martes, 29 de noviembre de 2022 Actualizado a las 21:42

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Educación superior, una plutocracia perpetua

Los incentivos actuales apuntan en la dirección opuesta a lo que queremos como sociedad: justicia, integración y equidad. Nosotros trabajamos para que nuestras instituciones avancen en ese sentido con políticas de acceso menos nocivas para nuestro desarrollo, pero con las cosas como están es ir contracorriente sabiendo que la corriente nos está llevando a la cascada.
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Si tuviéramos que clasificar el sistema educacional chileno, quizá el plutocrático sea la mejor definición para él, pues, el poder de los ricos construye la segregación educacional desde la más tierna infancia, pero es en el acceso a la educación superior donde se pone el broche de oro con políticas públicas que incrementan la perversidad. Nuestro sistema incentiva a que los planteles privados reciban a estudiantes con los mejores resultados en la PSU dados los incentivos económicos que llegan a las casas de estudio. Es más, mientras más alto el puntaje del estudiante la contienda de las universidades se centra principalmente en los ofertones y la lucha para captar a estudiantes que posean sobre 700 puntos.

El AFI, Aporte Fiscal Indirecto, es un monto que se entrega año a año a las instituciones que reciben a los 27500 mejores alumnos de la cohorte de egreso, premiando a las instituciones que reciben a los supuestamente estudiantes más talentosos y meritorios. Lo aberrante de esta política está en que los mejores 27.500 alumnos son en realidad, los 27.500 mejores puntajes en la PSU. La misma PSU donde sólo se miden conocimientos, excluyendo variables igualmente importantes para el desarrollo académico. Pero lo más importante a la hora de evaluar el AFI es la alta correlación entre nivel socioeconómico y puntaje. Como dato ilustrativo más del 60 % de los montos del AFI fueron destinados a los dos quintiles más ricos. Sostener que la gratuidad universal es regresiva y defender el AFI es absurdo.

Los incentivos actuales apuntan en la dirección opuesta a lo que queremos como sociedad: justicia, integración y equidad. Nosotros trabajamos para que nuestras instituciones avancen en ese sentido con políticas de acceso menos nocivas para nuestro desarrollo, pero con las cosas como están es ir contracorriente sabiendo que la corriente nos está llevando a la cascada.

A menos que estemos dispuestos a defender la idea de que las capacidades académicas están directamente relacionadas con los ingresos de los padres (fascismo) contra la tesis de que éstas se reparten de manera uniforme entre la población (sentido común), mantener el AFI con los criterios vigentes hoy es absurdo.

Las universidades privadas, al no recibir aportes directos del Estado, salen a cazar a estos mejores puntajes desde temprano, malgastando recursos en publicidad y otorgado becas igualmente regresivas para los mejores puntajes. De este modo, se perpetúa la segregación que se genera a nivel escolar.

Es urgente avanzar en cambios radicales en el sistema de financiamiento de la educación superior. Terminar con la distinción absurda y ya obsoleta entre universidades “tradicionales” y “no tradicionales” para la asignación de AFD es un paso importante, entendiendo que se debe fomentar el rol público de las instituciones, no premiar la antigüedad. Reemplazar los criterios de mejores alumnos por uno que incorpore variables que reflejen el mérito y la capacidad académica es igualmente importante, seguir afirmando a través de políticas públicas que los estudiantes más talentosos son aquellos que provienen de colegios más caros es fomentar la segregación que tanto daño nos hace. En ese sentido, incorporar inicialmente herramientas como el ranking de notas a la clasificación es un paso correcto pero insuficiente, que debe ser complementado con medidas que promuevan la equidad e inclusión social en las instituciones.

Los incentivos actuales apuntan en la dirección opuesta a lo que queremos como sociedad: justicia, integración y equidad. Nosotros trabajamos para que nuestras instituciones avancen en ese sentido con políticas de acceso menos nocivas para nuestro desarrollo, pero con las cosas como están es ir contracorriente sabiendo que la corriente nos está llevando a la cascada.

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