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Esto no estaba en el programa

por 21 marzo, 2014

Esto no estaba en el programa
La política no parece haber abandonado su habitus de desvivirse y medirse por el copamiento del Estado. Y los conflictos derivados de éste, su lado más prosaico, podrían terminar llevándose consigo las promesas y consignas más poéticas del programa. Por lo tanto, para materializar un conjunto ambicioso de reformas, el Gobierno deberá cuidar con más ahínco la “mayoría”, aun a riesgo de que, en el camino, ésta deje de ser tan “nueva”.
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Aunque el sacrosanto programa de gobierno de la Nueva Mayoría contiene una lista de compromisos cuyo cumplimiento cabal o parcial tienen aún pronóstico reservado, la instalación del Gobierno sugiere que será en el ámbito de las promesas no explícitas donde se juegue realmente el éxito o fracaso de la actual administración.

Es en este espacio, de naturaleza eminentemente volátil, en donde las expectativas podrían terminar chocando con el siempre porfiado muro de la realidad. A esta familia de promesas pertenecen las consignas de “nuevo ciclo”, “nueva mayoría”, “nuevo cauce institucional” y una larga lista de frases que contienen la idea de un nuevo rumbo.

Las sucesivas crisis y polémicas asociadas a nombramientos de autoridades de diverso cuño han develado los primeros costos de dar forma a uno de estos anhelos no escritos: el intento de rebarajar el mapa del poder al interior de los partidos valiéndose del Gobierno y de la resistente popularidad de su figura principal.

Esta decisión, que se anunciaba tímidamente en el marco de la campaña y empieza a materializarse con el nombramiento del nuevo gabinete, tomó forma definitiva con la conformación de un equipo político cuyos rostros principales pertenecen a los tres partidos ancla de la coalición, pero que no representan a las tendencias hegemónicas de cada una de sus tiendas.

Si el ímpetu de Harboe por desafiar a Girardi, o las cuentas de Fidel Espinoza con Escalona ya son justificación suficiente para incomodar a La Moneda y seguir escalando la crisis de las nominaciones, ¿cuánto tardará la molestia –cada día menos velada– de Walker, Martínez o Zaldívar en convertirse en un obstáculo o definitivamente en un freno para la o las reformas que sí están contenidas en el programa?

En efecto, ni Elizalde, ni Peñailillo ni Rincón son aún factores de poder en sus respectivos partidos y su unción en las carteras políticas del Gobierno implica la decisión de contrapesar, en cada partido, los poderes que ostentan sus líderes tradicionales. Y aunque el esfuerzo puede presentarse como encomiable, su efecto de diseminación de poder está también creando los incentivos para una guerrilla de pequeñas cuentas que, sumadas, amenazan con convertirse en un pasivo difícil de saldar.

No es un misterio que, más allá de los chequeos y contra-chequeos que se realizan a los nominados, la información de las manchas que han aflorado tras sus nombramientos proviene fundamentalmente de los heridos de dicho proceso. Y que en el paso de estos errores a la categoría de escándalo no está sólo la mano invisible y conspiradora de la prensa contrarrevolucionaria, sino las acusaciones y recriminaciones que –en off y en on– se realizan en el seno de la propia coalición de gobierno.

A diferencia de la perpleja y herida oposición, el conglomerado triunfador está aún con el hambre y la energía que derivan de la reconquista del poder y sus efectos nutritivos asociados. Pero Bachelet ha decidido, para bien y para mal, intentar nuevamente hacer las cosas a su manera y someter la voluntad de los partidos a la suya propia. Para conseguirlo, ha dotado de mayor premura a la acción política, anteponiendo su programa como fetiche y colocando a sus leales en la primera línea de fuego.

En su estilo, Bachelet emula en parte el otrora tan criticado gobierno de un solo hombre de Piñera, pero cambiando el género de la figura principal y reemplazando los tristemente célebres pendrives de los ministros, las reuniones bilaterales y las carpetas coloridas de María Luisa Brahm, por los comités políticos ampliados, la invocación al “programa” y la lealtad jurada por todos hacia él.

La duda que se instala ahora es cuánto durará la sumisión de la coalición, más aún cuando en las vistosas pero pequeñas crisis actuales el velo de la discreción ya se ha movido y las asonadas de los minoritarios de cada partido ya han copado las páginas políticas de las últimas semanas.

Si el ímpetu de Harboe por desafiar a Girardi, o las cuentas de Fidel Espinoza con Escalona ya son justificación suficiente para incomodar a La Moneda y seguir escalando la crisis de las nominaciones, ¿cuánto tardará la molestia –cada día menos velada– de Walker, Martínez o Zaldívar en convertirse en un obstáculo o definitivamente en un freno para la o las reformas que sí están contenidas en el programa?

Hasta que no se demuestre lo contrario, la política no parece haber abandonado su habitus de desvivirse y medirse por el copamiento del Estado. Y los conflictos derivados de éste, su lado más prosaico, podrían terminar llevándose consigo las promesas y consignas más poéticas del programa. Por lo tanto, para materializar un conjunto ambicioso de reformas, el Gobierno deberá cuidar con más ahínco la “mayoría”, aun a riesgo de que, en el camino, ésta deje de ser tan “nueva”.

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