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La sombra de la RDA sobre el comando de Michelle

por 22 julio, 2013

La sombra de la RDA sobre el comando de Michelle
Bachelet, en buena hora, ha tenido en sus dos campañas un ambiente favorable al cambio, con una derecha política y social en franco retroceso, como no tuvieron Aylwin, Frei ni Lagos y cuesta comprender, a la luz de su discurso, que en los momentos decisivos, opte por conformar equipos conservadores que, transversalmente, transmiten una señal de continuidad, renunciando a la posibilidad de transformación y de romper con los enclaves autoritarios que hace 25 años dejó amarrados la dictadura. Es necesario por tanto, bucear en la historia para buscar una explicación más allá de lo evidente.
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Desde el retorno a la democracia, ningún candidato o Presidente, ha contado con tanto viento a favor de cambios como Michelle. Y, pese a ello, se ha insistido con lo mismo. Y es que no se entiende. Bachelet, en buena hora, ha tenido en sus dos campañas un ambiente favorable al cambio, con una derecha política y social en franco retroceso, como no tuvieron Aylwin, Frei ni Lagos y cuesta comprender, a la luz de su discurso, que en los momentos decisivos, opte por conformar equipos conservadores que, transversalmente, transmiten una señal de continuidad, renunciando a la posibilidad de transformación y de romper con los enclaves autoritarios que hace 25 años dejó amarrados la dictadura. Es necesario, por tanto, bucear en la historia para buscar una explicación más allá de lo evidente.

Volver a Berlín

Hay cuatro imágenes de los regímenes burocráticos del Este que hablan por sí solas. En Koba, el temible, se retrata a Stalin, pero también a la URSS: “Es posible que solo él, fuera responsable de la deformidad sistémica que había creado. Su duplicada mente era experta en la metodología de ‘las dos verdades’, como la llamaba la burocracia del partido. En pocas palabras, el socialismo no existe y la Unión Soviética lo construyó”.

Un segundo texto es el de Vasili Grossman, Vida y Destino, un poema al espíritu humano. Víctor Shtrum, un destacado científico, es invitado por el aparato del partido a comer. En la cena, Soklov, uno de los asistentes, le comenta que Gavrolnov “ha formulado una observación a su investigación”. Éste sostenía que los trabajos de Shtrum contradecían la teoría de Lenin sobre la naturaleza de la materia. “Bueno —dijo Shtrum— ¿Y qué?”. Luego le respondieron: “Lo de Gavrolnov no tiene importancia… Lo de Lenin sí…”.

Esta cohorte, la generación del PS a la que pertenece Michelle, sigue presa de un doble trauma: la tragedia de 1973 que demolió, aún siendo muy jóvenes, sus convicciones más profundas y, luego, resistir un Estado burocrático que hizo del espionaje, el control y la subordinación su razón de ser. Sus mayores críticos dicen que, por entonces, varios de ellos aprendieron la técnica de mirar “pa’l lado”, símbolo de convicciones poco democráticas y de su preferencia por el control administrativo estatal que se expresa en la trilogía: copar el Estado, distribuir cargos y otorgar subsidios.

Dos chilenos relatan la experiencia en el Este. José Rodríguez Elizondo lo explicó así: “Mi impresión es que todo comenzó con el shock de realidad en la RDA. Todos caímos en el mundo del disimulo, la paranoia y la criptografía. El primer síntoma orgánico que el estalinismo ambiental se infiltraba en el PS en el exilio fue la institución de los encargados del partido”. Altamirano señaló al respecto que la ruptura del PS era necesaria, incluso moralmente: “En muchos casos la persecución de los compañeros fue producto de los propios socialistas chilenos. No eran los alemanes sino los propios chilenos los que en un determinado momento decidían si tal compañero podía o no trabajar, tener casa o a viajar”. A buen entendedor pocas palabras.

Los 80’

La JS Almeyda se caracteriza en sus cursos de capacitación política por recurrir al ejemplo de la famosa “Orquesta Roja” y a su líder Trepper. El ambiente de semiclandestinidad, “de las chapas” y “las medidas de seguridad”, eran propicios para estimular ese tipo de conductas sociopáticas, y retrataban la pervivencia de una cultura política muy proclive a las dobles personalidades. Y desde que Cuba se hizo socialista y el gobierno de Kennedy sentó las bases de su política contrainsurgente, junto con un mayor acercamiento del PS al socialismo realmente imperante, se generó una larga historia de ciudades con brumas, de gente de gafas oscuras y personalidades que se desdoblan en el acervo del PS y cuya cúspide trágica es Jaime López, hasta hoy desaparecido, número uno en la clandestinidad, quien, a diferencia de Trepper, entregó a las manos de la DINA a dos direcciones consecutivas del socialismo.

Sus sobrevivientes, generación a la que pertenece Michelle, son los que gobiernan actualmente el PS y cargan con una doble tragedia: la de haber apostado por un proyecto de reformas profundas que terminó en un infierno y haber vivido luego en la atmósfera de Berlín, ya relatada, que culminó con la caída del Muro y el fin del socialismo burocrático. Es por ello, se dice, que esta cohorte sigue presa de un doble trauma: la tragedia de 1973 que demolió, aún siendo muy jóvenes, sus convicciones más profundas y, luego, resistir un Estado burocrático que hizo del espionaje, el control y la subordinación su razón de ser. Sus mayores críticos dicen que, por entonces, varios de ellos aprendieron la técnica de mirar “pa’l lado”, símbolo de convicciones poco democráticas y de su preferencia por el control administrativo estatal que se expresa en la trilogía: copar el Estado, distribuir cargos y otorgar subsidios.

De allí que les resulte tan cómodo asociarse y vincularse con otra institución que cree muy poco en el debate con aquellos que serán el objeto de las políticas públicas (la ciudadanía) y, también, de convicciones bastante similares: los mal llamados thinks tanks, cuya principal habilidad, como lo señaló Jonathan Rowe, no es pensar, “sino justificar”, bajo una hipotética sabiduría objetiva, unas determinadas políticas públicas borbónicas. Hasta Lagos —¿será porque el tipo sí sabía de economía?— no logaron penetrar el gobierno, aunque es curioso que su ascenso sea paralelo al empoderamiento de Michelle Bachelet. Entonces, parece no tan casual en el tiempo la dupla Escalona-Velasco.

Y siendo aparentemente grupos de origen muy disímiles —el primero de composición social media baja, de convicciones revolucionarias que abrazaron muy jóvenes el marxismo, formados en universidades públicas; en tanto los segundos, de clases medias altas, muy aspiracionales, adoctrinados principalmente en los centros de pensamiento neoliberales de Estados Unidos que siguen los mandatos del FMI—, ambos grupos coinciden en la ortodoxia: la del Estado burocrático ‘dador’ y ‘clientelar’ que aportan los socialistas y aceptan los economistas a cambio de poder sentarse en las oficinas de los que mandan; y el neoliberalismo que aportan los segundos, y aceptan los burócratas como condición  de una gobernabilidad que no irrite a los poderosos. Esa generación, a la luz de la promesa hecha tanto en 2005 como ahora, y viendo el resultado de sus equipos programáticos, ayer y ahora, pone de manifiesto su síndrome de Berlín. Ello explica su distancia abismal entre lo que dicen y la forma en que lo implementan, así como su renuencia a avanzar en la consolidación de un Estado de Bienestar, y cuyo conservadurismo esconden tras las vocerías de grupos de presión y lobby que, eufemísticamente, llamamos think tanks.



Volver al presente

Releo y reviso los periódicos de Saieh y los Edwards 2003-2005 y me encuentro a menudo con Bachelet. Es ya candidata y los medios no dejan de asediarla por su pasado: su militancia en el PS-Almeyda, su vínculo con el FPMR, incluso la acosan por su relación sentimental. Escalona, de a poco, asume su vocería. Entonces, el duopolio deja de acosarla. Ella, en tanto, morigera su discurso ciudadano y termina nombrando a Andrés Zaldívar como ministro del Interior.

Los empresarios, que son buenos psicoanalistas, logran dar en el clavo: sabiendo su pasado tormentoso harán caer sobre nuestros personajes un chantaje psicológico. Estamos en Chile, donde el debate sobre las políticas públicas está monopolizado por periódicos afines, y donde los mínimos planteamientos de reforma aparecen como sinónimos de radicalidad. Entonces los Saieh-Edwards ‘operan’ sobre ellos, como si se tratara de una presión moral.

Y es que, al momento de tomar las decisiones más complejas, los socialistas continúan siendo presa de sus miedos y tragedias. Emulando la famosa frase de Víctor Hugo podemos decir que “por no superar su pasado, [ellos] están perdiendo su futuro”. Aún queda tiempo, pues nada asegura tampoco que, a la larga, el camino de la conservación del orden resulte ser el menos arriesgado.

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