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El déficit de gestión política de Eyzaguirre

por 1 julio, 2015

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Tras 15 meses a cargo de las políticas públicas en el sector educación, el enroque del ministro Eyzaguirre a la Secretaría General de la Presidencia parece estar evidenciando una de las amenazas más complejas para sus pretensiones presidenciales: el déficit de gestión política.

Eyzaguirre comenzó su gestión con muchas expectativas. Estas estaban avaladas por los buenos resultados obtenidos en la administración Lagos como ministro de Hacienda. Apostó de manera táctica por un equipo alejado de los partidos de la coalición gobernante ─fuertemente cuestionados en su representatividad y capacidad de canalizar demandas─, pero más próximo a los movimientos sociales, especialmente al estudiantil y al gremio de los profesores. La llegada de miembros de Revolución Democrática, ex dirigentes estudiantiles de izquierda y representantes de Educación 2020, entre otros, le permitiría –en su opinión– contener las demandas de los actores que venían en una fase ascendente desde el año 2010.

Su diseño tenía básicamente un componente táctico porque estratégicamente no quiso renunciar a lo que mejor sabe hacer: diseñar políticas desde una lógica de aislamiento tecnócrata. Su gestión a cargo de las finanzas públicas ─y, de manera invariable, de todos los ministros antes y después suyo en dicha cartera─ ha estado caracterizada por prácticas y estilos de trabajo marcados por el aislamiento y la trasferencia coercitiva de sus propuestas. Este aislamiento tecnocrático alude a que el proceso de toma de decisiones se debe mantener separado del ámbito político y, por extensión, público. La población puede creer que está tomando decisiones, pero en realidad las decisiones políticas se toman al margen de ella.

En lo hechos, Eyzaguirre operó en su gestión en el Mineduc bajo esta lógica propia del ministerio de Hacienda y de su tecnoburocracia. Se suma a lo anterior, un estilo comunicacional frontal, sin filtros y con un cierto aire de soberbia resultado del pensamiento lineal, jerárquico y tecnocrático que profesa Eyzaguirre.

 La pregunta que el ministro no pudo o quizá no quiso enfrentar es ¿cómo conseguir apoyo político, ganarse la legitimidad y movilizar actores fuera del ámbito de su autoridad? Esperemos que ahora, a cargo de la agenda legislativa del Gobierno y de la relación con los parlamentarios y partidos, pueda encontrar una mejor respuesta.

Desde esta perspectiva de análisis, queda claro que en su paso por el Mineduc estuvo lejos de la gestión política. Esta es una función clave por una razón sencilla: para conseguir objetivos operativos ─en este caso las reformas encomendadas─, los directivos públicos a menudo necesitan la colaboración de actores que están fuera del ámbito de su autoridad directa. De este modo, la tarea de construir apoyo y legitimidad para una política, o de fortalecer de manera efectiva el argumento de un directivo público, constituye el núcleo de la gestión política.

Eyzaguirre tenía como principal objetivo conseguir no la obsecuencia o incondicionalidad de los actores involucrados en las políticas que impulsaba su cartera. Que todos aprobaran sus decisiones era un objetivo imposible en clave de política pública. Su desafío debió ser otro: maximizar las posibilidades de que la política definida fuera adoptada con la autorización y apoyo debidos. El supuesto implícito detrás, es que esto se logra con una coalición. Actores como el movimiento estudiantil, organizaciones de padres y apoderados, sostenedores, rectores de universidades y el Colegio de Profesores terminaron por imponer sus intereses, criticar la gestión ministerial y, de paso, bloquear la agenda del Gobierno en materia educación, dificultando aún más la viabilidad de las reformas.

La gestión política conlleva cuatro elementos: construir un clima de tolerancia, apoyo activo o asistencia operativa para una autoridad, una política o una estrategia entre aquellos agentes fuera del ámbito de la autoridad directa de dicha autoridad, cuya autorización o cooperación es necesaria para conseguir los objetivos públicos de los cuales el directivo deberá rendir cuenta.

La pregunta que el ministro no pudo o quizá no quiso enfrentar es ¿cómo conseguir apoyo político, ganarse la legitimidad y movilizar actores fuera del ámbito de su autoridad? Esperemos que ahora, a cargo de la agenda legislativa del Gobierno y de la relación con los parlamentarios y partidos, pueda encontrar una mejor respuesta.

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