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Indignados aquí y allá: ¿advenimiento de la era del precariato?

por 25 agosto, 2013

A pesar de que las apariencias tientan a ver la agitación planetaria como algo homogéneo, no hay que confundirse. Los indignados no son iguales: unos reaccionan ante la pérdida de la prosperidad alcanzada por su generación precedente (los europeos o norteamericanos), otros representan a los insatisfechos e impacientes ante una desigual prosperidad (chilenos, peruanos o brasileños). Estos últimos aspiran a mayor bienestar e igualdad y a que –en lo posible– no sigan pagando las cuentas.
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Vivimos en un contexto social muy dinámico y pleno de turbulencias. La parte buena es que en el mundo entero se han extendido (al menos como discurso) las nociones de democracia, igualdad y justicia social.

Actualmente se combinan nuevas demandas, que van más allá de las clásicas del tipo "pan, techo y abrigo", con muchas y nuevas desigualdades sociales. Se ha difundido una sensación de precariedad de lo alcanzado y de lo alcanzable. En todas partes las personas vulnerables empiezan a ser mayoría; sus fragilidades e inseguridades son las marcas de la época. Quizá esto último sea decisivo para rotular a la sociedad contemporánea como una era del precariato. Es ante estos efectos que responde la protesta social mundial.

Las manifestaciones se transmutan en movimientos sociales cuando son registradas por los medios de comunicación que basan su atractivo en la difusión, ahora ante audiencias globales, de conflictos sociales de todo tipo. Estos mismos medios describen a la sociedad mundial en medio de una gran crisis de gobernabilidad y con incierto destino. Mientras las empresas económicas (tanto legales como ilegales) afirman su efectividad, la política y el derecho internacional no han demostrado éxitos significativos (la incapacidad para enfrentar el cambio climático es un buen ejemplo).

Las barreras de contención que puedan canalizar las nuevas demandas sociales no tienen suficiente altura. La iglesia, la ciencia, la política y la familia han dejado el camino libre para las expresiones individualistas (que intensifican su presencia incluso en eventos colectivos), y aumentan las actitudes consumistas, justamente como medio de identificación social. Aunque surgen a partir de causas justas, muchas manifestaciones parecen representar mucho narcisismo, autorreferencia y tribalización.



A pesar de que las apariencias tientan a ver la agitación planetaria como algo homogéneo, no hay que confundirse. Los indignados no son iguales: unos reaccionan ante la pérdida de la prosperidad alcanzada por su generación precedente (los europeos o norteamericanos), otros representan a los insatisfechos e impacientes ante una desigual prosperidad (chilenos, peruanos o brasileños). Estos últimos aspiran a mayor bienestar e igualdad y a que –en lo posible– no sigan pagando las cuentas.

Los más dispuestos a protestar son quienes suponen que están perdiendo, ya sea algo con lo que ya cuentan o la oportunidad para obtenerlo. En este escenario los más radicales no son ni los desvalidos ni los marginados de siempre, sino aquellos que ya han mordido la manzana de las posibles nuevas prosperidades o posibilidades (poder inclusive) y que se resisten a los obstáculos que los perjudican. Entre ellos destacan los recién llegados: jóvenes y capas medias emergentes.

A pesar de que las apariencias tientan a ver la agitación planetaria como algo homogéneo, no hay que confundirse. Los indignados no son iguales: unos reaccionan ante la pérdida de la prosperidad alcanzada por su generación precedente (los europeos o norteamericanos), otros representan a los insatisfechos e impacientes ante una desigual prosperidad (chilenos, peruanos o brasileños). Estos últimos aspiran a mayor bienestar e igualdad y a que –en lo posible– no sigan pagando las cuentas.

Desde sus diferencias, ambos manifestantes tienen en común dejar al descubierto que detrás de los indicadores económicos se oculta una enorme desigualdad. No pasará mucho tiempo antes de que este malestar contagie a los nuevos chinos.

Los promedios estadísticos no son las medianas. Una muy pequeña parte de las poblaciones obtiene los beneficios mientras que las mayorías se ven forzadas a financiarlos.

Las teorías disponibles para explicar estos nuevos fenómenos ponen su acento en el incremento de la complejidad social. Esta última ha sido reforzada por la globalización de la economía capitalista (en todas sus variantes, desde los socialismos de mercado hasta sus fórmulas más neoliberales), la cual ha tenido como acompañante el debilitamiento de las democracias que se hunden en su impotencia, corrupción y deslegitimación de sus líderes. Por otra parte, y no menos considerable, la integración social de los individuos, desplazada desde la estratificación social a competencias adquiridas, aunque tiene un efecto liberador, inevitablemente también diversifica y profundiza las posibles exclusiones. Nada asegura el bienestar (ni la familia ni la propiedad); los destinos más probables son las pérdidas, especialmente cuando las lógicas institucionales no concuerdan con las expectativas individuales.

Ciertamente, desde las ciencias sociales reconocemos poca claridad para interpretar lo que observamos, justamente por su carácter sistémico. Por eso debemos ser muy cautos cuando nos referimos al futuro, de por sí contingente, pero lo que sí sabemos –como proclaman indignados en el norte y el sur– es que la sociedad del siglo veintiuno, aquí y allá, no está funcionando como se esperaba.

En todo caso, hasta ahora no hay certeza de si estamos ante una revolución (salto evolutivo) o en medio de turbulencias, ni de si se trata de amenazas a nuestro porvenir, o si la precariedad es la forma en que viviremos, y a la cual debemos irnos acostumbrando. Por el momento esta última opción tiene las mejores chances.

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