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Los ramos bastardos de la educación chilena

por 30 noviembre, 2011

No hemos aprendido nada de la ecología si pretendemos mirar jerárquicamente las asignaturas en la escuela, ordenándolas en “imprescindibles” y “bastardas”. La cultura escolar es compleja como todo sistema y la extinción o reducción de algunas asignaturas provocará modificaciones que difícilmente seremos capaces de ver en lo inmediato.
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En su origen, las pruebas nacionales e internacionales como SIMCE (Sistema de Medición de la Calidad de la Educación) y PISA (Programme  for International Student Assessment) fueron creadas para medir los conocimientos de los estudiantes y elaborar un panorama general desde la perspectiva del aprendizaje. Estos instrumentos en sí no son malos y recogen valiosísima información, siempre y cuando ésta se entienda como una construcción cuantitativa de un fenómeno cualitativo. Sin embargo,  cuando estos datos son leídos de un modo literal emergen graves consecuencias.

La primera de ellas es el contagio generalizado (políticos, sostenedores de colegios, docentes directivos, investigadores…) por emplear las estadísticas extraídas de estos estudios como herramienta de innegable objetividad. Frente a resultados desfavorables, se pensará que es la calidad de la educación la que está en peligro y no se apresurarán las soluciones, a veces hasta desesperadas.

Esta epidemia de los resultados como único reflejo de la calidad es traspasada a las evaluaciones internas de los establecimientos, donde malos resultados de los alumnos significarán no solo una reflexión interna y un cambio en las estrategias sino hasta despido de profesores (estudios han mostrado que el “efecto de la clase” explica del 10% al 20% de la variancia en los aprendizajes de los alumnos, sin ser capaces de determinar qué porcentaje dentro de ello le corresponde al profesor).

No hemos aprendido nada de la ecología si pretendemos mirar jerárquicamente las asignaturas en la escuela, ordenándolas en “imprescindibles” y “bastardas”. La cultura escolar es compleja como todo sistema y la extinción o reducción de algunas asignaturas provocará modificaciones que difícilmente seremos capaces de ver en lo inmediato.

Asimismo, estas mediciones unidas a factores económicos contribuyen a generar una carrera vertiginosa por levantar los índices de las asignaturas que son evaluadas (lenguaje y comunicación, matemáticas… educación física e inglés recientemente), en desmedro incluso de otras asignaturas.

Luego de la ya histórica desaparición del latín en los liceos chilenos, se comenzaron a extinguir lenguas “vivas”. Francés, alemán, italiano y muchos otros idiomas comenzaron a abandonar el sistema público, para entregarle sus espacios al inglés como lengua principal. Hoy estos lujos idiomáticos son patrimonio tan solo de colegios con nombres extranjeros, particulares y particulares-subvencionados y de algún establecimiento estatal de excelencia.

Hacia principios del 2000 surgió la iniciativa de reducir las horas de filosofía, cruzada que finalmente no prosperó. Recientemente, se han iniciado campañas para suprimir horas de historia y de educación musical. Asimismo, nuestro parlamento ha rechazado la obligatoriedad de la asignatura de educación cívica.

Sin lugar a dudas, la tendencia es aumentar cuantitativamente y al mínimo costo horas de las asignaturas “útiles” o “principales”, esgrimiendo que esta “utilidad” es objetiva. Detrás de este engaño, impera una visión monocromática de la educación y de la formación integral que solo nos lleva a una pretendida uniformidad internacional de la educación. Asimismo, se esconde una mirada absolutamente subjetiva de lo que es útil; una ideología de la utilidad como aquello que transforma de forma directa y que se puede constatar a través de los sentidos (quedando fuera todo agente que desarrolle procesos cognitivos y valores).

Dentro de esta lógica, no sería sorprendente perfilar nuestra educación nacional hacia un modelo bidimensional, donde estaría lo útil, primordial y necesario (lenguaje, matemáticas e inglés) y el resto de los conocimientos, el detalle, lo anecdótico (historia, música, filosofía, ética…).

Hacia una visión ecológica de la cultura escolar

Un modo de comprender la cultura escolar, por ende la educación que se imparte (valores, reglas de vida, normas, conocimientos, estrategias de aprendizaje, trabajo en equipo e individual…), es a través de la idea de sistema. La noción de sistema nos reenvía a un conjunto de elementos que interactúan en permanencia, siendo a la vez independientes (cada uno es una unidad autónoma) y dependientes (todos requieren del resto para asegurar su supervivencia).

La ecología ha integrado ampliamente el concepto de sistema, viendo, por ejemplo, al planeta tierra como un complejo sistémico. Mientras más diverso es el sistema, mayor y mejor equilibrio hay en él. Todos los seres vivos e inertes son valiosos para que el equilibrio sea posible: tanto el más pequeño de los insectos como el más grande de los mamíferos tiene un rol, sin ninguna jerarquía por “importancias”.

Los riesgos que ha revelado la ecología apuntan precisamente a la extinción de la especies, provocada en la gran mayoría de los casos por la mano del hombre. A pesar de que hoy no lo veamos con claridad porque se trata de procesos de millones de años, la desaparición de algunas especias provoca una mayor vulnerabilidad del sistema, pudiendo tener desastrosas consecuencias.

No hemos aprendido nada de la ecología si pretendemos mirar jerárquicamente las asignaturas en la escuela, ordenándolas en “imprescindibles” y “bastardas”. La cultura escolar es compleja como todo sistema y la extinción o reducción de algunas asignaturas provocará modificaciones que difícilmente seremos capaces de ver en lo inmediato. Después de todo ¿quién nos dice que la desaparición del latín no ha contribuido a la pésima ortografía, redacción y comprensión de lectura que exhibimos hoy o a las enormes dificultades para aprender lenguas extranjeras?

La calidad de la educación se juega no solo en el aumento de horas de algunos ramos, ni en la formación de profesores, ni en entregarnos al reinado del inglés, sino en la diversidad y riqueza de la cultura escolar.

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