de la opinión pública.

En la Era de la Técnica o del Capitalismo Avanzado, una época desenfrenada de hiperproductividad, positivismo y eficiencia a ultranza, los ingenieros tenemos un puesto privilegiado al tiempo que nos dividimos en castas.

“Privilegiado” es el puesto del ingeniero en el orden mundial, puesto que diseña y dirime cursos de acción que tienen un impacto dominante sobre el resto de acciones de la sociedad civil, en tanto potencia con sus abstracciones e inventos la maquinaria de los subsistemas económicos, lo que le permite modelar la civilización más o menos a su antojo.

Para ello se nutre de los hallazgos de la ciencia, la que desde hace mucho se ha convertido en una sesgada “tecnociencia”, pues se ha visto forzada a sostenerse produciendo conocimiento a favor del desarrollo técnico y su encarnación capitalista, es decir, manufacturando conocimiento usable como si de un bien intermedio para los grandes consorcios se tratase.

Por otro lado, se divide en castas la ingeniería, ya que hoy ser ingeniero no constituye novedad alguna. Hay, por decirlo bruscamente, un “ejército de mercenarios” ahí fuera prestando servicios de ingeniería de todos los sabores a las organizaciones, a veces aplicándose con más o menos ingenio, y a precios más o menos dignos. Sin embargo, todo depende de qué tan especializado se encuentre el profesional y de la calidad de la especialización, lo cual tiene relación directa con el estrato económico donde se ha formado, así como con las conexiones políticas que posea.

Puesto que si bien alguien puede hacer carrera en una corporación y escalar puestos en la pirámide organizativa, los despachos de la alta dirección, de los “superejecutivos”, están inevitablemente reservados a aquellos que guardan algún vínculo con las fuerzas conservadoras del diseño sistémico vigente, lo que se hace evidente en las trasnacionales. Y eso es insoslayable y supondría un cinismo importante intentar negarlo, puesto que lo dicho remite a la arcaica e insoluble cuestión del poder.

No en vano se enseñan en la literatura corporativa tácticas políticas a fin de lograr acuerdos convenientes al interior de las empresas (el Dr. Stephen Robbins es puntero en esta materia y sus desarrollos teoréticos no solo han calado hondo en las universidades de los EE.UU sino también en los países que han asimilado su ideario civilizatorio). Y “convenientes” no para un gerente en particular –por el bien propio o el de su gerencia–, sino en última instancia para los stakeholders, en otras palabras, los grandes accionistas de la sociedad contemporánea, defensores muchas veces de sus propios intereses y, sin saberlo, de la sociotecnia también.

Con respecto a esto último, durante la cena tuvo lugar un entretenido conversatorio acerca de la colonización de Marte. Entre los objetivos de esa conquista se encontraría, en palabras de los oradores, la ampliación de los espacios humanos para la descontaminación de la Tierra, la expansión del imperio humano y, un poco más filosóficamente, el reencuentro con las propias raíces (“somos polvo de estrellas”, diría el astrónomo José Maza). El título del coloquio resulta, no obstante, escalofriante: “Colonizar”. ¿A qué va ese afán de reducir cada cosa a un régimen de disponibilidad, a puro stock? De eso trata el problema de la Técnica, según el filósofo alemán Martin Heidegger.

Uno se somete, ingenuamente, al señorío de ella y es triturado por sus engranajes siempre que intenta resolver técnicamente problemas que la misma técnica ha derivado en el curso de su evolución. ¿Por qué mejor no pensar en lo que somos actualmente, esto es, seres técnicos, que lejos de armonizarnos nos relacionamos estratégicamente con lo que está afuera, cosificándolo, y que nos agotamos a cada segundo intentando servir con nuestro know-how específico a la ampliación de los límites y potestades de los subsistemas reinantes? Somos unos verdaderos cyborgs, nos dijo en el pasado Congreso Futuro Amber Case, la investigadora del Instituto del Futuro de Palo Alto en California.

Por ello sería ridículo intentar cambiar el muy bien puesto nombre de “Gerencia de Recursos Humanos” de una organización por el de “Gerencia de Personas”, por cuanto siempre que se intenta gerenciar a las personas se les cercena inevitablemente su potencia vital para dejarlas sistémicamente dispuestas a los dictados de la maquinaria corporativa: no responderán a sus propias voliciones, sino a un plan estratégico desglosado en un meticuloso Balanced Scorecard o Cuadro de Mando Integral (Kaplan y Norton, 1992).

Por consiguiente, una ingeniería 2.0 carece de ingenio verdadero y es más bien estúpida si creyera bastarse por sí misma para responder a todas las reclamaciones del espíritu humano. Por ello es tan importante su conexión con el resto de disciplinas profesionales, y no solo aquellas que se le asemejan en sus metodologías calculistas, sino también aquellas que son más abstractas y cualitativas.

No ha de ser indolente la ingeniería ante el declive humanista, porque eso repercute sobre su propia sustancia, como bien señala la noción de proactivismo epigenético de la neuroética de Kathinka Evers, una de las coordinadoras del Human Brain Project.

¿Quién podría negar, por ejemplo, la importancia de la filosofía, madre de todas las ciencias? Solo piénsese el tipo de ingeniería que tiene lugar en función del tipo de doctrina filosófica que preconice conscientemente o no la especie: 1) el diseño y erección de catedrales es el summum ingenieril en un mundo donde la realidad última viene dada por un Dios omnipotente; 2) la planificación de una economía centralizada es el destino de todo ingeniero ahí donde la providencia humana se da en términos de una dialéctica de clases marxista; 3) el diseño y rediseño interminable de los procesos y órganos del Tecnato (institución sucesora del Estado) es el magnum opus nuestro cuando la sociedad se rige, según la propuesta del movimiento tecnocrático de principios del siglo XX, en función de una ciencia fundada en el puro materialismo científico; 4) y cuando se comulga con la idea de un espíritu libre, uno esperaría ingenieros laborando a favor de un mercado perfecto de libre afluencia de la ciudadanía global, a no ser que esa perfección se vea arruinada por el poder, la ambición y la soberbia narcisista de todos los tiempos, engendrando las consabidas disconformidades de los humanos marginados.

¿Se capta la importancia? “Humildad ante todo”, como bien aconsejara a los comensales nuestro presidente corporativo, Ing. Arturo Gana de Landa, en el discurso inaugural.

A favor del gremio chileno y de la ingeniería internacional, uno podría argumentar que ella es víctima del propio sistema que cimenta, que engulle únicamente insumos tangibles y susceptibles de medición. Porque lo que no se palpa no es útil en estos días y no suma puntos al indicador global de la productividad económico-financiera. ¿Pero cómo nos responsabilizamos, entonces, de la contrapartida intangible e inmedible que tiene ese engullir milimétrico y malsano? La realidad última, el ser filosófico, está constantemente refrendándonos su imperio cada vez que nos escupe imprevistos y estos comienzan a inflamarse como bombas de relojería; es el destino de toda razón individualista y autosuficiente, como nos enseñara el idealista moderno G.W. Hegel.

Ejemplos de ellos son los siguientes problemas: el medioambiental, la dependencia patológica y la imbricación humana con la tecnología, la obsolescencia de la institución familiar, el envejecimiento poblacional y el menoscabo psicológico de una estadísticamente enferma ciudadanía chilena, la liquidez de la memoria y de las preferencias a partir del marketing y el sobreconsumo informativo, la alienación técnica de unos oficios cada vez más superespecializados y que inhiben la transversalidad del conocimiento, la insurrección del fascismo y su máxima del “orden por el orden”, el hipercontrol social del que diera cuenta el pensador francés Michel Foucault, los súbitos estallidos de violencia en escuelas norteamericanas, la consagración de la vida de la humanidad a favor de un crecimiento fisicalista de las naciones-Estado en un planeta que, sin embargo, es físicamente limitado, y, lo que es peor, los cada vez más invisibles poderes fácticos que organizan las dinámicas de la tecnoestructura del Mercado y su Estado subsidiario y que hoy patrocinan casi en exclusiva los desarrollos de inteligencia artificial.

¿No cabe acaso preguntarse en qué medida somos culpables de ellos y cómo podría enmendarse el daño provocado, si lo hubo? Ya el intento de colegiarse es un primer paso, no cabe duda.

Pero así como el absolutismo monárquico del Viejo Mundo creyó tener en su poder el cetro de las soluciones para  problemas cualesquiera que afrontaran los reinos y para satisfacer simultáneamente sus propias apetencias, así también una corporación profesional debe tender un puente comunicativo con el resto de la sociedad civil para no darse de bruces con ella, sobre todo cuando dicho cuerpo representa la operatividad y gestión de los modos de producción de una época.

Finalmente, un mundo inteligente no es uno donde prima el ingenio, ni mucho menos uno donde solo hay ingenieros. Cómo contribuimos, por ejemplo, a empoderar conscientemente a la ciudadanía, es decir, a la unificación y optimización de la racionalidad humana (inteligencia colectiva), sería un problema de envergadura planetaria sobre el que los ingenieros de la próxima generación podrían empezar a cabecear y que les haría más atractivo, por lo demás, colegiarse.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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