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La violencia de Ezzati

por 14 octubre, 2014

Me violenta la dominación de masas, esa que aboga por actuar en nombre de Dios y de la fe, quitando libertades y pensamiento crítico. Esa que no permite, a cuantas familias con integrantes homosexuales hay, verlos, aceptarlos, apoyarlos y que los hace ir domingo a domingo a rezar por un mundo mejor y apoyar, por cierto, de esta forma, una postura de condena hacia ellos y ellas.
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Si Max Weber indicaba que el lector debe saber desde dónde habla o escribe quien da una opinión para así sincerar sesgos, yo en esta ocasión lo hago como ex católico y ex acólito de una congregación con presencia en Chile desde la época de la “colonización”. Quiero partir mencionando que no fui abusado por ningún sacerdote, pero sí me tocó ver a algunos de estos señores sentando a niños en sus piernas y teniendo ciertas expresiones de cariño que hoy claramente serían constitutivas de delito. Con esto estoy diciendo que conozco a la Iglesia por dentro, fui parte de ella, y si de algo se me puede acusar en esa pasada, es de no haber dicho lo que vi, ya que, muy a mi pesar, la pedófila no era tema develado en aquel tiempo.

Por eso, hoy no puedo guardar silencio cuando leo lo que expresa el cardenal Ezatti. Más aún cuando me violentan profundamente sus dichos, así como también lo hizo Errázuriz en su momento. Me violenta la complicidad histórica de la Iglesia con los abusos y los abusadores, me violenta la omisión, esas prácticas de taparlo todo, de cambiar al abusador de lugar, ciudad o incluso colegio para sacarse el problema de encima. Me violenta el dolor invisible de las víctimas, su soledad y abandono. Sufrieron y sufren por ser católicos, por haber creído en ellos, por ser parte de la misma Iglesia en la que estaba su abusador.

Me violenta la dominación de masas, esa que aboga por actuar en nombre de Dios y de la fe, quitando libertades y pensamiento crítico. Esa que no permite, a cuantas familias con integrantes homosexuales hay, verlos, aceptarlos, apoyarlos y que los hace ir domingo a domingo a rezar por un mundo mejor y apoyar, por cierto, de esta forma, una postura de condena hacia ellos y ellas.

Me violenta el doble estándar, ese discurso dominical vacío que habla de amor al prójimo, de ayudar al más pobre, de la misericordia y la caridad. Discurso que contrasta claramente con colegios de Iglesia fuertemente selectivos y segregadores, que invitan a sus estudiantes a buscar otras opciones si no pueden pagar, discursos como arengas en contra de homosexuales que son tratados como enfermos y no dignos de ser felices en un matrimonio, prédicas que te instruyen a ver el sexo con fines reproductivos y no como un espacio de comunicación, placer y conocimiento con el otro u otra.

Me violenta la dominación de masas, esa que aboga por actuar en nombre de Dios y de la fe, quitando libertades y pensamiento crítico. Esa que no permite, a cuantas familias con integrantes homosexuales hay, verlos, aceptarlos, apoyarlos y que los hace ir domingo a domingo a rezar por un mundo mejor y apoyar, por cierto, de esta forma, una postura de condena hacia ellos y ellas.

Sin duda que hay excepciones, en estos momentos esas excepciones son los Berríos, los Puga y los Aldunate, que ciertamente no figuran, pero que hacen un trabajo que es meritorio destacar. Sin embargo, al revés de lo que sería sensato, el cardenal Ezzati no se apoya en ellos, sino que los denuncia al Vaticano para que éste se pronuncie al respecto.

En efecto, la minoría domina, y la Iglesia, al ser una institución política con poder y dinero, ejerce su influencia en el lugar donde se encuentre. Sociológicamente se configura como un actor “pasivo” que, al igual que el Ejército, emerge cuando hay una crisis democrática o bien temas que van en contra de sus principios, influyendo directamente en la política nacional, pero cuando integrantes de su institución cometen delitos abogan por la justicia canónica, con sendos castigos divinos como enviar a un sacerdote pedófilo a una casa de reposo.

Hoy corro la cortina y apelo a que como sociedad no sigamos siendo cómplices de la violencia que se ejerce bajo ese poder. Yo reclamo por una ciudadanía libre de la visión castrante y confesional de la Iglesia chilena, demando por una ciudadanía crítica de los actos y omisiones de los representantes de esa Iglesia. Es así que esta vez digo: basta de la violencia ejercida en nombre de Dios.

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