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Norberto Bobbio: izquierda y derecha a partir de la democracia

por 21 marzo, 2014

Tiene razón Bobbio en considerar el binomio izquierdas y derechas como un punto de partida de una más amplia definición del mapa político actual. Ellas sirven, sin embargo, hasta que otras categorías no hayan sido revestidas de un contenido más actualizado que tenga en cuenta la nueva manera de generar la riqueza, la nueva estructura política de las sociedades, los temas materiales e inmateriales que reagrupan y dividen a los hombres y mujeres, los nuevos malestares y las nuevas formas de socialización y de representación del imaginario social en la sociedad digital y del conocimiento.
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Norberto Bobbio, en su libro Derecha e Izquierda, Razones y Significados de una distinción histórica, propuso nuevas reconceptualizaciones para la crisis histórica que ha caracterizado a la política moderna. Su análisis incorpora las elaboraciones de Schmitt a Heidegger, a Gramsci, a Sorel y a muchos otros, cuyas reflexiones han servido para fundamentar, en uno y otro campo, diferenciaciones que hoy aparecen como insuficientes para comprender los nuevos lineamientos políticos y sociales que se generan en el mundo del siglo XXI.

Bobbio señala que frente al fracaso del “comunismo real” y de los regímenes autoritarios de derecha, “toda concepción totalizadora de la historia, según la cual la historia tiene una meta preestablecida y definida, no tiene futuro, porque ninguna meta está establecida de antemano, ninguna meta es nunca definitiva. Al menos en una concepción no profética, no escatológica de la historia, como la que caracteriza al pensamiento laico al que me siento ligado”.

Sin embargo, Bobbio no cree que dichos autoritarismos hayan agotado los conceptos de derechas e izquierdas. Él se mantiene dentro de esta conceptualización, ampliándola, otorgándole contenidos que no permiten que los extremismos identifiquen estos conceptos, resalta el rol de los moderados en la democracia, no niega otras clasificaciones -como progresismo y conservadores- sino más bien entrega al debate los principios de los cuales él parte para considerar válidas aún estas diferenciaciones y enriquecerlas.

Rebate tres de los argumentos que se entregan para considerar sobrepasada o en crisis la díada izquierda - derecha.

Cree en la crisis de las ideologías, pero no en el fin de ellas y, por tanto, señala que seguirán presentes en el debate político, agregando que izquierda y derecha no sólo se diferencian desde el punto de vista ideológico, sino también desde el punto de vista pragmático. No cree factible convergencias y terceras vías de integración de estas categorías contrapuestas, ni tampoco otorga a los movimientos temáticos el grado de transversalidad que les permita sobrepasar las diferenciaciones tradicionales.

Bobbio parte, naturalmente, del estudio de los comportamientos antropológicos, culturales, sociales y políticos de fondo y considera e interpreta dos binomios conceptuales que han sido claves en el ordenamiento político: igualdad-desigualdad, libertad-autoritarismo y de cuyas respuestas han surgido las principales corrientes que han definido horizontalmente la política desde la ilustración en adelante.

Tiene razón Bobbio en considerar el binomio izquierdas y derechas como un punto de partida de una más amplia definición del mapa político actual. Ellas sirven, sin embargo, hasta que otras categorías no hayan sido revestidas de un contenido más actualizado que tenga en cuenta la nueva manera de generar la riqueza, la nueva estructura política de las sociedades, los temas materiales e inmateriales que reagrupan y dividen a los hombres y mujeres, los nuevos malestares y las nuevas formas de socialización y de representación del imaginario social en la sociedad digital y del conocimiento.

Para ello Bobbio recurre a Rousseau y a Nietzsche, que de manera diametralmente contrapuesta ofrecen una valoración diversa frente a la realidad y artificialidad de las libertades y desigualdades.

Rousseau en el Discurso sobre el Origen de la Desigualdad, parte de la consideración de que los hombres han nacido iguales, pero que la sociedad civil, que se opone al estado de naturaleza, los ha transformado en desiguales. De esta manera el maestro ginebrino sostiene en L`Emile que son las instituciones las que corrompen la naturaleza humana originalmente buena.

Nietzsche, en cambio, parte de la premisa de que los hombres son por naturaleza desiguales y sólo la sociedad, son su vocación compasional y su religiosidad de la resignación, los han transformado en iguales. En su obra Así Habló Zaratrustra, explica cómo el curso histórico no se mueve hacia lo trascendente, sino cada partícula de tiempo, cada existencia celular posee su sentido en sí misma y, por tanto, es el estado de naturaleza lo que debería primar por sobre la diversificación social.

Como señala Bobbio, la corrupción que para Rousseau generó la desigualdad para Nietzsche generó la igualdad. Donde el primero ve desigualdades artificiales, y por tanto susceptibles de ser eliminadas, el otro ve una igualdad artificial que degenera el orden de desigualdad humana establecido como un bien por naturaleza.

Ciertamente este primer elemento, recurriendo a Rousseau y a Nietzsche, es demasiado abstracto como para caracterizar por si solo la diferenciación entre derechas e izquierdas –aun cuando han sido históricamente un gran punto de referencia– y más bien puede distinguir el origen de dos tipos de ideales que ciertamente expresan una valoración contrastante respecto del gran tema de la discriminación y que no está referida, desde luego, sólo a la colocación frente a la ley o a la propiedad, sino a una multiplicidad de diferenciaciones humanas que se han establecido fuertemente y en torno a las cuales estas grandes corrientes han dado y dan diversas y antagónicas respuestas.

Es en este punto en que Bobbio incorpora el otro elemento que, sumado analíticamente al binomio anterior, permite diversificar la clasificación entre derechas e izquierdas: el de la libertad.

No hay duda de que una de las conquistas más significativas es el reconocimiento de los derechos sociales junto a aquellos de la libertad que confirieron originariamente la primera definición de ciudadanía. De la misma forma que si algo ha caracterizado los diversos movimientos que han hecho referencia a la izquierda ha sido justamente el tema del igualitarismo entendido no como una utopía de una sociedad en la cual todos los individuos son iguales en todo, sino como una tendencia a transformar en “más iguales los desiguales”.

“Entonces se puede llamar correctamente igualitarios –señala Bobbio– a los que, a pesar de no ignorar que los hombres son tan iguales como desiguales, dan mayor importancia para juzgarlos y atribuirles derechos y deberes a lo que les hace iguales en lugar de lo que les hace desiguales; en cambio, no igualitarios a los que partiendo de la misma constatación dan mayor importancia, para el mismo fin, a lo que los hace desiguales en lugar de a lo que los hace iguales. Es justamente el contraste entre estas últimas elecciones lo que sirve muy bien para distinguir las dos opuestas alineaciones que ya estamos acostumbrados, en una larga tradición, a llamar de izquierda y derecha. “Como en la diferenciación entre Rousseau y Nietzche, el antiigualitario las considera naturales y, por tanto, ineliminables.

Sin embargo, las nítidas y ordenadas contraposiciones saltan cuando se coloca el ideal de la libertad como punto de referencia y como criterio de la distinción que acompaña, sea como alternativa o como complemento, al de la igualdad durante toda la historia de la humanidad. Surge allí una nueva oposición, no asimilable en el binomio igualdad-desigualdad, aquella entre doctrinas y movimientos libertarios y doctrinas y movimientos autoritarios y que, como afirma Bobbio, no coincide mecánicamente con la diferenciación gruesa entre derechas e izquierdas, dado que existen libertarios y autoritarios en ambos campos de la delimitación política.

Cuando se utiliza el criterio de las libertades, que conlleva el de los derechos políticos y los de ciudadanía y gobierno democrático, se entra a distinguir no sólo el tema de los grandes y sustanciales fines, sino también, los medios, o los métodos que se emplean para obtener determinados objetivos, que en otras palabras es la aceptación plena, coherente o no, de los métodos de la democracia entendido básicamente como el conjunto de reglas que permiten tomar decisiones colectivas a través de debates públicos, de libres elecciones con diversidad de opciones, con alternancia y pluralismo y que, por tanto, rechaza el método de la violencia tanto para llegar al poder como para mantenerse en él.

Es esta óptica la que permite descubrir que, tanto en el campo de las derechas como en el de las izquierdas, hay sectores moderados y sectores extremistas, sectores partidarios de la libertad y de la democracia y sectores que, en virtud de concepciones fundamentalistas, terminan negando sus principios y su práctica fundamental.

Bobbio cree, que más allá de su importancia histórica como efecto de ruptura social, las revoluciones y las contrarrevoluciones se han caracterizado por imponer la violencia y las dictaduras de un sector por sobre otro, y ambas han representado, en nombre de ideales y sectores sociales distintos a proteger, soluciones extremas que niegan la democracia y las libertades como sello esencial e irrenunciable de la organización de la sociedad.

Seguramente uno de los aspectos más relevantes del estudio de Bobbio es, justamente, esta diferenciación respecto de los medios, de la eticidad de los caminos que se eligen para concretar un fin, y que permite diferenciar entre extremistas y moderados referidos, por tanto, al concepto de la libertad. Las culturas totalizantes y totalitarias han sido siempre “culturas de los fines” y han subestimado el valor de los medios, desconociendo el factor decisivo que medios inmorales, que violan derechos humanos y libertades individuales, terminan siempre contaminando el fin propuesto. Bobbio lo dice claramente respecto de lo que llama la “utopía invertida”: “La primera vez que una utopía igualitaria ocupó la historia pasando del reino de los discursos al de las cosas, dio un vuelco para convertirse en su contraria”.

De allí el futuro que él advierte, en democracia, a las formaciones moderadas en general y a las moderadas de izquierda, identificadas con la socialdemocracia, en particular.

Bobbio, utilizando entonces ambas distinciones, analizando las posiciones que cada sector tiene, sea respecto de la relación igualdad-desigualdad o libertad-autoritarismo, propone reemprender esquemáticamente la reconceptualización de doctrinas y movimientos políticos que agrupa en cuatro grandes corrientes:

-Las de extrema izquierda, que representan a los movimientos y teorías positivamente portadoras de fuertes concepciones igualitaristas pero, a la vez, de visiones autoritarias y excluyentes del poder y de los métodos, y siendo el jacobinismo el punto genérico de partida, se desglosaron, especialmente en el siglo XX, en las corrientes leninistas-stalinistas-maoístas-anarquistas ligadas al terrorismo, como en otras interpretaciones o degeneraciones fundamentalistas del marxismo.

-Las de centro izquierda, caracterizadas por doctrinas y movimientos que ligan las concepciones de justicia igualitaria con las del crecimiento de las libertades.

-Las de centro derecha, que combinan posiciones genéricamente libertarias con una fuerte afirmación de doctrinas económicas que fundamentan, preservan y desarrollan las desigualdades, pero que distinguen de las derechas más reaccionarias por su vínculo con las posiciones más democráticas, aun cuando tienen una visión puramente jurídica tanto de la igualdad como de las libertades.

-Las de extrema derecha, que son a la vez antiigualitarias y antilibertarias, que hacen de las diversas formas de autoritarismo, la esencia de su concepción de poder y que encuentran sus mejores exponentes en el nazismo, en el franquismo, en el fascismo, en el pinochetismo y en otras múltiples expresiones particulares de dominio.

Bobbio advierte, naturalmente, que esta clasificación está basada sólo en la utilización de dos criterios matrices de distinción histórica que sirven, sin embargo, para demostrar la complejidad y movilidad de la nueva estructura política social e ideal que no admite ya más las simplificaciones del pasado.

Desde luego, es evidente que hay una dificultad para definir los términos de izquierda y derecha que abarcan en el siglo XXI elementos distintos a los del pasado. La propia capacidad lingüística no siempre se corresponde con la capacidad de reconstruir el significado de los conceptos y su real posibilidad de interpretar los fenómenos que nominan.

Sin embargo, es claro que ellos representan conceptos “fuertes” que están presentes de manera completamente radicada en el sentido común de las personas.

De allí que es importante el intento de reconstruir racionalmente el sentido político de tales términos en un momento en que se ha puesto en duda su vigencia como actitudes distintas ante la cultura, ante los fenómenos sociales y ante la cosa pública.

Se trata de una tarea propia de la filosofía, en particular de la filosofía moral y política, el convertir en lenguaje nuestra relación con el mundo. Para ello, siguiendo justamente el camino de Bobbio, hay que buscar llegar a una definición esencial, que es aquella que coloca de relieve los aspectos de fondo de los fenómenos, y habrá que formular una definición descriptiva, que singularice los aspectos que caracterizan a estos términos que han dominado el mapa cognitivo de la política.

Obviamente, el primer problema que se planteaba a Bobbio, es la vigencia de estos temas en un momento en que se ha proclamaba el fin de las ideologías –Daniel Bell–  e incluso el fin de la historia, con Fukuyama. Sin embargo, las alternativas de izquierda y derecha siguen utilizándose no sólo en el ámbito estrictamente político, sino también en el sentido de caracterizar actitudes distintas ante muchos problemas, particularmente en el plano moral.

Es evidente que en particular frente a los nuevos temas ligados a las libertades y a los derechos relacionados con la vida –eutanasia, aborto, pena de muerte, derechos de la mujer, homosexualidad, etc.– hay una transversalización indiscutible y una misma persona puede apoyar los derechos de la mujer y estar a favor de la pena de muerte, sin mantener por tanto una visión coherente de lo que podría ser calificado como una posición de izquierda. De la misma manera la existencia en el mundo occidental de fuerzas políticas de centro, y de alguna manera también las nuevas derechas liberales del mundo, han alterado considerablemente este esquema.

Sin embargo, tal como sostiene Klappenbach, hay también argumentos “de iure” y que consisten en que las opciones humanas siempre implican una carga axiológica que los hechos mismos no siempre son capaces de aportar. Es decir, los hechos están impregnados de valoraciones que dependen de los paradigmas, que a su vez representan un modo de situarse ante la realidad que no es nunca unívoca, dado que se trata de una realidad humana. Todo hecho es una interpretación y como tal nunca es completamente objetivo.

Es cierto, además, que la díada izquierda-derecha ha implicado polarizaciones ideológicas y hay que tener presente que las ideologías en la medida que se constituyen como criterios orientadores de la acción tienden a transformarse en reductivas. Una idea puramente teórica puede admitir infinitos matices y ambigüedades nunca resueltas. Pero la acción exige un cierto dualismo y por tanto las polarizaciones son difíciles de evitar en la práctica. Aun cuando la opción izquierda-derecha no es la única posible.

Históricamente la izquierda se caracteriza por ampliar los límites de la democracia política y social. En su contexto, eliminó los privilegios de la nobleza, instaló aspiración de la igualdad y extendió los derechos civiles y sociales al conjunto de los ciudadanos; pero puede ser acusada, por grupos más extremos, de contaminarse con posturas de derecha en cuanto a la reducción de los intereses del pueblo en su conjunto a las normas establecidas por la burguesía dominante. Y así podrían interpretarse muchos procesos históricos utilizando como criterio la contraposición entre universalización y jerarquización de la igualdad.

Alguien podría señalar que la izquierda se ha ocupado de establecer un tipo de igualdad que está referida preferencialmente a los aspectos materiales y concretos, mientras que la derecha subrayará los aspectos formales y abstractos. Pero esta caracterización es hoy débil e insuficiente, puesto que una izquierda moderna tiene que ligar estrechamente los intereses materiales y postmateriales.

Hoy, las formas de igualdad se expresan como igualdad de oportunidades, distribución de la riqueza para reducir las escandalosas brechas entre ricos y pobres, eliminación de los privilegios de nacimiento y preparación para estar en la sociedad competitiva. De otra parte, está el tema de la igualdad ante la ley y del propio sufragio universal, que seguramente representan la mayor extensión de igualdad entre los hombres que ha creado la civilización.

Es cierto que la izquierda ha privilegiado históricamente un tipo de igualdad que está orientado a la distribución de los recursos económicos y los servicios esenciales y, por tanto, ha privilegiado el contenido material de la igualdad antes que su legalidad formal.

Hoy la izquierda interpreta plenamente la legalidad para asegurar los derechos de las personas. La izquierda trabaja con los conceptos de universalidad y una propuesta suya no puede tener sólo en cuenta los intereses de los grupos que históricamente representaba.

Naturalmente, es necesario reconceptualizar drásticamente los fenómenos, el léxico y las categorías de la política y con ello, también, el rol y la ubicación de los partidos y de sus culturas, que se diferencian ya no sólo frente al rol de la propiedad o de la vigencia del momento electivo de la soberanía popular, sino, y muy decisivamente, frente a los temas del fin de las discriminaciones civiles, de género, de raza, frente a la extensión de la ciudadanía y de su rol participativo en la política del Estado frente a las exigencias de nuevos pluralismos, de nuevas libertades, frente al tema del medio ambiente, de la defensa de la vida, de los derechos humanos, frente a la creación de una sociedad de oportunidades y de mayor igualdad.

Tiene razón Bobbio en considerar el binomio izquierdas y derechas como un punto de partida de una más amplia definición del mapa político actual. Ellas sirven, sin embargo, hasta que otras categorías no hayan sido revestidas de un contenido más actualizado que tenga en cuenta la nueva manera de generar la riqueza, la nueva estructura política de las sociedades, los temas materiales e inmateriales que reagrupan y dividen a los hombres y mujeres, los nuevos malestares y las nuevas formas de socialización y de representación del imaginario social en la sociedad digital y del conocimiento.

Categorías que, además, puedan pervivir en el siglo XXI sin el peso de las expresiones de totalitarismo que el “comunismo real” ha representado casi irremediablemente para la izquierda, como el fascismo, el nazismo, el pinochetismo –entre otras variantes– para las derechas.

Mucho dependerá de la capacidad de renovación de las culturas políticas actuales, de una mayor universalización de una concepción de democracia ciudadana más plena, de la manera en que entren a formar parte del “sentido común” de la gente, conceptos como progresismo y conservadurismo y cómo ellos se identifiquen con los fenómenos y las respuestas a una sociedad compleja como la actual y la que viene.

Lo cierto, además, es que existen crecientemente, también fruto de las redes sociales que cambian la forma de comunicar, movimientos, grupos sociales, temáticos y valóricos que no son reconocibles en la diada izquierda y derecha, sino más bien en nuevas formas culturales asociadas a la ampliación de libertades y derechos de tercera y cuarta generación y que aun siendo parciales, episódicos, finitos en el tiempo, pueden modificar, si construyen identidades y objetivos más fuertes, los márgenes de los conceptos históricos de diferenciación que están ligados a los partidos políticos y a las formas en que la política se ha estructurado conceptualmente en los últimos siglos.

Hay, por ello, que seguir trabajando con el método característico de Bobbio; el eclecticismo, es decir, el “mirar un problema por todos los lados”, con la mente abierta a los cambios en una sociedad caracterizada por la complejidad y la caída de las verdades dogmáticas, para continuar avanzando en el cambio del léxico de la política, de sus contenidos y formas.

 

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