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El hedor tras el "periodismo del rumor"

por 10 abril, 2015

El hedor tras el
Cuando se instala una demonización desde la clase política hacia lo que ellos llaman “periodismo del rumor”, en primer lugar lo que hacen es sumar otro mecanismo de defensa a los ya intentados a la fecha (fallido golpe blanco a la Fiscalía, fallida sustitución de subdirector jurídico del SII, fallida puesta en escena de la comisión Engels, fallida ralentización en el SII, fallido acuerdo político de “borrón y cuenta nueva”, fallido “apriete” a la Fiscalía, etc.) para frenar ahora al periodismo inquisitivo; en segundo lugar, tratan de censurar veladamente a la prensa que no sólo tiene el deber de buscar y relatar hechos, sino también de interpretarlos, tejiendo, ahí, una construcción de los acontecimientos que el ciudadano adulto e inteligente sabrá sopesar en su mérito.
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Quien considere que la realidad se reduce a hechos y datos empíricos está, además de equivocado, perdido en un mundo donde lo social es hace ya bastante tiempo interpretado desde sus imaginarios, representaciones y símbolos.

En esa misma medida, es francamente inconducente la discusión sobre si, en el periodismo, la opinión es cualitativamente inferior a la verificación empírica de hechos, dado que estos podrían ser referidos a un proceso mediante el cual se establecen verdades y certezas, versus la opinión, que apresada en el reino de la doxa, nunca podría ser tratada con un estatus realmente científico.

Es inconducente porque el mundo social y los hechos sociales no se reducen a un espacio euclidiano en el que sólo existe la dicotomía verdadero/falso: en el mundo social hay sueños, expectativas, fracasos, esperanzas, promesas, fantasmas y un largo etcétera de acciones profundamente humanas que bajo ningún sentido podríamos tildar de falsas, porque no encajan con el tipo de proposiciones indicativas como las de “esto es una mesa”, que pueden ser rápidamente verificadas o falseadas dependiendo de si a lo que se apunta es o no un objeto llamado mesa.

Es inconducente pensar que el mundo social se reduce a procesos cognitivo-concientes o que estos tienen mayor valor en referencia al inconsciente, digamos, en este caso, colectivo. Sin paradoja ni trampa alguna, podemos decir que, en los hechos, los hechos son siempre más que hechos. Como le gustó decir a Nietzsche, “no hay hechos, sólo interpretaciones… y esto también es una interpretación”.

Cuando la clase política va en contra del periodismo con unas hipócritas lanzas éticas o con una infantil exigencia de apegarse a los hechos, en un mundo donde lo imaginario lo es casi todo, y cuando lo acusa de “periodismo del rumor”, no hace sino ratificar la sensación de que, más que del rumor, debe ser del hedor de lo que se debe preocupar, del hedor que su estela pública está dejando cuando pasa frente a nuestra narices: como decía Baudrillard, “la realidad se confunde con su refracción irónica”.

La expresión de Marx y Engels sobre un “fantasma que recorre Europa” dicha a mediados del siglo XIX es más que ilustrativa. En rigor, nadie puede tirar al tacho de la basura los aportes de historiadores tan importantes como Le Goff, Duby, Cazenave o Boia; la de pensadores tan trascendentes como Jung, Eliade, Bachelard o Durand; la del gran Ernst Cassirer y su Filosofía de las formas simbólicas, o más reciente, los trabajos de sociología hechos por Edgar Morin (El rumor de Orleans) o Michel Maffesoli (La galaxia de lo Imaginario), qué decir Freud, Simmel, Moscovici, Castoriadis o el gran Baudrillard. Estimados, la bibliografía es tan arrolladora como apasionante, que es mejor ni seguir por la ruta de Breton, Sartre o nuestro García Márquez, la ruta literaria, porque creo que está más que claro que las sociedades viven de fantasmas, ficciones, milenarismos, utopías revolucionarias, o ideologías, tanto como de hechos y necesidades biológicas empíricas.

Cuando se instala una demonización desde la clase política hacia lo que ellos llaman “periodismo del rumor”, en primer lugar lo que hacen es sumar otro mecanismo de defensa a los ya intentados a la fecha (fallido golpe blanco a la Fiscalía, fallida sustitución de subdirector jurídico del SII, fallida puesta en escena de la comisión Engels, fallida ralentización en el SII, fallido acuerdo político de “borrón y cuenta nueva”, fallido “apriete” a la Fiscalía, etc.) para frenar ahora al periodismo inquisitivo; en segundo lugar, tratan de censurar veladamente a la prensa que no sólo tiene el deber de buscar y relatar hechos, sino también de interpretarlos, tejiendo, ahí, una construcción de los acontecimientos que el ciudadano adulto e inteligente sabrá sopesar en su mérito.

Del mismo modo, nadie puede pensar que la ironía, el sarcasmo o la burla expresadas en una opinión, sean para zaherir ese tan especial espíritu portaliano de nuestros políticos, o sea, para condimentar su tan especial ignorancia en contraste con sus tan elevados quehaceres republicanos, nadie puede pensar, digo, que el lector no sabrá sopesar, con su rechazo o su aprobación, la pretendida inteligencia que hay detrás de esos recursos.

Un ejemplo, ¿cómo no enternecerse cuando un diputado, sentado a la vera de la mismísima Margot Honecker, no se da cuenta de la imagen que proyecta y se excusa afirmando que no la conoce y que no la habría reconocido nunca (!)? ¿Cómo no enternecerse y usar ello para seguir reflexionando, mediante una pregunta burlona, sobre la ignorancia supina de nuestros representantes? Puede ser poco serio, es cierto, pero ¿quién dice que hay que tomarse en serio o que hay que tomarse solamente en serio, a nuestra clase política cuando la vemos en el fango de una crisis moral que ellos mismos han sembrado y cosechado?, ¿o cuando la escuchamos hablar desde el pedestal de la tecnocracia y sólo hacen chambonadas del tipo Transantiago o reforma educacional? El lector aprobará o rechazará ese recurso y el lector, puede ser, exigirá más que una simple ironía en una opinión. Es cuestión de él.

Cuando la clase política va en contra del periodismo con unas hipócritas lanzas éticas o con una infantil exigencia de apegarse a los hechos, en un mundo donde lo imaginario lo es casi todo, y cuando lo acusa de “periodismo del rumor”, no hace sino ratificar la sensación de que, más que del rumor, debe ser del hedor de lo que se debe preocupar, del hedor que su estela pública está dejando cuando pasa frente a nuestra narices: como decía Baudrillard, “la realidad se confunde con su refracción irónica” (Cool memoires, 1987, p. 211).

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