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El estrepitoso quiebre del tejado de vidrio de la Nueva Mayoría

por 24 febrero, 2015

Mientras a algunos personeros de la UDI se les imputa haber obtenido fondos para financiar sus campañas más allá de los mecanismos contemplados en la ley –porque eso es y no otra cosa–, el único hijo varón de Michelle Bachelet se lleva para la casa más de cuatro millones de dólares, dos mil quinientos millones de pesos para ser exacto, en lo que vulgarmente se conoce como “una pasadita”. Todo ello rodeado de aclaraciones sobre el total desconocimiento de la operación por parte de la Presidenta, el silencio “kirchneriano” de ésta y la indignación moral de cuanto miembro de la Nueva Mayoría se topara con un micrófono enfrente.
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A todos quienes somos hinchas del fútbol nos apasionan los partidos que se resuelven con goles de último minuto. Si el gol es de nuestro equipo, obviamente la emoción es mayor. Pero aun cuando no lo es y el tanto corresponde al equipo que “hizo el desgaste”, como dicen los comentaristas deportivos, a todos nos queda una sensación de que se hizo “justicia divina”, como patentó el añorado Julio Martínez.

Esto es precisamente lo que parece estar pasando con la Nueva Mayoría. Cuando el partido parecía inexorablemente definido a su favor, sus reformas eran aprobadas por un inusualmente activo Congreso –en el que, por cierto, tienen mayoría absoluta– y el Caso Penta bombardeaba las bases del principal partido de oposición, el con mayor representación parlamentaria de todos los partidos políticos, en efecto; de pronto, sin que se oyera “agua va”, un desborde, centro pasado y una pierna que parece más larga de lo que la naturaleza puede hacer, aparece en el segundo palo para poner el tanto que trae justicia al partido.

Mientras a algunos personeros de la UDI se les imputa haber obtenido fondos para financiar sus campañas más allá de los mecanismos contemplados en la ley –porque eso es y no otra cosa–, el único hijo varón de Michelle Bachelet se lleva para la casa más de cuatro millones de dólares, dos mil quinientos millones de pesos para ser exacto, en lo que vulgarmente se conoce como “una pasadita”. Todo ello rodeado de aclaraciones sobre el total desconocimiento de la operación por parte de la Presidenta, el silencio “kirchneriano” de ésta y la indignación moral de cuanto miembro de la Nueva Mayoría se topara con un micrófono enfrente.

Y ojo, que no se trata de un empate. Cuando un equipo busca el empate, normalmente pierde el partido por adoptar una actitud meramente defensiva y renunciar a “jugar el juego”. En este correlato futbolístico, el equipo que iba ganando por goleada termina perdiendo en el último minuto por la misma razón por la que se suele perder en los partidos que se definen a última hora: soberbia y exceso de confianza.

Soberbia para no reconocer las limitaciones propias, los ripios de sus jugadores que, aunque acostumbrados a hacer grandes partidos, tienen una historia, un pasado que todo aficionado conoce y que tarde o temprano aflora, como la ira descontrolada del buen central. Y exceso de confianza para pensar que el árbitro jamás se atrevería a sancionar un gol de último minuto cuando el partido ya está definido.

Los casos Penta-Nueva Mayoría y Caval, y sobre todo este último, disparan al corazón del relato que le permitió a la Concertación más el PC volver al Gobierno. Ese que habla de igualdad e indignación frente a los poderosos.

Mientras a algunos personeros de la UDI se les imputa haber obtenido fondos para financiar sus campañas más allá de los mecanismos contemplados en la ley –porque eso es y no otra cosa–, el único hijo varón de Michelle Bachelet se lleva para la casa más de cuatro millones de dólares, dos mil quinientos millones de pesos para ser exacto, en lo que vulgarmente se conoce como “una pasadita”. Todo ello rodeado de aclaraciones sobre el total desconocimiento de la operación por parte de la Presidenta, el silencio “kirchneriano” de ésta y la indignación moral de cuanto miembro de la Nueva Mayoría se topara con un micrófono enfrente.

Así, el discurso de igualdad de nuestra cada vez menos querida Presidenta se reduce a: “Somos todos iguales, pero hay algunos (como mi hijo) que son más iguales que otros (el resto de los chilenos)”.

Y a propósito de indignación moral. Apenas despuntaba el Caso Penta cuando el coro griego de la Nueva Mayoría –cual Fuenteovejuna– apuntaba con todos sus índices y foco cenital a la UDI, por su relación con este caso.

Sólo hay una cosa más detestable que un mentiroso y es un mentiroso que se indigna y califica de mentiroso a otro. Eso es lo que parece estar sucediéndole a los parlamentarios de la Nueva Mayoría que, de un momento a otro y en el último minuto, ven caer su tejado de vidrio despedazado, cual cristal barato que se rompe en mil astillas que caen desde el cielo.

Por eso, me quedo con el muy sabio consejo que mi madre me daba las pocas veces que me escuchó una crítica moral a alguien: nunca hay que escupir al cielo, mijito.

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