miércoles, 23 de enero de 2019 Actualizado a las 18:14

Autor Imagen

Freirina, el discurso empresarial y la distancia hacia el mundo desarrollado

por 18 diciembre, 2012

Sólo un día después de que Agrosuper anunciara el cierre de sus operaciones, en un contacto radial matinal el directivo máximo del gremio del sector catalogó de “intolerancia al progreso” la actitud negativa tomada por las comunidades de esa zona a la instalación de esta empresa. Más allá de lo discutible de esa frase, lo importante acá es que el país -y particularmente sus empresas- necesitan sintonizar sus actividades con el hecho real que la gente no tiene por qué pagar los costos del ruido, de los malos olores, de la contaminación, de los efectos adversos sobre las culturas locales.
  • Compartir
  • Twittear
  • Compartir
  • Imprimir
  • Enviar por mail
  • Rectificar

Generalmente se argumenta que el gran desarrollo de la industria extractiva de minerales en Chile se debe a la existencia de una dotación amplia de recursos, los que dadas las tecnologías existentes, hoy se pueden explotar eficientemente. También se dan argumentos macroeconómicos asociados a la estabilidad del país, una legislación clara y protectora de la inversión extranjera. Sin duda todos estos argumentos son ciertos, pero pocos análisis se hacen respecto a la desviación de capitales que realizan empresas extraterritoriales hacia nuestros países debido a las restricciones medio ambientales que en sus propios países tienen para explotar sus recursos. Ejemplos relacionados se pueden encontrar en firmas canadienses y australianas.

En Europa también se pueden encontrar bastantes ejemplos de empresas que vienen a Latino-América o África por esas restricciones o porque los costos de operación (más los costos fijos asociados a la inversión para desarrollarlos) son más bajos que aquellos del país de origen. Complementariamente en aquellos mercados de productos no transables (usualmente transporte colectivo) los Estados se han preocupado de tarificar las externalidades negativas generadas por la contaminación que causan algunas industrias y particularmente la congestión en el caso del uso de calles de los grandes centros urbanos. Un ejemplo relacionado es la sobretarifa que pagan los vehículos más contaminantes para entrar al centro de Londres.

Sólo un día después de que Agrosuper anunciara el cierre de sus operaciones, en un contacto radial matinal el directivo máximo del gremio del sector catalogó de “intolerancia al progreso” la actitud negativa tomada por las comunidades de esa zona a la instalación de esta empresa. Más allá de lo discutible de esa frase, lo importante acá es que el país —y particularmente sus empresas— necesitan sintonizar sus actividades con el hecho real que la gente no tiene por qué pagar los costos del ruido, de los malos olores, de la contaminación, de los efectos adversos sobre las culturas locales.

¿Por qué tan largo preámbulo? Todo esto a propósito de la gran discusión que ha convocado no sólo a ambientalistas a la mesa sino también a economistas sobre el cierre indefinido anunciado por la firma Agrosuper de sus faenas en Freirina. Si vamos más atrás, también ha habido experiencias similares de una firma chilena en la producción de pastas en Lima, algunas experiencias locales que han dañado lagos, ríos, y la flora y fauna que allí crecía. Actualmente, ya se ha vuelto sistemática la discusión sobre instalación de plantas de generación eléctrica, las que ha convocado públicamente masivas concentraciones de detractores, quienes pronostican efectos catastróficos sobre el ecosistema y las comunidades.

Por cierto, el elemento común de estos casos es que la lógica neoclásica —de maximización de utilidades—, ha chocado fuertemente con la naturaleza moderna de las firmas, las cuales no sólo se preocupan de los costos privados que esas actividades tienen sobre los flujos de la empresa, sino también sobre el bienestar social de las comunidades, que incluyen el respeto por la institucionalidad, la preocupación de los efectos adversos que ellas provocan en el medio ambiente, la cultura y tradiciones locales, entre otros.

En ese sentido, llama la atención “la preocupación” que han manifestado algunos gremios empresariales sobre el “entorno agresivo” observado en muchos sectores de la sociedad chilena en torno a estas actividades empresariales. A modo de ejemplo, sólo un día después de que Agrosuper anunciara el cierre de sus operaciones, en un contacto radial matinal el directivo máximo del gremio del sector catalogó de “intolerancia al progreso” la actitud negativa tomada por las comunidades de esa zona a la instalación de esta empresa. Más allá de lo discutible de esa frase, lo importante acá es que el país —y particularmente sus empresas— necesitan sintonizar sus actividades con el hecho real que la gente no tiene por qué pagar los costos del ruido, de los malos olores, de la contaminación, de los efectos adversos sobre las culturas locales.

Si el progreso está asociado a que la sociedad absorba todos esos costos, las empresas sólo sus costos privados y la autoridad no aplique los instrumentos económicos y regulatorios (generalmente apoyados en leyes laxas) para que las empresas internalicen los efectos negativos de sus actividades, entonces el discurso público de que estamos muy cerca de entrar al mundo de las economías desarrolladas es sólo eso, un mero discurso.

Compartir Noticia

Más información sobre El Mostrador

Videos

Noticias

Blogs y Opinión

Columnas
Cartas al Director
Cartas al Director

Noticias del día

TV