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Don Agustín y Copesa: entre bueyes no hay cornadas

por 6 noviembre, 2014

Don Agustín y Copesa: entre bueyes no hay cornadas
El autor de esta columna lo es también de la biografía más completa escrita hasta el momento sobre el poderoso dueño de El Mercurio, quizás el actor político vivo más importante y decisivo de los últimos cincuenta años de la historia de Chile. No le extraña que obviamente ese diario no publique nada al respecto, pero reflexiona sobre por qué los medios de Álvaro Saieh guardan cómplice silencio sobre quien se supone ingenuamente que es la competencia.
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“La humanidad ha demostrado a lo largo de su historia que no existe poder en la tierra que pueda destruir la capacidad de los hombres para criticar y discrepar”.

Esta frase la pronunció Agustín Edwards en un discurso que dio en 1969, cuando era presidente de la Sociedad Interamericana de la Prensa (SIP). Era una época en que la izquierda, revolucionaria pero también reformista, avanzaba a pasos agigantados en América Latina. Ciertamente, la frase de Edwards se refería a frenar ese ímpetu políticamente revoltoso y también peligroso de aquella década. Pero cuarenta años después, y una dictadura militar de por medio, su significado, en sí loable, adquiere otras dimensiones.

Para El Mercurio y los Edwards la libertad de expresión, y la libertad de prensa, básicamente han significado la libertad para hacer negocios, de acumular diarios a lo largo del país, en fin, la libertad para concentrar y consolidar los medios de comunicación.

Desde luego, no son los únicos. Los grandes empresarios chilenos han buscado, activamente, hacerse de la propiedad de los medios de prensa para resguardar sus múltiples flancos comerciales. Ahí están los Luksic, que se hicieron con el Canal 13 y que, secretamente, han tratado de adquirir, sin éxito, al mismo El Mercurio. Ahí estuvo Ricardo Claro, que creó Megavisión y, en algún momento, fue dueño de la revista Capital. Y ahí está también el banquero y supermercadista Álvaro Saieh, que se hizo con el grupo Copesa, que incluye los diarios La Tercera, La Cuarta, la revista Qué Pasa, entre otros medios.

A una semana de publicar la biografía desclasificada de Agustín Edwards, la mayoría de estos medios ha guardado silencio. Que El Mercurio no diga nada, y que haya reducido la semana pasada su ranking de libros en el suplemento dominical 'Artes y Letras' a sólo los primeros cinco lugares, se puede entender como una maniobra defensiva. No vaya a ser que la biografía de su dueño penetre el top ten.

Que los medios escritos de Copesa hagan lo mismo, es decir, ignorar este libro, revela cuán compenetrado está el duopolio de la prensa escrita chilena. “Lo vamos a leer con entusiasmo, pero tú sabes que no podemos publicar nada”, me dijeron varios importantes editores de ese conglomerado. Copesa y sus medios –cercenados por brutales recortes en sus redacciones, producto en parte de la debacle de su dueño Álvaro Saieh en sus fallidos negocios de supermercados– se han vuelto hace años un Mercurio chiquitito. Informan lo mismo, piensan lo mismo, callan lo mismo.

Pero que los medios escritos de Copesa hagan lo mismo, es decir, ignorar este libro, revela cuán compenetrado está el duopolio de la prensa escrita chilena. “Lo vamos a leer con entusiasmo, pero tú sabes que no podemos publicar nada”, me dijeron varios importantes editores de ese conglomerado. Copesa y sus medios –cercenados por brutales recortes en sus redacciones, producto en parte de la debacle de su dueño Álvaro Saieh en sus fallidos negocios de supermercados– se han vuelto hace años un Mercurio chiquitito. Informan lo mismo, piensan lo mismo, callan lo mismo.

Esta lógica de entender la prensa y la libertad de expresión corresponde a una visión absolutamente trasnochada. Aunque el duopolio silencie temas que a sus dueños o sus lectores VIP les resulten incómodos, afortunadamente existen hoy en Chile nuevamente espacios informativos que no temen a nada, excepto a la falta de rigor. ¿De verdad creen Saieh y Edwards que por silenciar un tema o un problema, estos dejan de existir? Ciertamente, no creo que sean tan ingenuos. Pero, desde su punto de vista, al menos deben tratar de hacerlo.

Cuando me refiero al duopolio en la prensa escrita lo digo en términos económicos y concretos. Los grupos El Mercurio y Copesa son, por lejos, los mayores beneficiarios del avisaje del Estado y controlan en torno a 80 por ciento la circulación en Chile. Desde luego, ha habido momentos en que los principales periódicos de ambos grupos se han enfrentado. Pero ha sido principalmente una guerra de “golpes periodísticos” en torno a temas permitidos y, sobre todo, una disputa en el área comercial, buscando los rentables anunciantes para el ABC1 chileno.

Sólo a eso se reduce su competencia, porque sus coincidencias son mucho mayores. Hace un tiempo, Álvaro Saieh forma parte de la Fundación Paz Ciudadana que Agustín Edwards creó tras el secuestro de su hijo Cristián. Ambos comparten membresía en el Council of the Americas, el grupo de lobby más poderoso en temas interamericanos, creado por David Rockefeller a inicios de los 60. Y, más importante aún, ambos personeros, y sus respectivos diarios, comparten la fuerte convicción de que el actual modelo económico no debe sufrir revisión alguna, tampoco por cierto el modelo político. En fin, son en términos de ciencia política la cara visible de la “reacción”.

Todo esto no sería más que anecdótico si no fuera por el “poder de pauta” que el duopolio aún retiene en Chile. Si un editor de la TV, cualquiera sea el canal, se pusiera serio y a uno de sus periodistas, acostumbrados a colocar el micrófono en la boca del entrevistado y repetir como loros lo que este diciendo, le pidiera: “Fulano, ¿por qué no te haces una nota a fondo de la reforma tal y cual?”. ¿Dónde se informaría ese periodista acerca del tema? Sí, en El Mercurio y La Tercera. Puede ser que desde el punto de vista comercial –la prensa impresa es cada vez menos viable financieramente– estos medios hayan perdido mucho de su poderío, pero a la hora de influenciar la agenda nacional siguen siendo relevantes.

Por eso ambos conglomerados callan acerca del libro de Agustín Edwards, que en parte desnuda las oscuras y grises relaciones entre la prensa y el poder. Y callan acerca de todo aquello que pueda poner en entredicho su propio poder. Pero lo que Saieh y Edwards no saben, o no quieren admitir, es que en el siglo XXI sus actitudes de silenciar las incomodidades sobreviven muy poco tiempo... a lo más los 10 segundos que a alguien le toma tuitear esta columna.

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