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La Haya, La Araucanía y la persistencia de las naciones

por 6 febrero, 2013

Esta consideración se funda en el optimismo relativo de la elite chilena en relación a los problemas de discriminación de la población mapuche –sólo un 45,9 de los congresistas de derecha, voceros políticos de la clase alta, frente al 76,5% de la ciudadanía en general consideran que los mapuches son discriminados- y en la dificultad percibida por la sociedad para que los mapuches ocupen puestos de poder.
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Todas las naciones, inclusive aquellas institucionalizas en un Estado, son fruto de la construcción de un entramado de mitos. Con matices, esa es la conclusión general a la que han llegado los principales teóricos del nacionalismo: Benedict Anderson, Ernest Gellner y Adrian Hastings. No obstante, y a pesar de la distancia con la “verdad histórica” que tiene en su origen el concepto de nación, una vez que éste se encarna en el discurso y la institucionalidad política puede conducir a consecuencias tan reales como negativas. Así lo ha señalado el propio Anderson (1993), para quien el discurso nacionalista, sin importar su vacuidad e inconsistencia filosófica, ha logrado importantes cuotas de poder político; y lo ha refrendado Hastings (1997) al sostener que “el nacionalismo ha sido enormemente dañino para la paz, la tolerancia y el sentido común”.

Por la racionalidad a la que suele apelar la sociedad moderna en sus discursos, estas prevenciones debieran haberla llevado a abandonar las mitologías nacionales. Sin embargo, su persistencia es innegable. El rebrote del nacionalismo y los afanes separatistas en el seno de la Comunidad Europea —cuna de las expresiones más radicales del nacionalismo y partera, a su vez, del multilateralismo— con motivo de la fuerte crisis económica que la aqueja, es una demostración de esta persistencia. Mientras que en Sudamérica —continente caracterizado por la ausencia de guerras y escasos brotes de nacionalismo que suelen, además, enmascarar patriadas caudillistas— las pasiones desatadas, de lado y lado, por el diferendo marítimo entre Chile y Perú, así como el llamado “conflicto mapuche” en La Araucanía, dan cuenta que esta tendencia sobrepasa las fronteras del continente europeo y las contingencias históricas. En las aristas de estos últimos casos se centrará esta columna.

Durante los alegatos del juicio en La Haya para resolver el diferendo marítimo entre Chile y Perú, pudimos presenciar cómo los medios de comunicación de ambos países se volcaron en cadena, con transmisión continua y reporteros en terreno, a cubrir los hechos con una intensidad sólo vista durante períodos eleccionarios y grandes competencias deportivas. Lo anterior no es casualidad, pues el mencionado juicio revivió en simultaneo la discusión por el honor y la soberanía como sólo logran hacerlo la política y el deporte por separado. Así las cosas, la sociedad toda pudo contemplar cómo, contra toda duda razonable, analistas, abogados, políticos y periodistas suprimían el uso de la razón para afirmar sin ambages que la posición de su país era la más sólida. La gran mayoría de los análisis hechos durante ese período se caracterizaron por la primacía de arengas nacionales enfundadas en argumentos legales y la ausencia de posturas que abordaran, desde una perspectiva racional, la justicia de los límites marítimos entre ambos Estados. No se trata de desconocer la auto-referencia del derecho en la modernidad, sino de destacar la incapacidad de los actores comprometidos en esta discusión para salir del marco legal, pues fuera de éste no podrían hacer meras adecuaciones jurídicas de sus inasibles intereses nacionales y se verían forzados a razonar sobre la validez social, política y filosófica de los mismos.

Esta consideración se funda en el optimismo relativo de la elite chilena en relación a los problemas de discriminación de la población mapuche –sólo un 45,9 de los congresistas de derecha, voceros políticos de la clase alta, frente al 76,5% de la ciudadanía en general consideran que los mapuches son discriminados- y en la dificultad percibida por la sociedad para que los mapuches ocupen puestos de poder.

Por su parte, el atentado en Vilcún que terminó con la muerte del matrimonio Luchsinger-Mackay atizó los argumentos más rancios y violentos del nacionalismo chileno y, por contrapartida, encendió la llama de la hoguera en que se funden la imaginería histórica, la defensa cultural, y la reclamación de un espacio físico natural y un campo social homogéneo para crear otra mitología nacional: la mapuche.

Frente a este cambio de escenario, los autoproclamados defensores de la nación chilena, en su mayoría políticos de derecha y voceros de los principales medios de comunicación, cayeron en el influjo irracional que motivan los peligros que se ciernen sobre la unidad nacional. Así, pidieron a gritos la militarización de La Araucanía, ocultando bajo el manto de la mantención del orden público los problemas que aquejan al pueblo mapuche, como si la conducta de un puñado de hombres sobre-ideologizados subsumiese la realidad de los más de 600 mil mapuches que habitan en Chile. Después de todo, como bien señala Hastings (1997), cualquier tipo de amenaza al carácter, extensión e importancia de una nación basta para avivar en ella la taumaturgia del nacionalismo radical.

Mientras tanto, los defensores de la mitología nacional indigenista interpretaban este arranque de violencia como la expresión última del contexto histórico que da vida a su comunidad imaginada –usando el término de Benedict Anderson-, en una operación tan irracional como propiamente nacionalista, que interpretada más finamente vendría a validar la reacción de Alemania luego de la Primera Guerra Mundial como una expresión justificada por el “humillante tratado de Versalles”.

El principal problema de ambos nacionalismos es que mientras dicen defender  algún pilar discursivo de la modernidad, ocultan dos problemas estructurales de la sociedad chilena: la rigidez de la jerarquía social y el racismo. En relación a esto, Florencia Torche (2005) señala que la estructura social de Chile se caracteriza por la inexistencia de barreras para la movilidad social entre las clases bajas y medias y el encapsulamiento de la clase alta en un estrato con muy pocas vías de admisión. Esta situación es refrendada por Espinoza, Barozet y Méndez (2010), para quienes la estructura social de Chile no sólo mantiene inalterada su jerarquía general durante la última década sino que además ha perdido partes de su fluidez, agravando así la situación descrita por Torche. Hasta aquí, podríamos explicar este problema prescindiendo del factor racial. No obstante, los hallazgos del estudio “Elites políticas, discriminación y diversidad étnica” realizado por la Universidad Diego Portales y el trabajo del economista Javier Núñez (2007) debiesen hacernos reconsiderar la importancia de este factor. Esta consideración se funda en el optimismo relativo de la elite chilena en relación a los problemas de discriminación de la población mapuche –sólo un 45,9 de los congresistas de derecha, voceros políticos de la clase alta, frente al 76,5% de la ciudadanía en general consideran que los mapuches son discriminados- y en la dificultad percibida por la sociedad para que los mapuches ocupen puestos de poder, dos conclusiones del estudio realizado por la Universidad Diego Portales que en conjunto constatan la profundidad del problema y su negación interesada por parte de la elite.  A esto hay que agregar la evidencia provista por Núñez, quien concluye que en Chile la ascendencia étnica está fuertemente asociada a la condición socioeconómica y que la misma se utiliza para ejercer discriminación laboral, asociación que a todas luces no favorece a la población mapuche.

Así las cosas, la discusión pública sobre la situación de los mapuches debiese girar en torno a su posición en la estructura de clases y la discriminación racial que afecta sus posibilidades de ascenso social, dos factores que afectan a la mayoría de los chilenos que tienen esta ascendencia. Sin embargo, el efecto hipnótico de las mitologías nacionales, chilena y mapuche, tiene a la mayoría de los actores relevantes discutiendo sobre la unidad nacional o la defensa de tradiciones ancestrales que bajo ningún parámetro científico puede afirmarse que representen más que al pequeño grupo de activistas que apoyan el proyecto nacional mapuche. Así se deduce del planteamiento de Aldo Mascareño (2007), quien sostiene que la cultura mapuche se torna prácticamente indistinguible de la chilena cuando consideramos el contexto, rural o urbano, en el que ambas se desarrollan.

A la luz de ambos ejemplos, resultan evidentes los problemas derivados del uso de la semántica nacional en la discusión pública. Entonces, ¿cómo entender su persistencia en la sociedad moderna? La respuesta más plausible a este problema radica en el origen de la propia idea de nación.

Desde la perspectiva de los principales estudiosos de la nación, la pregunta por el origen de ésta tiene diversas respuestas. Para Gellner (1987), es un elemento simbólico creado deliberadamente por el Estado para homogenizar la sociedad y así satisfacer las necesidades impuestas por la división del trabajo en el marco de la sociedad industrial. En las antípodas de esta explicación aparece la de Hastings (1997), para quien la idea de nación es un mito producido por la transformación en idioma de la lengua vernácula de una etnia que, al producir una extensa y viva obra literaria, adquiere consciencia de sí misma. No obstante, la precaria industrialización de Chile y Perú, así como la ausencia de un idioma propiamente mapuche, ponen un manto de duda sobre la eficacia de estas explicaciones para entender los ejemplos antes citados.

Ante este problema, la propuesta de Anderson (1993) parece ser la más acertada. Para este historiador irlandés, la nación es una comunidad imaginada inherentemente soberana que surge para destruir la legitimidad del orden monárquico. La fuerza de esta explicación radica en su capacidad para ser trasplantada a distintos contextos. Por un lado, permite entender la reacción de chilenos y peruanos frente a un diferendo limítrofe como la respuesta a una amenaza sobre su capacidad de autodeterminación. Por otro, facilita la comprensión del discurso nacionalista mapuche como la réplica de un grupo que se auto-percibe excluido de la discusión política de la nación chilena. En concordancia con este argumento, Mascareño señala que el uso del concepto de cultura por parte de algunos sectores de la población mapuche obedece, antes que a cualquier otro factor, a su eficacia para obtener objetivos de carácter político. Después de todo, como bien señala Anderson, “la nacionalidad es el valor más universalmente legítimo en la vida política de nuestro tiempo".

A partir de los argumentos y ejemplos aquí presentados no debiera concluirse la necesidad de negar la existencia de la nación chilena, peruana o mapuche, ni aceptar irreflexivamente sus consecuencias. La sola idea de soberanía que de ellas se desprende es un poderoso argumento político para continuar sosteniendo sus mitos. Se trata entonces de asumir que así como en el pasado la idea de nación ayudó a deslegitimar las tradiciones opresivas del viejo orden, hoy debe ser superada para terminar con las irracionalidades que implica su tenaz persistencia. En ese sentido, el apoyo irrestricto a las decisiones de los organismos internacionales y el uso de argumentos basados en un ideal de justicia universal y abstracto en los contenciosos entre naciones, puede ayudar a socavar a las naciones desde arriba. De un modo similar, la transferencia paulatina de la soberanía desde la pretendida homogeneidad cultural del colectivo a la particularidad racional del individuo, puede hacer lo propio desde abajo. Del éxito de esta tarea dependerá en gran medida la paz mundial, toda vez que el discurso nacionalista suele ser el manto en que las guerras lavan sus culpas, y la emancipación del sujeto de la cárcel de las tradiciones, ya que bajo la consigna de homogeneidad cultural que levantan las naciones se oculta y reprime el derecho al a disidencia. Sí, porque aunque para ciertas ideologías progresistas la conservación inalterada de los mapuches en un estado primigenio, como si fuesen piezas de museo, fuera el epítome de la bonhomía, basta escarbar en la cotidianidad de las mujeres y los homosexuales que viven bajo ese mantra para saber que en ellas las conquistas que fundan la promesa del progreso social están ausentes.

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