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LA DEMOCRACIA DE LOS DESACUERDOS

por 8 septiembre, 2011

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¿Cómo  explicar  los bajos niveles de popularidad del actual gobierno y de la política institucional, más  allá de  la crisis  educacional?, ¿En  esto  consiste el fin de la democracia de los acuerdos?, ¿Cómo  interpretar los fenómenos que sacuden  la gobernabilidad institucional? No parece  posible encontrar líneas  argumentales que  den cuenta de la magnitud del proceso, ni  modelar  una realidad que recién comienza  a manifestar  su primeras  expresiones.

Con  todo,  se puede observar  la formación de  tendencias en creciente  desarrollo, las cuales  se avizoraban hacia  fines  de los años  90. Todo  indica  que  Chile ingresa al  curso  democratizador  que  demandan las sociedades  civiles por doquier,  en el cual convergen factores de continuidad  y  de  ruptura.

En  primer  lugar, tras  20 años de  carencia de  política,  y  de imperio de la lógica de mercado  en las relaciones sociales e interinstitucionales, ha concluido una fase de  disciplinamiento social  hacia las reglas del mercado y  la gerencia  pública o tecnocrática del aparato de  Estado. Se ha instalado una  nueva  figura de ciudadano, y  de  una capacidad de comprender lo público estatal y  lo político. La  invocación del Estado en nuestros  días, en tanto figura rectora del orden político,  no es en tanto búsqueda de la autoridad  garante del  bien  social,  sino instrumento de  transformación social,  y  de  democratización  de  unas reglas  percibidas  distantes y al servicio de  minorías y elites que se  auto protegen con una legitimidad  cuestionada. El Estado es  sólo un lugar  de  coordinación social y técnica para  la solución de los conflictos actuales, en donde  importa  el contenido que imprime  la dirección del  cambio.

En segundo lugar, está concluyendo la formación de  una  nueva ciudadanía,  fundada en una noción de  derechos  contradictoria  con el orden  excluyente que  impera en diferentes planos de la vida colectiva. El  pluralismo asociativo  que emerge señala el fin de la sociedad  tradicional que vivió Chile, a la vez que tensiona  con la aparición de  nuevas  identidades colectivas y actores  sociales el entramado  en que  había  tenido lugar el  viejo modo de  hacer  política.  No  implica esto la  desaparición de los  estilos  históricos de generar  adhesión a través de la gestión clientelar  de las demandas y anhelos sociales; sólo que ha  de considerarse una señal de  ruptura con  lo viejo que  no  tardará en concluir.

En tercer lugar, puede afirmarse que los elementos de  continuidad están dados  por la  constitución de  una  voluntad  de construcción democrática afincada  en una valoración de la acción colectiva,  centrada en el desarrollo y afirmación de derechos;  los elementos de  ruptura, y contracara del proceso en curso, apuntan a  la reinterpretación del contrato  social vigente,  y  en  definitiva  al tipo  de convivencia deseable  y posible. La democracia como es percibida hoy, no guarda  relación con la  política  realmente  existente,  ni sus exponentes. A diferencia del efecto  de mercado, las reglas  institucionales han generado  una indisciplina  social hacia  el orden democrático que  se ha querido construir, particularmente entre las nuevas generaciones, abriendo una brecha que  señala  un camino de ruptura, cuyos contornos no son apreciables hoy.

Finalmente, puede  sostenerse que el  inicio de un nuevo  ciclo político en Chile no sólo se ha iniciado, sino que es necesario  volver  a mirar de otro  modo lo que  aparecía como  sólido y duradero. La democracia de los  desacuerdos sólo da cuenta  de mayorías  y minorías  reales, desacuerdos que exigen de  nuevos consensos, entre ellos, el educacional.

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