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Análisis

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La crisis intelectual de la derecha en sus libros V: El malestar de Chile, de Oppliger y Guzmán

por 24 octubre, 2014

La crisis intelectual de la derecha en sus libros V: El malestar de Chile, de Oppliger y Guzmán
Ellos usan adjetivos calificativos –“viejas”, “no muy novedoso”– que no dicen nada aún sobre los méritos o deméritos intrínsecos de los planteamientos intelectuales a los que aluden. El liberalismo que Oppliger y Guzmán representan, por ejemplo, es más antiguo que las posiciones socialistas y marxistas que critican, las cuales nacen como reacción a los excesos del liberalismo. ¿Se sigue –podría seguirse– de ahí que Marx y los marxistas están en lo cierto y ellos no?
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Las repercusiones que han tenido las columnas que he publicado sobre los libros de la derecha como expresiones de la crisis intelectual por la que ella atraviesa, me han movido a continuar la tarea, incluyendo más libros de autores del sector de los últimos años. Estas columnas se enmarcan, junto a otras publicaciones (que incluyen un artículo más largo en la última edición de Estudios Públicos [nr. 135], del CEP), en un proceso de reflexión mayor, que pretende expresar sus resultados en un libro (La derecha en la Crisis del Bicentenario).

Creo que es importante atender a los textos publicados recientemente por autores de derecha, para notar que en ellos, si bien se intenta dar con un diagnóstico de lo que está ocurriendo en el país y en el sector, no existe, sin embargo, aún una articulación lo suficientemente compleja de ideas, una reflexión específicamente ideológica requerida para comprender de modo adecuado la situación política presente y ofrecerle alguna orientación eficaz.

La crisis intelectual de la derecha no es un problema con el que ella pueda coexistir. Ocurre que mientras la derecha no vuelva a contar con un discurso y una comprensión política sofisticados y complejos, capaces de iluminar la situación actual, ella seguirá perdiendo espacios e influencia en estructuras legítimas de poder (como sindicatos, agrupaciones vecinales, organizaciones estudiantiles, la academia) y, consecuentemente, apoyo electoral. Sin discurso complejo no habrá recuperación de la presencia en estructuras legítimas de poder y, sin la recuperación de esa presencia, la derecha no remontará en las elecciones.

Por eso, enojarse, como les pasa a algunos pocos, con estos comentarios eminentemente críticos que he venido haciendo, no es más que terminar culpando al mensajero de las malas noticias. La crítica es un primer paso, duro pero fundamental, para darse cuenta de la profundidad de la crisis por la que atraviesa el sector. Recién una vez que se haya tomado consciencia de la crisis podrá haber alguna salvación para una derecha que –como mostré en la columna III de esta serie– alguna vez fue mucho más que hoy, intelectualmente hablando, capaz de conducir la discusión pública, precisamente en el plano ideológico.

Se extraña en el texto, como en general en varios de los textos de la derecha cuando se discute con la izquierda, un desmenuzamiento con cierto detalle de las ideas de este sector. En vez de eso, los autores de El malestar de Chile simplemente exponen algunas de esas ideas y acuden a la floja táctica de la descalificación: serían ideas “viejas”.

En esta ocasión comentaré el libro El malestar de Chile, de Marcel Oppliger y Eugenio Guzmán. Este texto se compone de tres partes. La primera está dedicada a analizar el concepto de malestar y sus implicancias; la segunda, al estudio de los cambios que ha experimentado la sociedad chilena; la tercera, a tratar en particular el conflicto estudiantil del año 2011. La tesis central a favor de la cual argumentan los autores importa, en la práctica, algo así como detener en su inicio la discusión: no existe “un malestar arraigado en la sociedad chilena, producto de la frustración de sus habitantes con aspectos medulares del sistema político y económico” (p. 153), no habría un “malestar de fondo” (p. 50). En todos los ámbitos donde han emergido las críticas se trataría, en cambio, del reclamo por mejoras puntuales, mas no de un cuestionamiento general del sistema (p. 155). El rechazo a los abusos del retail no sería verdaderamente un rechazo al retail como tal. Se prueba esto por el hecho de que la gente siguió comprando (p. 52). El rechazo a los problemas del sistema democrático no significaría, de su lado, una “crisis de la democracia” (p. 81).

Pero ¿no salieron los estudiantes a la calle, no se gestó un verdadero movimiento social que mantuvo en tensión a la clase política y al país entero? Los autores entienden que no. No sería cierto que “la sociedad se movilizó” en el 2011 (p. 53). Las manifestaciones no habrían comprometido al pueblo en toda su extensión, sino que ellas sólo habrían involucrado a “grupos específicos con intereses conocidos” (p. 153). Uno se vería tentado a decir que se trata aquí de develar la conspiración de la izquierda en la educación superior. Pero la fórmula es lo suficientemente ambigua como para pensar, más allá de la izquierda, en el interés sectorial de los estudiantes de universidades, institutos y centros de formación técnica.

En resumen, entonces, no hay ni crisis del modelo, ni un auténtico malestar con sus fundamentos, ni una movilización de la sociedad.

Pero ¿es tan así? ¿Puede afirmarse con razonable certeza que en el Chile actual no hay malestar? ¿Qué la sociedad no se movilizó?

Oppliger y Guzmán desvirtúan el asunto diciendo que en todas las épocas ha habido malestar. Desde los “pensadores de la sospecha” (p. 17) ocurre que la sociedad moderna ha estado acompañada de autores que diagnostican ese malestar, también entre nosotros. Sin embargo, que el malestar sea un fenómeno permanente, no quita que él pueda emerger con mayor fuerza, articularse con vitalidad incrementada, expresarse en la calle y en la política de modo más intenso en ciertas épocas (por ejemplo, cuando se cumplen siglos como nación independiente, el país entra en un nuevo ciclo y las circunstancias vuelven propicia una reflexión más profunda).



Resulta francamente difícil decir que no hay una sensación de malestar (asunto distinto es que nos hallemos en las vísperas de una revolución violenta). Esa sensación de malestar es más difusa y extendida que como la muestran Oppliger y Guzmán. Si bien es cierto que no se extiende a la democracia en cuanto tal, ni al mercado pura y simplemente, no se dirige tampoco sólo a ciertos casos puntualísimos, como el de “La Polar”. Se trata de un cuestionamiento de la versión chilena de la economía de mercado, la cual ha privilegiado el oligopolio, y de la versión chilena de la democracia liberal, que ha permitido la cartelización oligárquica y la centralización de la política. La “conducta indebida” de los ejecutivos de “La Polar” o de las cadenas de farmacias o de las firmas productoras de carne de ave, es ciertamente condenable en sí misma, pero no puede dejar de ser vista también como el resultado esperable de un sistema donde el control de los mercados está en manos de poquísimos agentes. Dicho de otro modo: en una economía de productores pequeños y medianos, de múltiples distribuidores (acotados, por ejemplo, a zonas del país), la división del poder económico vuelve más difícil la comisión de abusos, la introducción unilateral de cobros adicionales, la infinidad de triquiñuelas de las empresas, y –esto es quizás lo que se pierde de vista– probablemente gracias a los solos mecanismos de una institucionalidad que garantice la competencia libre. La oligopolización y oligarquización de la economía y la política son los peores aliados, precisamente, del mercado y la democracia que los mismos Oppliger y Guzmán quieren defender.

Se extraña en el texto, como en general en varios de los textos de la derecha cuando se discute con la izquierda, un desmenuzamiento con cierto detalle de las ideas de este sector. En vez de eso, los autores de El malestar de Chile simplemente exponen algunas de esas ideas y acuden a la floja táctica de la descalificación: serían ideas “viejas” (p. 157). Antes que a debatir con los trabajos contenidos en el libro Otro Chile es posible, por ejemplo, Oppliger y Guzmán simplemente afirman, sin argumentos, que lo que allí se contiene es algo “no muy novedoso como oferta intelectual para el siglo XXI” (p. 158, nota al pie). En ese libro hay, seguramente, argumentos muy discutibles, incluso una visión poco compleja de la realidad. Pero, entonces, lo exigible sería que se hiciera un análisis de las justificaciones y posiciones allí contenidas. En cambio, Oppliger y Guzmán se conforman con calificar o descalificar. Esta posición no sólo es criticable porque reemplaza el análisis por las etiquetas, lo que dificulta tanto la discusión como las posibilidades de la derecha de encontrar luces en su difícil camino. Además, ellos usan adjetivos calificativos –“viejas”, “no muy novedoso”– que no dicen nada aún sobre los méritos o deméritos intrínsecos de los planteamientos intelectuales a los que aluden. El liberalismo que Oppliger y Guzmán representan, por ejemplo, es más antiguo que las posiciones socialistas y marxistas que critican, las cuales nacen como reacción a los excesos del liberalismo. ¿Se sigue –podría seguirse– de ahí que Marx y los marxistas están en lo cierto y ellos no?

Afirmaciones como las señaladas llevan al lector a sospechar que probablemente este no sea el tipo de discusión en el que están interesados los autores. La intención y talante del libro se advierten cuando se repara en que no hay allí un estudio detenido de pensadores fundamentales de la política. Marx es un espectro latente, pero no se hace un análisis de sus ideas. Se menciona aquí y allá a intelectuales importantes, pero la verdad es que no se halla propiamente una discusión en la que se desbrocen sus argumentos. El foco del libro, en cambio, es la actualidad, desprovista de demasiados adornos doctrinarios. Esta estrategia de exposición y argumentación, empero, en un libro que a veces da la impresión de pretender tener un alcance mayor (algo así como defender el “modelo” ante un auditorio preparado), deja mucho flanco abierto. Ocurre que la mera actualidad, cuando carece de la referencia más estable de la teoría, pierde validez muy rápidamente. Y esto es lo que le ocurre, precisamente, al libro en cuestión. El diagnóstico que proponen sus autores, según el cual ideas (“viejas”) como el “fin del lucro” o “más impuestos a las grandes empresas”, “no son […] ‘las ideas de la mayoría’” (p. 157) ha quedado en gran parte obsoleto, pero no por antiguo, sino por falta de alcance comprensivo, apenas un año y medio después de la publicación de su libro, con la apabullante victoria de Michelle Bachelet, que incluye en su programa precisamente esas propuestas mayoritarias, las cuales, aunque con errores y retrasos, ya han comenzado a ser ejecutadas por su gobierno.

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