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Blá, blá

por 12 septiembre, 2011

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Basta ver algunos programas de conversación “política” en TV, o escuchar otros similares en radio, o leer algún medio escrito, para darse cuenta que Chile es inventor, principal cultor, acérrimo defensor y máximo exponente del blá blá, esto es, el cantinflleo grandilocuente. En hablar nadie nos gana. Hoy todos hablan de educación; hace un mes todos hablaban de medioambiente, y antes de salud. Desde el terremoto, la reconstrucción se tomó la agenda de los medios y la palabra de los políticos, mientras los damnificados siguen ahí, casi a la intemperie.

En Chile sobra saliva, en especial, la política. En época de elecciones presidenciales se habló de fideicomiso ciego, de primarias abiertas, participación ciudadana, aborto, unión civil, ingreso ético, inscripción automática y voto voluntario, pueblos originarios, desigualdad. Pero, después de tanta promesa y diagnóstico ¿hay algo en que se haya avanzado? Nada. Seamos sinceros. Mucho ruido y pocas nueces.

Un ejemplo de este “hablamiento” improductivo es no enfrentar los problemas como tales y chutear la pelota hacia adelante. Problemas de los que se esperan les revienten a otros, como en los hospitales, donde la táctica es entregar el enfermo con vida al turno siguiente, bajo la única consigna que éste se le muera al que viene.
Se sabe que las universidades, mal llamadas “estatales”, pues el Estado no tiene interés manifiesto en ellas, no se autofinancian debido a la imposibilidad de generar renta o liberar la cobertura de sus costos a reglas de mercado como lo hacen las privadas, y por tanto, requieren del aporte fiscal para subsistir. Pero éste es tan débil como suspiro de muerto. En rigor, desde hace mucho, en dictadura y democracia, los sucesivos gobiernos le han aplicado la misma táctica del enfermo: que otros las hagan desaparecer.

Ningún gobierno desea pasar a la historia como el que cerró la Universidad de Chile o la Usach. Preferirían que se disolvieran en el tiempo. El discurso recurrente de declarar su interés por la educación superior obedece a la costumbre de chutear la pelota para adelante. Es decir, el asunto del financiamiento es un problema que pasa de gobierno en gobierno, sin ser resuelto jamás. Más que calidad de la educación, lo que se hace al final es caridad de la educación. Un poco de oxígeno para evitar la muerte del paciente.

El antónimo obvio del lucro en la educación debería ser, o el financiamiento de un bien público perfecto (educación de calidad), o  la filantropía, el noble interés de fundaciones o mecenas. Lo demás es blá blá. ¿Quién sino el Estado, a partir de una debida regulación, que implica la carga tributaria de los privados, debería asumir la obligación de financiar la educación superior de los que no puedan pagarla? Si nada de eso existe, ¿quién lo hará?

El Estado de Bienestar pareciera ser el antídoto natural del libre mercado. El Estado debe garantizar el desarrollo de sus habitantes para preservar la paz social con miras al desarrollo. Los defensores del libre mercado tildan de utópicos a quienes promueven un estado subsidiario, y éstos de usureros a sus adversarios ideológicos, o sea, mientras se ponen de acuerdo a quién corresponde hacer respetar las garantías constitucionales sobre educación, la cuestión no pasa de ser un correveidile de baja monta. Una discusión que de dialéctica no tiene nada. Puro empate, sólo consenso útil a las elites, más interesadas en mantener el poder que en ocuparse del futuro del país.

Los chilenos están hartos de este diálogo de sordomudos, desean que alguien escuche y asuma la solución de sus problemas. Pero los responsables se hacen los desentendidos. Pese a comprender la magnitud de los hechos de la realidad. El diagnóstico de la situación está hecho, en su realidad actual y en sus raíces históricas. ¿Qué más se necesita para actuar? ¿Cuál es el turno siguiente de la democracia en este caso?

Este yo-yo ideológico tiene una cultura de doscientos años, gobierno tras gobierno. Haber cambiado las carretas por automóviles y la desnutrición por obesidad, no nos convierte en un país desarrollado, nos lleva de vuelta a las cavernas en un círculo vicioso que, tarde o temprano, terminará en un individualismo disolvente y en marginalidad en estado crudo y estructural.

De cuando en cuando en Chile la democracia le da cabida a la tentación autoritaria. Hemos caído en la insana costumbre de contaminar la democracia con propensiones autoritarias y dictatoriales bajo el pretexto del orden. El denominador común es la bestia de tres cabezas: precario respeto a los derechos humanos, subvaloración de la soberanía popular y corrupción.

Cada cierto tiempo en nuestro país aflora el autoritarismo con rasgos clientelares que desarticula el tramado social, dispersando el descontento organizado, inmovilizando la sociedad; hasta que ésta se reorganiza para ejercer el poder y restituir la democracia, momento en el cual la elite monta un engranaje de negociaciones reservadas y volvemos al mismo ciclo.

Tal vez en los comienzos de la llamada “transición a la democracia” se haya dado el momento propicio para romper todos los enclaves autoritarios de una sola vez, como el sistema de seguridad social, la municipalización de la salud y de la educación. Sin embargo, el control de daños a principios de los noventa indicaba otra cosa, había que ocuparse de las graves violaciones de los derechos humanos y de la restitución del estado de derecho.

Lo discutible es que en esa época se haya dejado pasar ese Quantum de entusiasmo y esperanza ciudadanos, que habría permitido podar y enderezar el árbol de la educación, que a estas alturas, ya creció chueco e infructuoso. Cualquiera sea el gobierno, independiente de su inspiración e intenciones, parece ser demasiado tarde: el mercado impuso sus normas de consumo y el control social de la educación por el dinero. Si el Estado no empata la situación todo lo que se argumente será puro blá blá.

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